Spintria, las monedas de los burdeles romanos

sábado, 28 de diciembre de 2019

En la antigua Roma, las relaciones matrimoniales eran entendidas como un contrato por intereses familiares y como un mecanismo para engendrar hijos legítimos que heredasen la propiedad y la situación de sus padres. El placer sexual se buscaba en lugares fuera del hogar donde muchas de las prácticas que se realizaban eran consideradas impúdicas para una matrona romana y por ello, para los romanos la prostitución era vista como un mal necesario. Autores como Catón el Viejo (234-149 a. C.) la definieron como una auténtica bendición debido a que permitía a los jóvenes dar rienda suelta a sus más bajos deseos sin «molestar a las mujeres de otros hombres». Así los hombres casados eran justificados cuando mantenían relaciones sexuales con una meretriz porque, así «saneaban su matrimonio». Pero a pesar de esto, los romanos situaron a las personas que ofrecían su cuerpo por dinero en los espacios más despreciables de la sociedad y aunque la prostitución era entendida como un mal necesario, la meretriz («meretrix», la que «se ganaba la vida ella misma») era despreciada por el ciudadano de a pie.

Aunque esta práctica fue evolucionando durante la República y el Imperio, la prostituta es una figura que se puede encontrar de forma perpetua en Roma.  No fue hasta la Segunda Guerra Púnica cuando se empezó a entender la lujuria como una parte del ocio del ciudadano y a partir de entonces aparece como un elemento indisociable de la vida romana.  Plauto (254 a. C. – 184 a. C) dejó clara esta visión de la prostitución en uno de sus múltiples textos: Nadie dice no, ni te impide que compres lo que está en venta, si tienes dinero. Nadie prohíbe a nadie que vaya por una calle pública. Haz el amor con quien quieras, mientras te asegures de no meterte en caminos particulares. Me refiero a que te mantengas alejado de las mujeres casadas, viudas, vírgenes y hombres y éfebos hijos de ciudadanos.

El derecho romano definía a las meretrices como “personas que abiertamente obtienen dinero con su cuerpo” y la prostitución era considerara un bien social y como tal, necesario; no obstante lo cual, en la sociedad romana la infamia era el principal rasgo que caracterizaba a este oficio, ya que se consideraba que las prostitutas carecían de dignidad moral precisamente por el hecho de ejercer la prostitución. Este oficio se ejercía con normalidad en calles concretas, baños públicos o en diversas tabernae, aunque el lugar por autonomasia, el más popular, era el prostíbulo. Existían muchos tipos de prostíbulos en el mundo romano de modo que resulta muy difícil establecer una regla arquitectónica general para este edificio; la ciudad de Pompeya ha aportado datos muy interesantes al respecto, con unos 30 edificios encontrados hasta el momento relacionados con la prostitución. Los prostíbulos o lupaneres se situaban normalmente en un cruce de calles, ya que suponía un punto de continua afluencia de peatones y era un lugar donde eran visibles las meretrices que se paseaban por los alrededores desde cualquiera de las calles que lo atravesaban, un factor principal para atraer clientes. Las meretrices no podían usar zapatos, aunque era habitual que se saltasen esta norma y se grabasen en las sandalias palabras como Sequere me (Sigueme) que quedaban inscritas en el polvo cuando caminaban y para que los clientes, que los seguían,se encontrarsen con ellas.

Estos lupanares, contaban con dos plantas, una a nivel del suelo y un primer piso; la planta baja estaba destinada al acceso de esclavos o de las clases más pobres, mientras que la superior estaba dedicada a una clientela de mayor poder adquisitivo. En esta planta se disponía también de un buen balcón desde el cual las prostitutas seducían a los peatones con sus descaradas propuestas y movimientos provocativos. En el vestíbulo se situaba un Príapo erecto de grandes proporciones que daba la bienvenida al visitante como símbolo de poder sexual masculino. Esta zona de recepción, de calidad variable en función del nivel del prostíbulo, podía incluir servicios de comida y bebida. Aquí las prostitutas se mostraban a los clientes vestidas con gasas o desnudas, anunciándose según su especialidad, la mayoría con nombres exóticos y seguramente mintiendo sobre su lugar de procedencia, atribuyéndose un origen en algún punto exótico y lejano, en los confines del vasto Imperio Romano.

Interior de un fornices

En su interior tenía un corredor y habitaciones (unos cubículos denominados “fornices”, nombre del que nace nuestro verbo fornicar) con camastros con una prostituta para cada una. En la entrada de cada uno de los fornices, había pinturas mostrando las especialidades sexuales de sus prostitutas y una pizarra con su nombre y sus tarifas, así el cliente sabía muy bien qué compraba. También disponían en las entradas de cada fornices de carteles con la palabra occupata, para colgarlo en la puerta cuando la meretriz estaba con un cliente y normalmente, muchas de las paredes estaban cubiertas de pinturas que expresaban diferentes posiciones eróticas. Al piso superior se accedía por una entrada independiente con una escalera que llegaba al balcón, al que daban las diferentes habitaciones, más grandes y decoradas que las de la planta baja. El personaje más controvertido de todo el prostíbulo era el «leno» o chulo. Era el dueño del local y el encargado,entre otras cosas, de contratar o comprar a las esclavas que ejercerían la prostitución. También era  era el encargado de controlar que los clientes no excedieran el tiempo establecido para el coito. Tenían muy mala reputación al tratase de hombres sin escrúpulos y se caracterizaban como es de suponer por la falta total de honradez y por el hecho de que no podían acceder a los cargos públicos.

En barrios como Subura o el Trastevere existíanl locales más sórdidos mientras el Aventino acogía locales con un nivel económico más elevado. Estos locales eran fácilmente identificables ya que existían señales que indicaban la dirección hacia el prostíbulo más cercano ( falos grabados en el pavimento del suelo o señales verticales) y además normalmente situaban un enorme falo pintado de rojo bermellón que servía de aldaba de la puerta. Por la noche estos establecimientos estarían iluminados por faroles de aceite igualmente con formas fálicas. Sabemos mucho sobre los tipos de prostitutas y prostitutos (también existía la prostitución de hombres jóvenes dedicados a un público tanto femenino como masculino ) que había, sus actividades e incluso sus precios. La más alta era la de cortesana. Estas eran prostitutas de lujo bellas, refinadas y con buenos modales que podían pasar meses con sus clientes. Solían ser respetadas por los hombres que las contrataban y hasta se les permitía participar en las conversaciones masculinas y dar su opinión. Debían mostrar a su cliente el mismo respeto que tendrían a su marido, un comportamiento que no era habitual en el resto de prostitutas. A continuación estaban las mesoneras o venteras, mujeres que no eran prostitutas como tal, pero que regentaban una posada y decidían ganarse un dinero extra manteniendo relaciones sexuales con los clientes. De hecho, era habitual que los romanos asociaran el oficio de tabernera con el de meretriz. Estas mujeres solían estar casadas, pero a los maridos no les importaba. La última categoría era la de aquellas jóvenes que no tenían dinero para sobrevivir o esclavas que mantenían relaciones sexuales en un burdel.

Dependiendo del prestigio de la prostituta en cuestión, los clientes solían pagar entre dos y dieciséis ases (lo que equivalía a un denario de plata) por mantener una relación sexual con ella. La característica principal era que siempre se entregaba el dinero por adelantado.  El leno también contaba con varias fichas o monedas en la que había grabada una posición sexual . A pesar de que existe cierta controversia alrededor de las mismas, es más que probable que fueran fichas utilizadas por el «chulo» donde el/la cliente  elegía el servicio que le iban a prestar, con el cual pagaba anticipadamente; para que los clientes extranjeros además sería mas sencillo seleccionar la «especialidad» que querían recibir.

Suelen estar acuñadas en latón o bronce y rondar los 20 mm de diámetro.  No poseían, en absoluto, un carácter oficial por el Estado y ni mucho menos era éste el encargado de dicha acuñación. En ellas se representa una gran variedad de escenas sexuales y un numerario que abarca desde el I al XVI. El numerario puede referirse a varias cosas, pero la teoría más aceptada actualmente, es que cada acto sexual correspondiera con un precio, asignado en ases, para cada acto sexual. Esto es aun objeto de debate, ya que se trata de una hipótesis inicial, puesto que los números que incluyen no coinciden con los precios conocidos entre las prostitutas romanas. Otra hipótesis es, que los números, indicarían a su vez el trabajo a realizar, por la prostituta, una especie de catálogo numérico. Además, las representaciones gráficas, muy realistas, facilitaban las cosas entre romanos y prostitutas extranjeras, que no entendían el latín.

Paradógicamente, a día de hoy no se ha encontrado ninguna pieza de estas características en ninguno de los  lupanares que se han encontrado y excavado por todo el imperio romano.

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