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La intervención italiana en la Segunda Guerra Mundial estará impulsada por motivos de prestigio, cinismo y sobre todo, de un oportunismo inoperante. Mussolini se propuso conquistar el Mediterráneo y convertir Italia en una potencia mundial, con un imperio que iría desde Gibraltar hasta el Golfo Pérsico: seria el Imperio Romano del siglo XX. En su propaganda, los fascistas glorificaban el espíritu de lucha italiano, su disciplina «romana», su fuerza de voluntad sobre humana y su lealtad inquebrantable al Duce.

Pero la realidad era bien distinta…….. el país no estaba preparado para la guerra y el ejercito italiano carecía de la preparación y el equipamiento necesarios.

Hoy acompañaremos a los ejércitos de Italia desde Abisinia al norte de África, de las estepas rusas a las peligrosas aguas del Atlántico, de los Balcanes a los cielos de Inglaterra, en un nuevo Crossover con nuestros buenos amigos de Navegando Sin Rumbo..


En la antigua Roma, los emperadores y sus familias contaron para su protección con un poderoso cuerpo militar, instalado en un campamento al este de la ciudad. Las cohortes pretorianas, conocidas colectivamente como Guardia Pretoriana, eran la primera línea de defensa del emperador, pero también su enemigo más letal. Lo acompañaba constantemente, ya fuera como guardaespaldas en Roma o durante sus campañas militares, sin embargo, su fidelidad distó mucho de ser completa, como muestran las constantes conjuras y sublevaciones que protagonizaron hasta su desaparición en el siglo IV.

A lo largo de sus tres siglos de historia, las misiones a las que tuvieron que hacer frente los pretorianos fueron extremadamente variadas; la función principal de la Guardia Pretoriana fue la protección, a todos los niveles, de la persona del emperador allí donde este se encontrara, ya fuera actuando permanentemente como su escolta y guardia personal en el palatino y demás residencias imperiales o como última línea de defensa en el combate. Como únicas tropas armadas acantonadas en la capital del Imperio, poco a poco irá cobrando especial relevancia Y por último, como cuerpo de élite del ejército romano, actuaron como unidad de combate en el campo de batalla, acompañando bien al propio emperador, a algún príncipe de la casa imperial o al jefe inmediato de la Guardia, el Prefecto del Pretorio.

En una época donde el destino de gran parte del mundo conocido se dirimía desde una sola ciudad, Roma, en manos del emperador, los pretorianos se convirtieron en el lobby por excelencia. A lo largo de su historia, la guardia fue muy consciente de que podía crear o destruir emperadores a su antojo. s. Seguros y confortablemente instalados en sus cuarteles de la capital, eran envidiados por los legionarios estacionados en los acuartelamientos de frontera.

Hoy regresamos a la antigua Roma, para conocer a la tan temida como odiada, guardia pretoriana


A las seis de la tarde del 25 de junio de1876, 210 soldados del 7° Regimiento de Caballería yacían muertos, dispersos en una colina, en el sur de Montana. Su comandante, el teniente coronel George Armstrong Custer había caído con ellos. Cuatro millas río arriba, más de 40 soldados también estaban muertos; todos perecieron a manos de los guerreros sioux y cheyenne en lo que ahora se llama la batalla de Little BigHorn, conocida por los nativos americanos como la Batalla de Hierba Gris.

Fue la batalla más famosa del mítico 7º Regimiento de Caballería de los Estados Unidos, donde se recuerda, aun a día de hoy, como una de las más «heroicas» que protagonizó su ejército, mientras trataba de expulsar a los indios de sus tierras. No obstante, y por mucho que el cine estadounidense se haya empeñado machaconamente en transmarinos que en Little Big Horn los heroicos soldados de Custer murieron con las botas puestas y enfrentándose amiles de malvados indios que les atacaban salvajemente sin piedad, la realidad es bien distinta.

En principio, este regimiento solo era uno más de los regimientos de caballería del ejercito de los Estados Unidos, pero al tratarse dela peor derrota sufrida por la caballería, ha sido recordado y en muchas ocasiones, glorificado hasta la exageración con un Custer rodeado de sus hombres, armas en la mano, esperando la última carga de los nativos americanos. Pero el final de la batalla debió de ser una estampida sin orden ni concierto. La Batalla de Little Big Horn constituye el clímax de las Guerras Indias en Norte América; una campaña insuperable en la ferocidad y salvajismo de sus combates, una victoria táctica para las tribus de las planicies americanas, pero también una derrota estratégica. Hoy recorreremos las praderas sin fin de Montana, en la última cabalgada de Custer.


A mediados de mayo de 1945, el Tercer Reich estaba en ruinas, Adolf Hitler había muerto y la guerra había terminado en Europa; pero eso no significaba que un nuevo líder no estuviera dirigiendo el trabajo diario del gobierno del Tercer Reich. Una semana después del Día de la Victoria en Europa, un automóvil del parque móvil de Hitler se detenía frente a un apartamento del norte de Alemania para recoger al último líder de la Alemania nazi.

Flanqueado por su personal, Karl Dönitz se sube al vehículo en uniforme completo de Gran Almirante. Tras recorrer apenas 500 metros, el automóvil se detiene en seco y Dönitz, desciende para presidir la reunión de gabinete de ministros del Reich. En la agenda: cualquier cosa, desde cómo podrían simplificar el mando de sus unidades militares inexistentes hasta qué tipo de bandera usarían ahora que la esvástica estaba prohibida. En la ciudad de Flensburg, al norte de Alemania, los aliados permitieron un pequeño campus de funcionarios alemanes que pretendían que la Alemania nazi todavía está viva. Visto por algunos como algo «extraño», «delirante» o incluso como una «ópera cómica», la táctica de Dönitz permitirá la evacuación de millones de civiles hacia Alemania occidental. Esta es su historia.


La valoración de la figura de Alejandro III de Macedonia es inseparable de la imagen contradictoria que las fuentes antiguas nos han transmitido, la mayoría de las veces en un estilo que ralla la hagiografía. El retrato antiguo de Alejandro contiene tantos elementos novelescos como propiamente históricos. El rey macedonio no fue, ni mucho menos, un gran estadista como su padre Filipo II , aunque sí un excelente estratega y un rey con una enorme ambición de poder. Estos aspectos de su personalidad han sido raramente valorados, cuando no escondidos, porque la historiografía moderna sigue siendo tributaria de múltiples tergiversaciones, algunas de las cuales remontan incluso a la Antigüedad.

En esta primera parte, acompañaremos al rey macedonio desde Pela a la batalla de Gaugamela.


Cuando un ciudadano romano se aventuraba a salir durante la noche, siempre lo hacía con recelos. Los problemas de seguridad y orden público en la ciudad de Roma siempre fueron muy serios. Con más de un millón de habitantes Roma era una ciudad enorme para su época, incluso era grande según los parámetros modernos. La Antigua Roma era un foco de agitación frecuente, si no permanente. Una fuente de criminalidad con un elevado grado de inseguridad. El poeta Marcial , que vivió en la Roma del siglo I de nuestra era, decía irónicamente que solo un loco podía salir de noche en Roma sin haber hecho antes testamento y Juvenal , que la conoció entre fines del siglo I y principios del siglo II, solía afirmar que, de noche, era más seguro aventurarse en el bosque Gallinaria o en las mismísimas lagunas pontinas, que estaban infestados de salteadores, que el centro de la ciudad de Roma. Acompáñanos hoy, junto a nuestros compañeros del podcast Navegando sin Rumbo a recorrer las calles de la antigua Roma.

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La gran ola negra contra la delgada línea roja. Isandlwana 22 de enero de 1879, la mayor derrota de un ejército moderno profesional, el británico, dotado de modernas armas de fuego, ante un contingente de guerreros tradicionales, los zulúes, que prácticamente no disponían de nada más que de primitivas armas blancas. «¿Por qué los hombres blancos quieren comenzar una guerra por nada? ¿Por qué el gobernador de Natal me habla sobre mis leyes? ¿Acaso voy yo a Natal y le dicto a él las suyas? «. Así respondió el rey zulú Cetshwayo a las exigencias de las autoridades británicas en África del Sur para que disolviera su temible ejército. Los británicos pretextaban que Cetshwayo había cometido actos de crueldad contra su propio pueblo y contra los europeos, pero la verdadera razón de su hostilidad era otra: en su progresiva ocupación de todo el sur de África, no podían tolerar la amenaza que representaba un pueblo guerrero como el zulú, que desde hacía sesenta años había constituido un verdadero imperio. A finales de 1878 el Alto Comisionado británico en la zona, sir Henry B. Frere presentó a los zulúes un ultimátum. El 6 de enero de 1879, sin esperar a que éste expirase, el general Chelmsford invadió Zululandia al frente de 17.000 hombres, la mayoría de ellos veteranos de la metrópoli, además de un importante contingente de tropas auxiliares de Natal, africanas y europeas. Comenzaba así la que pasaría a la historia como guerra anglo-zulú.


Para mantener a salvo a Hitler, se desarrollaron unas medidas de seguridad tremendamente complejas. Su escolta de las SS y otros grupos de seguridad responsables de su vida, eran tantos que a menudo se contrarrestaba entre sí. El mundo y sin duda Europa, se vería muy diferente hoy día, si en noviembre de 1938 el Führer y el canciller del Reich de la Alemania nazi, hubiera sido asesinado. Tal vez la gente lo hubiera considerado como un «Gran alemán”. Es bien sabido que los intentos de asesinar a Hitler se hicieron en repetidas ocasiones, aunque probablemente sea menos conocido cuántos fueron esos ataques; hubo por lo menos treinta intentos documentados de asesinar a Hitler durante los años 1933 a 1945. A la luz de tan elevado número de intentos, pronto quedó claro que los problemas de protección personal de Hitler iban mucho más allá de aquellos con que los líderes modernos normalmente tienen que vivir. La pregunta obvia era ¿Cómo sobrevivió Hitler a tantos intentos?. Se han dado afirmaciones contradictorias sobre cuán fácil o difícil era para un posible asesino acercarse lo suficiente a Hitler para tener una oportunidad de matarlo; antiguos miembros de su personal sostienen que era muy fácil, mientras que los supervivientes de la Resistencia dicen lo contrario. Una mirada más cercana a la seguridad personal de Hitler revelará un nivel sin precedentes de precauciones y, sin embargo, al mismo tiempo, un gran número de fallos.


El 20 de julio de 1944, un grupo de oficiales del ejército alemán intentó asesinar a Adolf Hitler en su Cuartel General de Prusia Oriental, la Wolfsschanze, la Guarida del Lobo. La operación fue audaz porque la seguridad en torno a Hitler era extremada en un momento en el que el Führer temía ser capturado por sus enemigos. Sus movimientos eran un secreto muy bien guardado, aunque en realidad, en esta etapa de la guerra, Hitler rara vez dejaba ya su búnker de cemento en Wolfsschanze que el mismo había diseñado a prueba de las bombas aliadas más pesadas. El intento de asesinato no solo fue audaz por los peligros físicos que conllevaba para sus ejecutores, sino que también lo fue porque los conspiradores planeaban asesinar al líder legalmente elegido de Alemania y a un hombre al que habían jurado fidelidad. Esto significaba que sus acciones eran alta traición por lo que si el atentado fallaba, se deberían enfrentar a la máxima pena.


Algunas personas, pocas, cambian el curso de la historia. Pocas, muy pocas, lo hacen con la asombrosa rapidez con la que lo hizo Filipo II de Macedonia, uno de los soberanos más grandes de la antigüedad. Se le conoce principalmente, por ser el padre de Alejandro Magno, pero quizá la historia sería más justa si Alejandro Magno fuera famoso por ser el hijo de Filipo II. Filipo II fue quien hizo que su reino dejara de ser una tierra desprestigiada y desgarrada por los conflictos internos para convertirse en la primera potencia política y militar de la Hélade. En menos de 40 años, el minúsculo, atrasado y fracturado reino de macedonia humillo a Atenas y a Esparta y destruyo Tebas, llegando incluso a dominar Grecia para, a continuación, a atacar y someter a la mayor superpotencia de su época. Filipo reforzó la autoridad monárquica, formo uno de los ejércitos más poderosos de la historia, con el que creo el imperio macedonio y sentó las bases del potente poder militar que heredará Alejandro; sin Filipo, Alejandro nunca habría sido Magno. La historia de cómo lo hizo, merece su propio relato….


En abril de 1814 la fulgurante carrera de Napoleón Bonaparte parecía haber llegado a su fin, tras veinte años de grandes triunfos, casi constantes, en los campos de batalla. Gracias a ellos, había llegado a dominar prácticamente, toda la Europa continental. Abandonado por casi todos tras su abdicación, había pasado casi 10 meses en la diminuta isla mediterránea de Elba. Ahora, retornaba a Francia para reclamar de nuevo su trono.

En nuestro segundo programa haremos un repaso del segundo periodo imperial de Napoleón.


La noticia del asesinato de Cayo Julio César los Idus de marzo del año 44 a.C en la Curia de Pompeyo de Roma, se difundió de inmediato por toda la ciudad. Las calles se vaciaron por completo, las tiendas y todos los negocios se cerraron a cal y canto y el temor se extendió con una rapidez pasmosa como una negra sombra por la gran urbe. Incluso los propios asesinos, temerosos tras el acto que acababan de cometer, corrieron a refugiarse en el Capitolio. Cesar había obviado todas las precauciones y todas las advertencias y el idus de marzo de ese año se tiñó de sangre. Unos días antes, el arúspice Espurninna le había advertido del grave peligro que le amenazaba en los idus de marzo; ese día cuando se habían encontrado de camino al Senado, Cesar le había dicho riendo: “Ya son los idus de marzo y no me ha ocurrido nada” a lo que el arúspice contestó compasivamente : “Sí…. pero aún no han acabado”.