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La gran ola negra contra la delgada línea roja. Isandlwana 22 de enero de 1879, la mayor derrota de un ejército moderno profesional, el británico, dotado de modernas armas de fuego, ante un contingente de guerreros tradicionales, los zulúes, que prácticamente no disponían de nada más que de primitivas armas blancas. «¿Por qué los hombres blancos quieren comenzar una guerra por nada? ¿Por qué el gobernador de Natal me habla sobre mis leyes? ¿Acaso voy yo a Natal y le dicto a él las suyas? «. Así respondió el rey zulú Cetshwayo a las exigencias de las autoridades británicas en África del Sur para que disolviera su temible ejército. Los británicos pretextaban que Cetshwayo había cometido actos de crueldad contra su propio pueblo y contra los europeos, pero la verdadera razón de su hostilidad era otra: en su progresiva ocupación de todo el sur de África, no podían tolerar la amenaza que representaba un pueblo guerrero como el zulú, que desde hacía sesenta años había constituido un verdadero imperio. A finales de 1878 el Alto Comisionado británico en la zona, sir Henry B. Frere presentó a los zulúes un ultimátum. El 6 de enero de 1879, sin esperar a que éste expirase, el general Chelmsford invadió Zululandia al frente de 17.000 hombres, la mayoría de ellos veteranos de la metrópoli, además de un importante contingente de tropas auxiliares de Natal, africanas y europeas. Comenzaba así la que pasaría a la historia como guerra anglo-zulú.


Para mantener a salvo a Hitler, se desarrollaron unas medidas de seguridad tremendamente complejas. Su escolta de las SS y otros grupos de seguridad responsables de su vida, eran tantos que a menudo se contrarrestaba entre sí. El mundo y sin duda Europa, se vería muy diferente hoy día, si en noviembre de 1938 el Führer y el canciller del Reich de la Alemania nazi, hubiera sido asesinado. Tal vez la gente lo hubiera considerado como un «Gran alemán”. Es bien sabido que los intentos de asesinar a Hitler se hicieron en repetidas ocasiones, aunque probablemente sea menos conocido cuántos fueron esos ataques; hubo por lo menos treinta intentos documentados de asesinar a Hitler durante los años 1933 a 1945. A la luz de tan elevado número de intentos, pronto quedó claro que los problemas de protección personal de Hitler iban mucho más allá de aquellos con que los líderes modernos normalmente tienen que vivir. La pregunta obvia era ¿Cómo sobrevivió Hitler a tantos intentos?. Se han dado afirmaciones contradictorias sobre cuán fácil o difícil era para un posible asesino acercarse lo suficiente a Hitler para tener una oportunidad de matarlo; antiguos miembros de su personal sostienen que era muy fácil, mientras que los supervivientes de la Resistencia dicen lo contrario. Una mirada más cercana a la seguridad personal de Hitler revelará un nivel sin precedentes de precauciones y, sin embargo, al mismo tiempo, un gran número de fallos.


El 20 de julio de 1944, un grupo de oficiales del ejército alemán intentó asesinar a Adolf Hitler en su Cuartel General de Prusia Oriental, la Wolfsschanze, la Guarida del Lobo. La operación fue audaz porque la seguridad en torno a Hitler era extremada en un momento en el que el Führer temía ser capturado por sus enemigos. Sus movimientos eran un secreto muy bien guardado, aunque en realidad, en esta etapa de la guerra, Hitler rara vez dejaba ya su búnker de cemento en Wolfsschanze que el mismo había diseñado a prueba de las bombas aliadas más pesadas. El intento de asesinato no solo fue audaz por los peligros físicos que conllevaba para sus ejecutores, sino que también lo fue porque los conspiradores planeaban asesinar al líder legalmente elegido de Alemania y a un hombre al que habían jurado fidelidad. Esto significaba que sus acciones eran alta traición por lo que si el atentado fallaba, se deberían enfrentar a la máxima pena.


Algunas personas, pocas, cambian el curso de la historia. Pocas, muy pocas, lo hacen con la asombrosa rapidez con la que lo hizo Filipo II de Macedonia, uno de los soberanos más grandes de la antigüedad. Se le conoce principalmente, por ser el padre de Alejandro Magno, pero quizá la historia sería más justa si Alejandro Magno fuera famoso por ser el hijo de Filipo II. Filipo II fue quien hizo que su reino dejara de ser una tierra desprestigiada y desgarrada por los conflictos internos para convertirse en la primera potencia política y militar de la Hélade. En menos de 40 años, el minúsculo, atrasado y fracturado reino de macedonia humillo a Atenas y a Esparta y destruyo Tebas, llegando incluso a dominar Grecia para, a continuación, a atacar y someter a la mayor superpotencia de su época. Filipo reforzó la autoridad monárquica, formo uno de los ejércitos más poderosos de la historia, con el que creo el imperio macedonio y sentó las bases del potente poder militar que heredará Alejandro; sin Filipo, Alejandro nunca habría sido Magno. La historia de cómo lo hizo, merece su propio relato….


En abril de 1814 la fulgurante carrera de Napoleón Bonaparte parecía haber llegado a su fin, tras veinte años de grandes triunfos, casi constantes, en los campos de batalla. Gracias a ellos, había llegado a dominar prácticamente, toda la Europa continental. Abandonado por casi todos tras su abdicación, había pasado casi 10 meses en la diminuta isla mediterránea de Elba. Ahora, retornaba a Francia para reclamar de nuevo su trono.

En nuestro segundo programa haremos un repaso del segundo periodo imperial de Napoleón.


La noticia del asesinato de Cayo Julio César los Idus de marzo del año 44 a.C en la Curia de Pompeyo de Roma, se difundió de inmediato por toda la ciudad. Las calles se vaciaron por completo, las tiendas y todos los negocios se cerraron a cal y canto y el temor se extendió con una rapidez pasmosa como una negra sombra por la gran urbe. Incluso los propios asesinos, temerosos tras el acto que acababan de cometer, corrieron a refugiarse en el Capitolio. Cesar había obviado todas las precauciones y todas las advertencias y el idus de marzo de ese año se tiñó de sangre. Unos días antes, el arúspice Espurninna le había advertido del grave peligro que le amenazaba en los idus de marzo; ese día cuando se habían encontrado de camino al Senado, Cesar le había dicho riendo: “Ya son los idus de marzo y no me ha ocurrido nada” a lo que el arúspice contestó compasivamente : “Sí…. pero aún no han acabado”.