Historia Contemporanea

Los motines del ejército francés de 1917

A comienzos de 1917 y después de tres años de una guerra terrible, las naciones beligerantes
comenzaban a fracturarse socialmente. En Rusia dos revoluciones sacaron al régimen zarista de la guerra y dividieron el pais que entró en sangrienta guerra civil. En Francia, invadida y desmoralizada por sucesivas ofensivas fallidas, una crisis doméstica similar se apoderó de la nación en 1917. El consenso político de los primeros años de la llamada ‘unión sagrada’ (union sacrée) se había derrumbado: motines en el ejército, huelgas en las ciudades industriales, una rápida rotación de ministerios y un clamor por una paz negociada eran claros síntomas del cansancio en la nación. Los signos de división política eran evidentes. El gobierno de Aristide Briand, en el poder desde noviembre de 1915, perdió la confianza de la Cámara de Diputados en marzo de 1917 y cayó; el nuevo gobierno de Alexandre Ribot contempló cancelar la inminente ofensiva, que amenazaba con una crisis en las relaciones civil-militares. Una ola de huelgas se desencandenó en las principales ciudades industriales de Francia, comenzando en la industria textil de Parisl en enero de 1917 y extendiéndose por todo el pais a otras industrias: trabajadores de la construcción, trabajadores de transporte, empleados públicos, trabajadores metalúrgicos y los trabajadores de las fábricas de municiones, que amenazaban con socavar el fue esfuerzo bélico francés. Aunque no eran protestas anti-guerra indicaban claramente el crecimiento del cansancio y de la insatisfacción por el impacto económico y social de un conflicto tan prolongado con un particular impacto en el aumentado del precio de los productos alimenticios. Las concesiones juiciosas sofocaron los disturbios a corto plazo. Sin embargo el descontento
permanecía hirviendo bajo la superficie

A medida que el frente occidental se iba consolidando a fines de 1914, los alemanes habían comenzado a elegir sus posiciones defensivas con mucho cuidado, ubicando mientras fuese posible sus líneas de trinchera en terreno elevado sobre las posiciones aliadas. Estas a su vez presentaban a los aliados un objetivo táctico y estratégico ya que asegurarlas permitiría que los aliados dominasen las zonas de retaguardia alemanas y con ello, desestabilizar el sistema defensivo alemán y restaurar la movilidad en las operaciones de campo. Estas alturas dominantes cuyos nombres vienen a simbolizar el frente occidental ( Passchendaele, Messines-Wytschaete, Aubers, Vimy, Thiepval, el Chemin des Dames, Mort Homme ) iban a ser el foco de tres años de una terrible guerra de desgaste. Inicialmente, los aliados pensaron que concentrando la suficiente fuerza en un punto del frente alemán podrían romper la línea de trincheras y la red de comunicaciones y con ellos, obtendrían la ruptura de todo el frente. Esto resultó imposible con el limitado matérial a su disposición. Se cayó en una inercia por cruzar el campo de batalla dominado por la potencia de fuego enemiga, con movilidad limitada y comunicaciones deficientes, asalto tras asalto de infantería. Los contraataques exitosos podrían ser contrarestados por nuevos contraatacantes y el terreno tomado a menudo se perdería.

Así, las trincheras permitían que la guerra se disputara en frentes estables, situados en territorios de ambos bandos. El objetivo principal era mantener el territorio bajo control para evitar que el enemigo pudiera conquistarlo. Los alemanes habían creado sus trincheras primero ocupando las zonas más altas y con mejor visibilidad , por lo que cruzarlas resultaba imposible. Así que los Aliados siguieron el ejemplo de sus enemigos y se fortificaron para establecer posiciones permanentes. Empezó entonces un enfrentamiento estático y de desgaste en el que Francia y Gran Bretaña por un lado y el Imperio alemán, por otro, desplegaron sus ejércitos a lo largo de más de 700 kilómetros de trincheras, desde el Mar del Norte hasta la frontera de Suiza. Los reiterados intentos de los militares por romper el frente llevaron a matanzas que aún hoy siguen teniendo un lugar de privilegio en la historia del horror: Verdún, Somme, Passendale en Ypres (Bélgica)…

En las trincheras, miles de soldados vivían en condiciones infrahumanas. Sufrían bajas temperaturas, humedad y epidemias como el tifus, el cólera, la gripe y la disentería. Los grandes periodos en los que los soldados debían permanecer en estos agujeros normalmente anegados por la lluvia sucia, con el calzado mojado en charcos llenos de fango, ratas y restos de cuerpos en descomposición, provocaban el desarrollo del llamado pie de trinchera. Era una dolorosa enfermedad fúngica que si no se trataba, podía derivar en una gangrena. Literalmente el pie del soldado se pudría lo que conllevaba la mutilación del miembro. A causa de la suciedad y el detritus en las trincheras los soldados sufrían además terribles plagas de piojos. Junto a las ratas, los piojos fueron una de las obsesiones de los combatientes en las trincheras. Además, el piojo fue el responsable de otra de las enfermedades de la Primera Guerra Mundial: la fiebre de trinchera. Los soldados sufrían fiebre alta, dolor de cabeza y, sobre todo, en las piernas, concretamente en las espinillas. La convalecencia duraba un mes o más y suponía la retirada del frente durante esos días hasta el hospital de campaña más cercano.

Además, la vida en las trincheras era muy monótona, exceptuando dos alertas al día (una por la mañana y otra por la noche) cuando los soldados tomaban posiciones de combate ante un posible ataque que casi nunca se producía. Muchos de ellos fueron abatidos por las ametralladoras, mutilados por la artillería, dañados por los gases tóxicos o quedaron atrapados en las alambradas que separaban las trincheras. Los soldados no se enfrentaban físicamente al enemigo sino que aguardaban en la trinchera como conejos asustados dentro de una madriguera, a la espera de que llegara el fusil o el obús que los destrozaba literalmente o que lo hacía con el que luchaba al lado. Muchos soldados afectados por el shock de trinchera (‘shell shock’) se quedaban inmóviles sin poder reaccionar al ver que el compañero se convertía en una mezcla informe de fango y sangre. Y auténtico pavor se desataba en el momento en que sonaba el silbato que ordenaba que había que saltar de la trinchera y salir a la tierra de nadie mientras el enemigo lanzaba sus proyectiles contra todo lo que se moviera. Muchas jornadas resistiendo en estas condiciones llevó a que los combatientes perdieran la razón. 

Los aliados intensificaron sus esfuerzos en 1917 en un intento para forzar la victoria final; con este fin, el general Joffre fue reemplazado por la estrella en ascenso del alto mando francés, el comandante fráncés en Verdun, general Robert Nivelle, quien tenía un nuevo plan para romper el estancamiento del frente occidental. El Primer ministro británico Lloyd George, ansioso por evitar más bajas en el desgaste prolongado que suponía esta lucha y el primer ministro francés Aristide Briand, preocupado por su futuro político, dieron la bienvenida al plan de Nivelle que prometió un avance y la ruptura del frente dentro de las primeras 48 horas de la ofensiva. Las dudas de Haig en cuanto a la duración de la ofensiva fueron silenciadas con su subordinación formal a la autoridad de Nivelle y así surgió una de las iniciativas estratégicas anglo-francesas más desastrosas de la guerra.

General Robert Georges Nivelle (1856 – 1924)

Nivelle resucitó el plan de Joffre de 1915 de atacar a ambos flancos del saliente alemán en Francia, pero a una escala mucho mayor. El Tercer Ejército francés en St. Quentin y los ejércitos británicos Primero, Tercero y Quinto, en Arras, debían realizar un ataque preliminar para capturar terreno elevado y desviar las reservas alemanas de los frentes franceses en Aisne y Champagne. La ofensiva principal debía ser llevada a cabo por los franceses en la cordillera del Camino de las Damas, el Chemin des Dames (la Segunda Batalla de Aisne) con un ataque subsidiario por parte del Cuarto Ejército (Tercera Batalla de Champaña, Batalla de las Colinas, Batalla de las Colinas de Champaña). La etapa final de la ofensiva comprendería la reunión de los ejércitos británico y francés, habiendo traspasado las líneas alemanas, para, a continuación, emprender la persecución de los ejércitos alemanes derrotados hacia la frontera alemana. La ofensiva preveía un avence de nada menos que diez kilómetros (una cifra astronómica para la guerra de trincheras que se estaba desarrollando), con unas bajas estimadas de 15.000 hombres y debía ser estratégicamente decisiva al romper las defensas alemanas en el frente de Aisne en las primeras 48 horas. En Verdun, Nivelle se había labrado su reputación en una serie de ofensivas limitadas, caracterizada por una intensiva preparación artillera, que habían permitido recaptur los fuertes Vaux y Douaumont. En esta ocasión para compensar un apoyo artillero más débil los franceses usaran tanques por primera vez.

El 16 de abril de 1917 los franceses lanzaron su parte del ataque contra las fuerzas alemanas que estaban en el río Aisne, utilizando veinte divisiones a lo largo de un frente de cuarenta kilómetros. Pero aunque los británicos lograron el avance más profundo desde que comenzó la guerra de trincheras, a lo largo del río Scarpe en la Batalla de Arras, la principal ofensiva francesa en el Aisne fue un fracaso sangriento y para el 25 de abril la ofensiva principal había sido suspendida a cambio de unas ganancias territoriales misérrimas. Todos los elementos de la planificación resultaron un desastre. Nivel había elegido para lanzar su ataque una de las posiciones más fuertes del frente alemán; durante casi tres años, el ejército alemán
había convertido la cresta sobre el río Aisne en una fortaleza, entrecruzada con zanjas y alambre de púas, puntos con nidos de ametralladoras y bunkers defensivos. Incluso si la cresta caía, nuevas reservas enemigas esperaban detrás, abrigadas del fuego de artillería francesa en la empinada pendiente inversa.

Para empeorar la situación de los franceses, el 4 de febrero de 1917, en una brillante maniobra defensiva, el káiser había ordenado la retirada de sus tropas del frente occidental hasta la recién fortificada Línea Hindenburg, que los alemanes conocían como la Línea Sigfrido. Al retirar sus tropas de las numerosas vueltas y salientes que se habían creado durante los combates de 1916, se reducía en cuarenta kilómetros la longitud de la línea que había que defender, con lo cual quedaban libres trece divisiones para prestar servicio en la reserva. Entre la vieja línea del frente y la Línea Hindenburg, los alemanes lo habían arrasado todo sistemáticamente, volando las viviendas, incendiando las granjas, arrancando de raíz los huertos, minando los pocos edificios que quedaban y destruyendo carreteras, para que los aliados no encontraran nada más que ruinas inútiles. Cuando el príncipe heredero, Ruperto de Baviera, mariscal de campo y comandante de un grupo de ejército, protestó por el alcance de la devastación,el general Ludendorff invalidó su protesta. Los alemanes liberaban de esta forma más divisiones de reserva para enfrentar la próxima ofensiva aliada.

El 17 de marzo de 1917 Paul Painleve, el nuevo ministro de guerra francés que siempre había dudado de las afirmaciones de Nivelle asegurando de que rompería la línea alemana, intentó reducir la ofensiva. Las amenazas de dimisión de Nivelle, que de paso pediría la cabeza del nuevo ministro, lo disuadió aunque en abril el gobierno ya no tenía confianza en su
comandante en jefe. Pero mucho peor, con la inminente ofensiva a punto de desencadenarse, las intensas especulaciones en París anulaban cualquier posibilidad de
sorpresa de la operación. El tercer ejército británico irrumpió en la cresta de Vimy el 9
Abril de 1917, demostrando la efectividad de las tácticas de combinación de tanques, artillería e infantería desarrollado ya en el Somme. El 16 de abril, después de siete días.
bombardeo, los franceses asaltaron el frente de Aisne. El sexto ejército de Mangin capturó varios de sus objetivos a la izquierda entre Laffaux y Cerny, aunque en muchos lugares los contraataques alemanes llevaron a los atacantes agotados de vuelta al punto de inicio con la consiguiente perdida de sus escasas ganancias iniciales. A la derecha, el quinto Ejército de Mazel, a pesar de contar con el poyo de 128 nuevos tanques pesados ​​Schneider, no pudo capturar Berry au Bac. El ataque de apoyo del Cuarto Ejército en Champagne el 17 de abril fue rechazó con fuertes contraataques enemigos. Ante la potencia de las lineas defensivas alemanas, las tropas de Neville tuvieron que detenerse diezmados por el fuego de ametralladora alemán; tan sólo en el primer día de la batalla, el Ejército francés tuvo 40.000 muertos. De los ciento veintiocho carros de combate que intervinieron, treinta y dos quedaron fuera de combate el primer día. Pero Nivelle, a pesar de su fracaso para lograr el avance prometido en 48 horas, decidió continúa con la ofensiva.

Los ataques y contraataques continuaron hasta el 23 de abril, cuando el presidente Raymond Poincaré debío intervenir personalmente para mantener la ofensiva. Las operaciones desarrolladas en mayo aseguraron un punto de apoyo en la cresta de Craonne. Aunque la infantería había combatido valientemente penetrado entre 3 y 8 kilómetros en el sistema defensivo profundo y bien fortificado del enemigo, no se produjo el avance esperado ni la ruptura del frente alemán. Los franceses habían tenido 130.000 bajas que no podían permitirse. La ofensiva de Nivelle había sido demasiado ambiciosa, un costoso desastre tanto materialmente como moralmente. Para superar la catástrofe provocada y en medio de críticas que apuntaban hacia su ineptitud para el mando, Nivelle, caído en desgracia, fue reemplazado por el general Pétain​ y enviado en diciembre de 1917 a tomar el mando de las tropas francesas desplegadas en el norte de África.

Pero tan solo unos dias despues de la sustitución de Nivelle por Petain, la exasperación en el ejército francés a principios de mayo llega a tal punto que este heredará una bomba de relojería que le terminará por estallar en una serie de actos colectivos de insubordinación que sacuden la retaguardia de los ejércitos franceses acantonados en la zona. Las inhumanas condiciones de la guerra de trincheras, los masivos asaltos que, con éxito o sin él, suponían horrorosas masacres para ganar unos pocos metros de terreno, la carencia de suministros adecuados y la permanente propaganda derrotista de medios revolucionarios, llevaron en mayo de 1917 al amotinamiento de las unidades francesas que se encontraban en algunas localidades próximas al frente. Hartos de una lucha sin fin, los soldados franceses comenzaron a cuestionar la autoridad de sus oficiales. Pero no solamente los soldados, sino incluso muchos oficiales, se negaron a seguir luchando. Para desesperación de los mandos, las tropas se niegan a subir al frente mientras estallan manifestaciones en la retaguardia; pronto, estaciones y edificios se engalanan con banderas rojas. El motín estalló inicialmente en Soissons y Auberive, extendiéndose con rapidez; los soldados cantan la internacional, entonan eslóganes contra la guerra, reparten octavillas y se reunen en asambleas. Rápidamente, el movimiento se extiende por el ejército francés alcanzando su momento álgido entre finales de mayo y principios de junio de 1917. De la importancia de estas sublevaciones habla con claridad el hecho de que afectaran, en mayor o menor medida, a no menos de 54 divisiones y que el número de soldados franceses que abandonaron por su cuenta las armas en ese año de 1917 rebasaría la escandalosa cifra de 30.000, triplicando las deserciones habidas en el conjunto de los tres años anteriores. Entre 40.000 y 80.000 soldados participaron en los motines.

Más de la mitad de las unidades desplegadas en la zona se veran afectadas, con especial incidencia en las unidades de infantería; algunos oficiales son atacados por sus hombres y varias unidades anuncian su intención de marchar sobre Paris. El gobierno y el Estado Mayor francés, aterrados, creen ver trás estos acontencimientos un complot fomentado por pacifistas y socialistas. Incluso llegarán a atribuir el movimiento a una conspiración organizada desde París por el espionaje alemán. Nada mas lejos de la realidad. Desde que Nivelle fracasara en su avance entre el 16 y el 17 de abril, obstinandose en vano en una sangrienta batalla de desgaste, no deja de crecer la decepción primero y el descontento después entre los poilus. Si sumamos de este profundo descontento el agotaminto por las terribles condiciones de combate, los incesantes combates, las condiciones de vida deplorables en las trincheras y el siempre latente problema de los permisos, concedidos con cuentagotas desde el inicio de la ofensiva, podremos obtener una radiografìa más clara y ajustada a la realidad de los acontecimientos. Tampoco debemos olvidar que estas tropas tienen muy presente el ejemplo ruso, viendo como se desmoronaba el régimen zarista tan solo unos meses antes.

Poilu es un término del argot militar utilizado para referirse a la infantería francesa de la Primera Guerra Mundial que significa, literalmente, peludo.​ El trasfondo de la expresión se remonta al mundo rural del que procedían la mayor parte de los soldados, donde las barbas y los bigotes eran comunes. La imagen del soldado barbudo francés obstinado fue ampliamente utilizada como propaganda y en monumentos de guerra.​ El estereotipo del Poilu era de plena valentía y resistencia, pero no siempre de obediencia incondicional.

Pero a pesar de su ardiente desero de paz, la mayoría de los soldados siguen identificandose como autenticos patriotas franceses para los que la solución no pasa por rendirse ante Alemania. Solo pretenden modificar las condiciones en las que combaten, conviertiendo la guerra en algo menos arbitrario y mas humano. Así, aunque se niegan a volver al combate, siguen defendiendo sus trincheras hasta el final de los altercados. Los motines eran principalmente protestas de los soldados contra las condiciones en el frente y contra las operaciones del alto mando, aunque habían generalizado también demandas de una paz negociada. Los soldados insistían en que su sacrificio debería ser proporcional a los objetivos militares deseados.

La reacción de los mandos franceses, que temieron un levantamiento revolucionario como en Rusia, fue entonces enérgica e inmediata. Se trajeron numerosas tropas de refresco, desconocedoras de las condiciones del frente, con las que lograron aplastar los motines. Los principales dirigentes de estos fueron juzgados, sentenciados y ejecutados sumariamente en horas. Se dictaron 338 penas de muerte entre abril y mayo de 1917 en ese sector del frente, aunque solo se llevaron a cabo al final 34 ejecuciones, 24 por amotinamiento. Petain, el “general de los soldados”, alternará el palo y la zanahoria y así, mejorará las condiciones materiales de los soldados en el frente y en la retaguardia y se procederá a una amplia concesión y extensión de los permisos. En septiembre de 1917 los amotinamientos han finalizado. Francia debía adoptar una estrategia defensiva mientras espera a los estadounidenses que deberían dar a los aliados una ventaja material abrumadora. Mientras tanto, era imperativo restaurar la moral del ejército con acciones ofensivas exitosas, mediante
una serie de acciones limitadas encaminadas al mismo tiempo a mejorar las tácticas del ejército.

Aun en la actualidad, Francia no ha decretado un perdón global a los ajusticiados, pese a que el Gobierno ordenó una investigación histórica en 2013 con motivo del centenario del conflicto; sus nombres no aparecen en los monumentos a los caídos. Sigue siendo un asunto doloroso.

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