Historia Antigua

Macedonia contra Roma: Filipo V y Perseo.

Los asuntos de Roma, un estado semibárbaro al otro lado del Adriático, no preocupaban especialmente al Rey Demetrio II de Macedonia cuando nació su hijo Filipo en el año 237 a. C. Los reyes macedonios se proclamaban descendientes de los hijos de Hércules, que se exiliaron de Grecia tras la muerte de su padre. Macedonia era un país próspero, se encontraba por encima de Grecia, sobre cuyas ciudades ejercía su hegemonía, aunque no exenta de sobresaltos y gozaba de la misma consideración que Egipto y Siria, los otros grandes poderes que dominaban la cuenca oriental del Mediterráneo. Su clima, una mezcla del propio del Mediterráneo y del más fresco centroeuropeo favorecía las cosechas abundantes y los bosques frondosos y en su subsuelo había reservas de hierro y plata que exportaba a sus vecinos, con la que obtenía un considerable beneficio.

Y si embargo, los recalcitrantes griegos consideraban a los macedonios, en el mejor de los casos, como a unos primos incultos; incluso hubo cierto debate sobre si debían competir como un estado griego en los Juegos Olímpicos. Entre los años 360 y 330 a. C, el más grande de los reyes macedonios, Filipo II, extendió el gobierno macedonio hasta Tesalia, y 35 convirtió a Macedonia en el poder dominante de Grecia. Y como es sobradamente conocido, su hijo, Alejandro Magno, llegó a conquistar el Imperio Persa y Egipto. Pero pronto el reino de Alejandro se dividió en diferentes facciones, troceado entre sus principales generales, entre las que se encontraba la propia Macedonia. Y aunque ya había desaparecido la amenaza persa, los reyes de Macedonia se embarcaron en una querella dinástica con sus compatriotas de las casas reales de los Seléucidas y los Ptolomeos. Por entonces, Grecia sólo era una sombra de lo que había sido. Los poderes principales en Grecia eran dos asociaciones de ciudades. Una de ellas, en Grecia Septentrional, era la Liga Etolia; la otra, en Grecia Meridional, era la Liga Aquea.Ambas reñían continuamente una con otra y con Macedonia. Cuando el rey Demetrio falleció en el 229 a. C, dispuso cuidadosamente la sucesión de su hijo de ocho años. El nuevo rey, Filipo V, heredó el trono pero no el poder real. En su testamento, Demetrio había nombrado un regente, Antígono Dosón, para que gobernara el reino durante la infancia de Filipo. Antígono gobernó como un rey en todo salvo en el nombre, tratando a Filipo más como su heredero que como auténtico monarca. Cuando Antígono falleció en el año 220 a. C. el poder regio pasó suavemente a sus manos en lugar de a los hijos del regente. Y Filipo, que por entonces tenía diecisiete años, asió con fuerza las riendas del poder, para disgusto de Apeles, su nuevo tutor, que había albergado la esperanza de gobernar a través del monarca adolescente.

Los etolios, un pueblo que vivía en el sudoeste de Tesalia, atacaron a los aqueos, que eran aliados de Macedonia. Filipo tardó en responder, concentrándose en crear una coalición de aliados. La guerra iba a durar tres años, en parte porque Filipo se vio obligado a concentrar sus esfuerzos en la frontera norte para repeler una invasión bárbara. Puesto que se aproximaba el final de la estación de campaña, nadie esperaba que los macedonios regresaran antes de la primavera, pero Filipo apareció de improviso en Corinto con una fuerza de choque muy escogida, y lanzó una serie de ataques relámpago contra sus enemigos antes de disponerse a pasar el invierno en Argos, ese mismo verano lanzó un ataque por sorpresa contra Thermus, la capital etolia, que fue saqueada y entregada a las llamas para, a continuación, dirigirse contra los espartanos, aliados de los etolios, y vapulearlos en el año 218 a. C. Filipo era activo y audaz aunque moderado en su conducta y generoso con los vencidos. También era inteligente y un apasionado orador, aunque con una vena cruel. Con los años, el carácter de Filipo se hizo cada vez más sombrío y salvaje, algo casi normal en un hombre que pasó toda su vida entre aliados poco fiables, enemigos malintencionados y súbditos desleales. Apeles, su tutor y sus seguidores urdieron una conjura; fue descubierto y ejecutado y Filipo buscó sus nuevos consejeros fuera de Macedonia. Uno de éstos fue Demetrio de Faros, un gobernante ilirio, antiguo aliado de Antígono Dosón. En su accidentada carrera en Iliria, Demetrio había sido tanto aliado como enemigo de los romanos. Había huido a la corte de Filipo en busca de protección, y fue él quien llamó la atención de su protector respecto a los problemas que Roma estaba teniendo en Italia con Aníbal. Otro de los consejeros de Filipo era Arato, un noble aqueo prorromano. Filipo era muy receptivo hacia Arato y la moderación del rey se debía en gran medida a los consejos del aqueo.

Filipo era muy consciente ahora los asuntos de Grecia y Roma se entrelazaban y de que al final, tendría que vérselas con los romanos, por lo que tras la victoria de Aníbal en Cannas en el año 216 a. C, Filipo decidió unir su destino al del cartaginés y firmó un tratado de alianza con Aníbal. Pero su embajador fue capturado por los romanos, que enviaron una flota a la costa adriática para evitar que Filipo pasase a Italia con su ejército. Antes de comprometerse a una invasión a gran escala, el rey macedonio midió sus fuerzas enviando una flotilla contra las posiciones romanas en Iliria. Una breve acción contra unos barcos romanos obligó a Filipo a destruir sus propias naves y retirarse por tierra, una experiencia aleccionadora que no se aventuró a repetir ni siquiera después de que Aníbal tomase el muy accesible puerto de Tarento.

Muchos aristócratas romanos eran fervientes filo helenos: los romanos aprendían los mitos griegos y adaptaban su propia religión a esos mitos. Desde que había derrotado a Pirro y absorbido las ciudades griegas de la Magna Grecia, Roma había quedado expuesta a las bellezas y atractivos de la cultura griega.Las familias nobles hacían educar a sus hijos por griegos. Y esos hijos, una vez que aprendían griego, leían literatura e historia griegas y se enamoraban de ellas. Por tanto, muchos eran los que odiaban a Filipo, que “oprimía a los griegos”. Para algunos, la guerra contra Filipo era casi una cruzada santa en defensa de la causa griega.Pero quedaba en pie la cuestión de si un intento romano de ajustar cuentas con Filipo no pondría a todo el mundo helenístico contra Roma. Según veían la situación los romanos, esto parecía dudoso.

Los romanos estaban suficientemente ocupados con Aníbal como para abrir un segundo frente contra Filipo, pero bastó simplemente su apoyo moral para que los etolios y los ilirios se rebelasen contra Macedonia,y Pérgamo, un aliado romano en Asia Menor, se apresuró a unirse a esta coalición. Atacó a sus enemigos griegos con tal ferocidad que éstos aceptaron enseguida una paz negociada por Ptolomeo de Egipto, aunque, como era de esperar, los etolios dieron marcha atrás en cuanto tuvieron noticias de los refuerzos para su causa procedentes de Pérgamo y de una invasión bárbara de Macedonia. Pérgamo debió de desviar su atención debido a una guerra más cercana a sus fronteras, y los bárbaros se retiraron de Macedonia tras el regreso de Filipo de la campaña por Grecia. Los etolios quedaron indefensos, y el furioso Filipo arrasó sus tierras como venganza.

Así cuando por fin llegó la fuerza expedicionaria romana, encontró muy pocos aliados en condiciones de luchar, por lo que se retiro a un puerto seguro y permaneció allí hasta que se negoció la paz en el año 205 a. C. La Paz de Fenicé era puramente táctica para los romanos, que pretendían mantener a Filipo quieto hasta que Aníbal hubiera sido vencido. Después, Roma ajustaría cuentas con Macedonia. La paz también era un recurso puramente táctico para Filipo, que dirigió su atención hacia Pérgamo a la que derrotó rápidamente y se alió con el rey seléucida Antíoco III, con la ambición de despojar al rey egipcio Ptolomeo V de sus posesiones en el Mediterráneo; asimismo, los barcos de Filipo derrotaron a la flota rodia, aliada de los romanos, en una batalla naval en Lade. En vista de esta actividad, nadie se sorprendió cuando los romanos declararon la guerra en el año 200 a. C, aunque el senado tuvo dificultades para convencer a sus propios ciudadanos, que estaban hastiados de batallas. Atenas, que se encontraba sitiada por las tropas de Filipo y los romanos entraron en escena como aliados de Atenas.

Los etolios reanudaron su guerra contra Macedonia, y los bárbaros dárdanos se precipitaron de nuevo sobre sus fronteras a lo que Filipo respondió con su vigor habitual, enviando la mitad de sus fuerzas al norte para contener a los bárbaros, mientras que con la otra mitad destruyó un ejército etolio que estaba asolando Tesalia. Pero la situación cambió dramáticamente con la llegada de Quinctio Flaminio al frente de un nuevo ejército romano. De repente, la guerra ilusoria contra Roma se había convertido en algo mucho más peligroso y con el final que había tenido Aníbal muy presente, Filipo renunció a presentar batalla e intentó negociar. Flaminio inició las conversaciones con la exigencia de que Filipo abandonase Grecia, incluida Tesalia, un territorio que Macedonia había conservado durante décadas. Era una demanda inaceptable, y Flaminio era plenamente consciente de ello; estaba sediento de gloria militar y formuló esta exigencia de manera deliberada. Forzó el paso de montaña que defendía Filipo y empujó a los macedonios hasta Tesalia. Aunque los romanos proclamaban que estaban “liberando Grecia del yugo de Filipo”, la primera ciudad tesalia que encontraron en su camino opuso tal resistencia que debió ser reducida a cenizas como advertencia para todos aquellos que se no se dejasen liberar de buen grado….. Sin embargo los tesalios, que no se sentían en absoluto “liberados” sino más bien ultrajados, opusieron en cada ciudad una feroz resistencia, en algunos casos con desesperado heroísmo. Frustrado, Flaminio asoló aquellas partes del territorio que no habían sido arruinadas por la táctica de tierra quemada practicada por el ejército de Filipo en su retirada.

Los aqueos, antiguos aliados de los macedonios, se pasaron entonces al bando romano y tras esta deserción, Filipo redobló sus esfuerzos para lograr la paz. Flaminio volvió a su exigencia originaria de que Filipo se retirase de toda Grecia y el macedonio decidió continuar la lucha. Había forjado una alianza con el rey Nabis de Esparta, pero después de utilizarlo traicioneramente para hacerse con el control de Argos, el espartano cambió de bando, dejando así a Filipo abandonado por todos sus aliados a excepción de los acarnienses. Pasó el verano del año 198 a. C. reforzando su ejército hasta que alcanzó el mismo tamaño que el de su enemigo y entonces, marchó hacia el sur. Un día de primavera del 197 a. C , ambos ejércitos se encontraron en Cinoscéfalos ( unas colinas con apariencia de cabezas de perro que daban nombre al lugar). El terreno no era propicio para los macedonios de Filipo ; la falange macedonia, combatía en una formación cerrada en la que cada miembro llevaba una pica de entre cinco y siete metros de longitud, que permitía a las tres primeras filas mostrar ante el enemigo un auténtico bosque de lanzas. Una vez que la falange se ponía en marcha, resultaba casi imposible detenerla. Pero los romanos golpearon el flanco izquierdo de Filipo mientras aun se estaba desplegando, lo rompieron y cayeron sobre el flanco y la retaguardia del resto del ejército macedonio; su formación cerrada y sus largas picas imposibilitaron la maniobra de los hombres de Filipo y una vez que los romanos se mezclaron entre ellos con sus espadas cortas, los macedonios no tuvieron ninguna oportunidad. La mayor flexibilidad de la cohorte resultó decisiva.

Filipo perdió entre 8.000 y 10.000 hombres aquel día, y otros 5.000 fueron hechos prisioneros por los romanos y de nuevo solicitó condiciones de paz y esta vez aceptó ceder el control de toda Grecia. Los aliados etolios de Flaminio estaban furiosos porque los romanos pretendían mantener a Filipo en su trono, además de conservar intacto su reino. Sin embargo, Flaminio y Filipo habían establecido una relación personal durante sus negociaciones, de manera que Flaminio respondió bruscamente al líder etolio que “dejara de despotricar”. Por otro lado, también había razones prácticas detrás de aquella decisión. Sin el baluarte macedonio, Grecia quedaría expuesta a los ataques de las tribus bárbaras del norte. En el tratado oficial que ratificó el senado, Filipo se comprometió además a pagar una indemnización de mil talentos, a limitar su ejército a 5.000 hombres y a entregar a su hijo en calidad de rehén. Teniendo en cuenta que los romanos lo tenían a su merced, Filipo debió de quedar gratamente sorprendido por el trato recibido y ayudó de buen grado a sus conquistadores a derrotar al rey Nabis de Esparta en el año 195 a. C.

Roma desvió entonces su atención hacia Antíoco III de Seleucia, un antiguo aliado de Filipo que había permanecido llamativamente inactivo durante los recientes acontecimientos. Flaminio había retirado su ejército romano de Grecia, lo que Antíoco interpretó como una invitación. Cuando Antíoco se alió con los etolios, Filipo, que ya no contemplaba con buenos ojos las ambiciones seléucidas, se unió al bando romano, y en el año 191 a. C. llevó sus tropas a Tesalia en compañía de Bebió, un pretor romano. Volvió a integrar en el reino gran parte de sus antiguas posesiones, mientras observaba cómo los ejércitos romano y etolio se destrozaban mutuamente. Los etolios se encontraban en una posición desesperada y se vieron obligados a rendirse. Lo único que los salvó de la desaparición fue que Flaminio consideró que Etolia suponía un valioso contrapeso de Macedonia. Cuando Antíoco fue finalmente expulsado de Grecia, Filipo despidió a los romanos en su viaje de regreso, y ayudó a cruzar el Helesponto a un ejército en el que se encontraba Escipión el Africano, el vencedor de Aníbal, así como su hermano Lucio. Felicitó a Roma por sus victorias, y recibió a cambio el perdón de la indemnización pendiente y el regreso de su hijo Demetrio. Igual que su padre, Demetrio se llevaba bien con los romanos en el plano personal, y había empleado su estancia en Roma para cultivar ciertas relaciones personales que podrían serle útiles en un futuro, algo que pronto sucedió.

Perro Filipo era incapaz de abandonar por completo los hábitos depredadores de un monarca helenístico, y comenzó a expandirse agresivamente hacia Tesalia hasta que, en el año 181 a. C., llegó de Roma una seria advertencia para que se retirase. Obedeció, pero, en un arrebato de frustración salvaje, masacró a los prohombres de Maronea, una de las ciudades que había prometido abandonar. Demetrio viajó apresuradamente a Roma para reducir el daño diplomático, pero las sospechas entre Roma y Macedonia eran crecientes, por lo que Filipo se dispuso a preparar su reino para la guerra. Deportó a una parte de la población civil y ejecutó a aquellos prisioneros políticos de los que más desconfiaba. Filipo tampoco confiaba en Demetrio, su hijo romanófilo, una sospecha alimentada por el hijo mayor, Perseo, que estaba celoso de la popularidad de Demetrio, y de que éste fuera hijo de la esposa de Filipo, mientras él era sólo hijo de una concubina. Perseo envió una carta a Flaminio que demostraba que Demetrio estaba conspirando contra su padre. Al enterarse de que iba a ser arrestado, Demetrio intentó huir y, considerándose esto una prueba de su culpabilidad, fue capturado y ejecutado. Estaba preparando a su país para una difícil guerra que no deseaba, y era enormemente impopular, incluso odiado por gran parte de sus súbditos. Por si esto fuera poco, descubrió que la carta que había provocado la ejecución de su hijo era una falsificación. Furioso, Filipo desheredó a Perseo. Sin embargo, el príncipe no llegó a sufrir demasiado, pues, durante la campaña contra los bárbaros del año 179 a. C. el viejo rey falleció de enfermedad sin que sus planes hubiesen madurado.

Moneda con la efigie del rey Perseo de Macedonia

Con Perseo, será el último rey de Macedonia. Una vez alcanzó el trono tras ejecutar rápidamente al heredero propuesto por Filipo, y lanzó a su reino a una nueva confrontación contra Roma. Desde muy joven fue nombrado por su padre comandante del ejército encargado de guardar los pasos de Pelagonia contra los ilirios. En 189 a. C. En cuanto se sentó en el trono, hizo ejecutar a Antígono al que atribuía los consejos a su padre para desheredarlo.

El joven rey Perseo se encontró con un reino preparado para la guerra; tras más de 30 años combatiendo contra Roma, Filipo V pensaba que un nuevo conflicto con la superpotencia emergente era inevitable, motivo por el cual, tras  la derrota de Cinoscéfalos (197 a.C) y el consiguiente tratado de paz con Roma, había comenzado nuevamente el rearme de su reino. Aunque la derrota en la Segunda Guerra Macedónica (200-197 a.C) supuso el fin de su preeminencia sobre Grecia, Filipo no tenía la menor intención de resignarse y acatar el nuevo orden sin más. Comenzará el rearme de su ejército y su marina de guerra y cuando en el año 179 a.C. muere, su hijo continuará su política.

Perseo no quiso romper hostilidades abiertamente con los romanos y envió una embajada a Roma para obtener el reconocimiento de su título y trono y la renovación del tratado hecho por su padre. Esta embajada era necesaria ya que en la frontera tracia había estallado el conflicto con un jefe llamado Abrúpolis, aliado romano. A pesar de este conflicto Perseo fue reconocido rey por Roma y el tratado fue renovado con los mismos términos. Así los primeros años de reinado del rey Perseo verían una Macedonia en paz, cumplidora de sus obligaciones y acuerdos con Roma y las actividades del rey estuvieron centradas en consolidar su poder dentro del reino, continuar el rearme del ejército macedonio y  en la reconstrucción de las fortalezas y los puestos claves en las fronteras macedonias. Durante siete años el gobierno de Perseo fue acertado, ganándose el apoyo de su pueblo eliminando algunas de las más impopulares disposiciones de su padre, llamando a los exiliados y decretando una amnistía; buscó también la alianza de los griegos, tracios, ilirios y celtas de los alrededores de su reino. También se alió con los príncipes asiáticos, excepto Eumenes II de Pérgamo.  Seleuco IV Filopátor le dio a su hija Laodice en matrimonio, y una hermana de Perseo fue dada en matrimonio al rey Prusias II de Bitinia. Estas alianzas fueron vistas por los romanos como infracciones del tratado de alianza con Roma.

Las las sospechas del Senado sobre el nuevo rey parecieron tomar forma cuando este decidió aliarse con los bastarnos, una tribu germánica especialmente belicosa. Cuando los dardanios fueron atacados por los bastarnos, enviaron una delegación al senado romano acusando a Perseo de fomentar este ataque, algo que probablemente fuese verdad. Por Roma llegaron a circular noticias de que enviados macedonios habían viajado a Cartago. Un nuevo incidente se produjo cuando Perseo dirigió una expedición contra los dólopes y tras reducir a este pueblo, se dirigió con su ejército a Delfos, oficialmente para hacer un acto religioso pero en realidad para mostrar su fuerza y poder a los griegos. Macedonia ya no iba a seguir comportándose como un súbdito leal de la república romana. Será la enemistad mutua entre Perseo y Eumenes condujo a este último a incitar al senado romano para que declarara la guerra. El Senado romano, que ya llevaba tiempo valorando las opciones de iniciar las hostilidades, declarará la guerra  a Perseo en el año 172 a.C, dando así inicio a la que pasaría a la Historia como Tercera Guerra Macedónica.

Perseo pronto fue abandonado por los griegos y bitinios, con quienes pensó que podía contar, pero hizo frente a la situación y llevó al campo de batalla el mayor ejército macedónico visto desde los días de Alejandro Magno, siglo y medio antes. Los ejércitos romanos no estaban preparados para esta nueva guerra por lo que los dos primeros años fueron militarmente favorables a Perseo, siendo rechazadas las acometidas de los cónsules Publio Licinio Craso (171 a. C.) y Aulo Hostilio Mancino (170 a. C.). En 169 a. C. el cónsul Quinto Marcio Filipo consiguió cruzar el Olimpo, pero sus tropas, cansadas después de la travesía montañera, no estaban listas para luchar. Perseo, que desconocía el estado del ejército romano, atemorizado por su presencia ya en tierras macedonias, abandonó Díon, y retrocedió hasta Pidna. Las estrategias políticas y diplomáticas para forzar un tratado de paz no prosperaron aquel año tampoco. Hasta este momento, a los romanos no les había ido muy bien. Los macedonios, con su antiguo vigor renovado, habían resistido tres años a las mejores tropas que los romanos pudieron enviar contra ellos.

El Senado dio el mando en el año 168 a.C, a un nuevo general, Lucio Emilio Paulo, hijo del cónsul que había muerto en Cannas. Paulo se había desempeñado eficazmente en España contra las tribus nativas, y en ese momento, cuando tenía alrededor de sesenta años, se hizo cargo con energía de la guerra macedónica y obligó a Perseo a presentar batalla en Pidna, sobre la costa egea de Macedonia. Una vez más, sería la última, la falange se enfrentó con la legión. Mientras la batalla se libraba en terreno llano, la falange era invencible; avanzaba con sus largas lanzas, las sarisas, como un terrible puercoespín y barría todo a su paso. Pero cuando el terreno era desigual, empezaban a aparecer grietas en ella. Paulo ordenó a sus hombres que se introdujeran en esas grietas toda vez que aparecieran, y de este modo la falange fue quebrada y aniquilada.Nunca volvió a librar otra batalla.

Esta vez Roma decidió acabar totalmente con Macedonia y Perseo sufriría el destino que Filipo siempre intentó evitar: ser paseado por Roma como prisionero durante un triunfo. Perseo fue llevado prisionero a Roma y murió allí en cautiverio, mientras Paulo era recibido en triunfo, otorgándosele el nombre de “Macedónico”. La monarquía macedónica fue abolida ciento cincuenta y cinco años después de la muerte de Alejandro Magno y en lugar de la monarquía, los romanos crearon cuatro pequeñas repúblicas. LLegaba la hora del ajuste de cuentas para los vengativos romanos. Roma que aún no se había decidió a la anexión de los territorios en el Este, se sintió muy disgustada por la tendencia de los griegos a simpatizar con Perseo y descargó varios golpes como castigo. Sus ejércitos asolaron el Epiro, en parte por sus acciones del momento y en parte en recuerdo de Pirro, con el que había luchado siglo y cuarto antes. Rodas fue otra de las víctimas. Había apoyado lealmente a Roma en las guerras contra Filipo V y Antíoco III, pero pareció vacilar en el caso de Perseo. Como resultado de esto, Roma creó un centro comercial en la isla de Delos, situada a unos 260 kilómetros al noroeste de Rodas, y dirigió hacia ella su comercio. Rodas, cuya prosperidad dependía del comercio, empezó a declinar, aunque siguió siendo una ciudad más o menos libre durante dos siglos más. Otra de las víctimas fue la Liga Aquea. Había sido totalmente pro romana desde la derrota de Filipo V y ofreció ayuda en la lucha contra Perseo, pero una parte importante de sus líderes quiso permanecer neutral. Roma rechazó la ayuda, pensando quizá que no podía confiar en los griegos. Después de la guerra decidió castigar a la Liga por tibieza. Mil de sus hombres principales fueron llevados como rehenes a Roma. Entre ellos figuraba Polibio.

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