Historia Antigua

El orden publico en la antigua Roma

Cuando un ciudadano romano se aventuraba a salir durante la noche, siempre lo hacía con recelos. Los problemas de seguridad y orden público en la ciudad de Roma siempre fueron muy serios. Con más de un millón de habitantes Roma era una ciudad enorme para su época, incluso grande según los parámetros modernos. La antigua Roma era un foco de agitación frecuente, si no permanente; una fuente de criminalidad con un elevado grado de inseguridad. Marcial decía irónicamente que solo un loco podía salir de noche en Roma sin haber hecho testamento y Juvenal solía afirmar que, de noche, era más seguro aventurarse en el bosque Gallinaria o en las mismísimas marismas pontinas que el centro de la ciudad de Roma; pocos eran los que se atrevían a cruzar sus calles durante la noche en busca de un poco de diversión.

Pensemos por un momento en lo intimidante que debía de resultar una gran ciudad de un millón e incluso un millón y medio de habitantes, sin iluminación nocturna ( la primera iluminación nocturna en Roma, que era de gas, se introdujo muchos siglos más tarde,en 1846). Si las calles solitarias de Roma eran peligrosas incluso durante el día, cuan aterrador debía ser salir por la ciudad durante la noche. Y es que cuando caía la noche en la capital del Imperio romano la profunda oscuridad que envolvía los callejones propiciaba un problema grave de inseguridad ciudadana que obligaba a los romanos a encerrarse en casa en cuanto el sol se ponía.

Se robaban objetos de toda índole: telas finas y caras, ropa, joyas y perfume, utensilios de construcción, objetos de metal, cerámica, ídolos religiosos, libros, así como cosas cotidianas «bastas y ordinarias». Comerciar con objetos robados era fácil y no se hacían preguntas. Frecuentemente se recurría tanto a esclavos como a esclavas, pero también hombres ricos y bien relacionados manejaban objetos robados . Al igual que los objetos, los ladrones eran muchos y variados aunque era bastante común que fueran esclavos. Sus métodos y formas de actuar eran diversos: podían hacer un agujero en la pared, romper un cerrojo, conseguir copias de llaves o entrar a hurtadillas por un tragaluz . Las preocupaciones por los robos se acrecentaban aún más porque las medidas tomadas por las autoridades eran, como mucho, ineficaces. Les preocupaba poco “mantener la paz” y formar patrullas para atacar a los bandidos a menos que se cometiese un crimen atroz contra un miembro de la élite o los ciudadanos tomasen la iniciativa; la pasividad de las autoridades estaba, pues, a la orden del día. Esta situación implicaba a su vez que las personas tomasen sus propias medidas para proteger sus posesiones y estuviesen constantemente nerviosos y en guardia ante la posibilidad de un robo. Una vez detenidos, los ladrones podían ser objeto de un proceso judicial, pero eran también susceptibles de sufrir los ataques de la muchedumbre (linchamiento). Cualquier persona considerada culpable sufría castigos que resultan extremadamente crueles para la mentalidad actual. Pero ése era el objetivo: disuadir a otros mediante el terror a castigos espantosos, como manos amputadas, latigazos, condena a las minas o a los espectáculos de gladiadores, decapitación, ahorcamiento, morir devorados por animales salvajes y crucifixión. Dichos castigos eran parte integrante de un aspecto más amplio del mundo del hombre corriente, su omnipresente naturaleza violenta: para el hombre corriente, la violencia impregnaba todos los aspectos de su vida, hasta el punto de que se la consideraba algo normal.

La autoprotección era la norma a seguir. Aunque había patrullas nocturnas con antorchas, estas no eran muy abundantes, por lo que los ciudadanos pudientes solían proveerse de sus propias escoltas de esclavos armados y equipados con antorchas en sus desplazamientos nocturnos por la ciudad. Caminar solo por la ciudad durante la noche era cuando menos, poco aconsejable, ya que uno se exponía a ser asaltado en cada esquina, por lo que la gente no solía aventurarse a ello, a excepción de los vagabundos y los delincuentes. En Roma existía una frase muy común entre los ciudadanos, “no salgas de noche a menos que sea demasiado necesario“. Los robos y las agresiones abundaban. Era frecuente que hombres encapuchados amedrentaran a los transeúntes con armas blancas, despojándolos de artículos de valor y hasta llegaban a cometer homicidios cuando éstos se resistían a los hurtos. También eran comunes los atropellamientos por carruajes que transitaban a altas velocidades por las estrechas calles atropellando a las personas y dejándolas moribundas sobre el suelo y las aceras. No era habitual que se detuviesen para socorrerlos.

La urbanización de la ciudad era arbitraria, lo que hacía que en mitad de un callejón se pudiera levantar una casa que bloqueaba el paso. El tráfico de literas, carros y carromatos iba en aumento al mismo ritmo de crecimiento de la población de la ciudad. El volumen de tráfico en la ciudad era tan grande que hubo que establecer una ley que prohibía a los carros con mercancías circular por  sus calles durante diez horas desde el amanecer hasta la puesta de sol, de forma que por las calles de la capital los carros sólo podían circular de noche. Aunque nos parezca impensable, la noche romana llegaba a ser mucho más ruidosa que el día. Según Juvenal, “sólo si se tiene mucho dinero puede uno dormir en Roma. La fuente del problema reside en los carros que atraviesan los embudos de las calles curvadas, y las bandadas de ellos que se paran y meten tanto ruido que impedirían dormir hasta a una manta raya “. Las grandes ruedas de madera con sus llantas de metal chirriaban contra la calzada de piedra causando un gran estruendo. En cuanto se ponía el sol, los centenares de carros de víveres y mercancías que habían ido llegando a la ciudad durante todo el día, la invadían y se dirigían a sus puntos de destino a toda velocidad para librarse de los embotellamientos. Aunque la ley establecía que los ciudadanos tenían derecho a transitar sin miedo ni peligro, lo cierto era que el mero ruido de los carros les amendrantaba por el estruendo que realizaban.

Y por si esto fuese poco, los desperdicios almacenados durante el día se arrojaban a la calle por la ventana en cuanto las propicias tinieblas garantizaran la impunidad. En tales circunstancias, el sufrido transeúnte romano estaba vendido, pues en cualquier momento le podía llover del cielo un chaparrón de desperdicios líquidos (effusum), o lo que es peor, sólidos (deiectum).

Otro peligro nocturno era el constituido por los gamberros. Había en Roma cuadrillas de mozalbetes, algunos de ellos de las mejores familias de la ciudad. Incluso el propio Nerón, ya emperador, se sumó a veces a esas pandillas. Campaban por la urbe cometiendo toda clase de abusos y tropelias antes de que el “yugo” del matrimonio y el trabajo adulto les obligase a sentar la cabeza. En ocasiones, hasta arrojaban a sus víctimas a la cloaca más próxima. A estos debemos añadir los asesinos, atracadores (effractores) y agresores de toda índole (raptores) que abundaban en la ciudad.

Y a pesar de todo esto, nunca existió la figura de la policía, tal como la conocemos ahora, es decir, no había ningún magistrado que persiguiera de oficio los crímenes como robo, asesinato o rapiña. Para propiciar la seguridad se tomaban diferentes medidas. Los nobles, aristócratas y caballeros contaban con seguridad privada y en las casas se tenían perros y gansos entrenados para vigilar. La seguridad privada consistía en que los más allegados a la persona que requiriera seguridad eran quienes lo cuidaban: los amigos cercanos, los trabajadores y en especial los esclavos, quienes eran totalmente fieles. La necesidad de seguridad privada por personas de confianza es una de las razones por la cual la amistad y la fidelidad eran valores muy importantes y reconocidos en la antigua Roma.

La explosión demográfica de Roma multiplicó las viviendas peligrosas haciéndose endémicos los grandes incendios; pero el fuego era también un medio para la adquisición de tierras y bienes a bajos precios, unas prácticas que demandaban la actuación de las autoridades. La primera gran brigada contra incendios fue organizada por Marco Licinio Craso, triunviro y unos de los padrinos políticos de Julio Cesar que, según cuenta Plutarco en su Vida dedicada a este personaje, pedía a cambio de sus servicios la venta de las casas en llamas a precios irrisorios, amasando de esta forma una inmensa fortuna. Cuando un edificio o una insula empezaba a arder, Marco Licinio se presentaba en el lugar y no daba la orden de poner en funcionamiento las bombas de agua que llevaba para apagar el incendio hasta que el propietario del inmueble no se lo vendía, en condiciones, lógicamente, muy ventajosas. Si el dueño no accedía a la venta, dejaba que el edificio se consumiera entre las llamas. Su capital pasó de 300 a 7.100 talentos en un tiempo récord. Gracias a su inmensa riqueza llegó a pagar de su bolsillo los servicios de la legión que venció a los esclavos rebeldes comandados por Espartaco y gracias a sus riquezas, consiguió ir subiendo todos los peldaños del cursus honorum (la carrera militar y política romana) hasta llegar a senador. El edil Rufo, en época de Augusto, formó una brigada de bomberos con sus propios esclavos y los proporcionó a la ciudad de forma gratuita, sin duda no solo por altruismo sino para cimentar su carrera política de forma muy oportunista.

Pero además de la seguridad privada, el gobierno de la ciudad también dispuso varios cuerpos de seguridad. Inicialmente el “Triumviri Nocturni” fue el primer grupo de vigilantes de la ciudad; básicamente eran esclavos privados organizados en un grupo que combatía los incendios, las peleas y los asaltos en Roma. El sistema de gestión privada era totalmente ineficaz, por lo que en interés de mantener la seguridad en Roma, Augusto instituyó un nuevo cuerpo público de bomberos llamado los vigiles. Este cuerpo se componía de 7.000 esclavos públicos que podían ganarse la ciudadanía después de seis años de servicio. Augusto modeló los nuevos bomberos de forma similar al cuerpo de bomberos de Alejandría, en Egipto. Patrullaban por los barrios de la ciudad en busca de señales o posibles peligros de incendio, así como persiguiendo contravenciones de la normativa establecida por Augusto y sus sucesores. Además de la extinción de incendios, los vigiles llegaron a convertirse en la sombra de la noche de Roma. Sus deberes incluían aprehender ladrones y capturar esclavos fugitivos. Llegaron a existir siete estaciones o cuarteles de vigiles, todas bajo la dirección y mando de un Praefectus Vigilum. Se les asignaba un sector de la ciudad que debían patrullar desde que caía la noche hasta primera hora de la mañana, aunque siempre quedaban parcelas sin vigilancia. En cada uno de los catorce distritos en que estaba dividida Roma existía un cuartel (excubitorium), que también era parque de bomberos. Estaba servido por un retén de vigiles que patrullaban las calles provistos de cubos y armas, por si había incendios o reyertas nocturnas.

Vigiles romanos durante una de sus patrullas nocturnas por la ciudad

También será Augusto quien instituya en el 13 a.C. las Cohortes Urbanas o Urbaniciani, una unidad de la guarnición de Roma junto con las Cohortes Pretorianas a la que servía de contrapeso, cuya misión era el mantenimiento del orden público en la ciudad. Estaban formadas por tres cohortes quingenariae de 1000 soldados cada una, a las órdenes de un Tribuno ( cada Tribunus Cohortis Urbanae procedia del Ordo Equester y muchas veces habían servido como centuriones primipilos de las legiones) y equipadas exactamente igual que sus equivalentes legionarias, pero debido a su condición de fuerza “policial”, además fueron dotados de varas de madera a modo de porras, y de cascabeles, sujetos al cinturón, a modo de sirena. Su numeración seguía la de las cohortes pretorianas, por lo que eran la X, XI y XII, bajo el mando del Prefecto de Roma ( Praefectus Urbi ), cargo desempeñado por un senador de rango consular de plena confianza del emperador, a quien sustituía como caput urbi cuando estaba ausente de Roma. Permanecieron estacionadas en el Castra Praetoria  junto con la Guardia Pretoriana hasta que se construyeron los castra urbana a finales del s. II d.C. Su existencia está atestiguada hasta 360, bajo Constancio II y Juliano.

La vida nocturna más ociosa se producía en ciertos barrios donde se concentraban las tabernas (popinae, thermopolia) y en los establecimientos más licenciosos, de moral disoluta, que podían contar con los placeres sexuales de una prostituta que solo ejercía por las noches: la noctilucae. Eran mujeres de rasgos pálidos y estilizados que a su vez, se dividían en dos grupos: las diabolariae, meretrices que ofrecían sus servicios en callejones o baños públicos; y las bustuariae, que se prostituían en los cementerios.

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