Historia Contemporanea

La Guerra anglo-estadounidense de 1815

A pesar de que las 13 colonias habían conseguido en 1783 la independencia efectiva de su metrópoli, no pasó demasiado tiempo antes de que se produjese un nuevo enfrentamiento bélico con Gran Bretaña. Desde la emancipación de los Estados Unidos, las relaciones entre los dos estados siempre fueron tensas. El expansionismo del Gobierno norteamericano desde el momento de su nacimiento, así como sus relaciones comerciales con la Francia de Napoleón, tuvieron buena parte de la culpa. Gracias a la compra de la Luisiana francesa, efectuada el 30 de abril de 1803 a cambio de 15 millones de dólares, el recién nacido país duplicaba su tamaño. Poco después, pusieron sus ojos sobre la Florida española. Para Thomas Jefferson, la obtención de la Luisiana implicaba además un derecho sobre la parte occidental de la Florida española, ya que allí es donde el río Misisipi desemboca. El 27 de octubre de 1810 un grupo de aventureros estadounidenses invadirán este territorio y seguidamente el Presidente Madison proclamará que la Florida Occidental formaba parte de los Estados Unidos. España, inmersa en la guerra contra Napoleón, se tuvo que conformar con mantener una pequeña franja en el este de dicho territorio. Mientras se guerreaban con las tribus indias que dificultaban el deseado avance hacia el Oeste, los dominios británicos ubicados en el Canadá se convirtieron en el siguiente objetivo del expresionismo estadounidense. En el Norte estaban ansiosos por atacar y apoderarse de Canadá, pues sostenían que, mientras estuviese en manos británicas, sería siempre un arsenal donde los indios podían armarse y sentirse estimulados a luchar.

La guerra entre Gran Bretaña y Napoleón fue un don del Cielo para el comercio americano. Los Estados Unidos eran el mayor poder marítimo neutral y sus barcos transportaban artículos en cantidades propias de tiempos de guerra y con beneficios propios de tiempos de guerra. Por un tiempo, esta prosperidad proporcionó a Estados Unidos más barcos y más comercio per cápita que cualquier otra nación del mundo, y el comercio floreció hasta con la lejana China. Pero era una prosperidad peligrosa y frágil pues en gran parte se mantenía en desafío a los británicos, que dominaban los mares. Los barcos americanos llevaban productos de las colonias francesas o españolas a Francia o a su aliada España, y esos barcos podían ser confiscados por los británicos por llevar «contrabando», es decir, materiales necesarios para la capacidad bélica de Napoleón. Y a medida que la guerra en Europa se hizo más dura, hubo cada vez menos propensión por los contendientes a ser mas meticulosos con respecto a los derechos de los neutrales. Gran Bretaña necesitaba marineros, pues sus barcos eran su defensa, pero su estructura social era tan clasista que sus jefes trataban a los marineros como a perros. El trato dispensado a las tripulaciones de la Royal Navy era tan malo, tan miserables los alimentos que les daban y tan alta la frecuencia con que eran azotados por infracciones menores, que ningún hombre cuerdo se alistaba voluntariamente para el servicio, de modo que los británicos obtenían marineros capturando a los hombres fuertes de bajo status social y llevándolos a bordo de los barcos por la fuerza, si era necesario. Estas “patrullas de enganche” proporcionaban los marineros que Gran Bretaña necesitaba y formaban parte del modo británico de vida. Como es lógico, estos hombres hacían todo lo posible por desertar y a pesar de las más duras medidas y la más estricta vigilancia, muchos lo conseguían. La deserción era más eficaz cuando los marineros podían llegar a los Estados Unidos, donde no había ninguna barrera lingüística, podían obtener fácilmente documentos de nacionalidad y podían trabajar por salarios superiores y mejor trato. De esta manera, los británicos estaban perdiendo unos 2.500 hombres al año, hombres que iban a parar a barcos americanos y Gran Bretaña no podía permitirse esa pérdida. Nunca se les ocurrió que podían evitar esto simplemente mejorando el trato. Como no reconocía el derecho a los súbditos británicos a convertirse en ciudadanos americanos, detenían a los barcos americanos en alta mar en busca de desertores, localizaban a muchos y se los llevaban; incluso hasta a algunos americanos nativos.Tales acciones eran tan humillantes para los americanos que despertaron un odio creciente hacia Gran Bretaña. Cuando el USS Chesapeake fue detenido (tras haber sido cañoneado ante la negativa del americano, causando varios muertos entre la tripulación) por un poderoso buque de guerra británico, el Leopard,los Estados Unidos estallaron de furia y una fiebre bélica se apoderó de la nación. El 22 de diciembre de 1807 el Presidente Jefferson hizo aprobar una «Ley de Prohibición». Según los términos de esta ley, los barcos americanos debían abstenerse de todo comercio con el exterior, pero no tuvo ningún éxito. Con el cambio en la presidencia, Madison sustituirá a Jefferson en 1809, pero los británicos pensaban que el presidente demócrata republicano sencillamente se dejaba llevar por su prejuicio profrancés y se negaron a levantar sus restricciones sobre los barcos americanos.

Por su parte, los indios del territorio de Ohio observaban atentamente las crecientes tensiones entre Estados Unidos y Gran Bretaña. Desde la batalla de los Arboles Caídos, la afluencia de colonos blancos había continuado constantemente y estaba claro que el movimiento no se de tendría hasta que toda la tierra fuera ocupada y todos los indios hubiesen sido expulsados

El creciente ánimo belicista ya se había reflejado en la elección de mitad del mandato de 1810, en la que se eligió el Duodécimo Congreso. Hubo una desaparición masiva de los viejos nombres que habían dominado, más o menos, el gobierno en los veinte años siguientes a la aprobación de la Constitución, dando entrada ahora a líderes jóvenes que habían crecido como americanos independientes y estaban llenos de sueños de poder y grandeza territorial. Estos nuevos hombres fueron llamados sarcásticamente los «Halcones de la Guerra». Tras el ataque del barco estadounidense «President» al británico «Little Belt» (que rondaba frente a la ciudad de Nueva York, haciendo requisa de marineros) en 1811, las tensiones con la antigua metrópoli fueron en aumento. El Reino Unido llevaba tiempo bloqueando con su Royal Navy el comercio norteamericano con Francia y eran habituales los abordajes a buques de pabellón estadounidense y la confiscación de su carga. Sin embargo,por el momento Inglaterra no se planteaba un conflicto armado con sus antiguas colonias. Demasiado tenían por entonces con lidiar como podían con Napoleón.Sin embargo James Madison hacía los preparativos necesarios para enfrentarse a un “enemigo” que, a priori, seguía siendo muy superior en todos los aspectos. El 11 de mayo de 1812, una persona mentalmente desequilibrada asesinó a Perceval, quien fue el único primer ministro británico asesinado en tiempos modernos.Durante un tiempo, el gobierno británico estuvo sumido en la confusión.El 1 de junio de 1812, envió un mensaje al Congreso pidiendo la guerra.La guerra fue declarada por 79 votos a favor y 49 en contra en la Cámara de Representantes, y por 19 a 13 en el Senado. Madison firmó la declaración el 18 de junio y, por segunda (y última) vez en su historia, Estados Unidos estuvo en guerra con Gran Bretaña.Curiosamente, Gran Bretaña se había calmado después del asesinato y nuevamente se abordó la cuestión de las restricciones comerciales a los barcos americanos. Todas las restricciones fueron levantadas el 16 de junio, y los últimos trámites parlamentarios sobre la cuestión fueron completados el 23 de junio. Así, las noticias viajaron simultáneamente en ambos sentidos a través del Atlántico, y ambas partes se enteraron de que estaban en guerra por un asunto que ya había sido resuelto.

Durante los primeros compases de la que pasaría a la Historia como Guerra Anglo-Estadounidense, Guerra del Presidente Madison o Guerra de 1812, lo cierto es que Gran Bretaña no le puso demasiado empeño. Tampoco disponía de muchos recursos, enfrascada como estaba en las guerras napoleónicas que asolaban el continente europeo. La mayor parte de su ejército se encontraba en España enfrentándose a Napoleón. Sobre el terreno, contaba con unos 7.000 soldados en Canadá (4.000 de ellos soldados regulares británicos) y debían ser estos los que se ocuparan del asunto. Además, los británicos, como en la Guerra Revolucionaria, tenían que reforzar sus tropas enviándolas a cinco mil kilómetros a través del Atlántico. Aunque los Estados Unidos parecían gozar de una considerable ventaja en la guerra cuando ésta se inició, en realidad tenían graves problemas a la hora de desplazar sus escasas y mal entrenadas tropas (la mayor parte de las cuales se trataba de milicias estatales, no de tropas regulares) por la zona de los Grandes Lagos, donde el dominio naval de Inglaterra era absoluto. El ejército estadounidense en este momento todavía no había conseguido convertirse en una fuerza a tener en cuenta y las fuerzas estadounidenses estaban esparcidas por todo el continente. La mayor parte de las efectivos disponibles para atacar Montreal eran milicianos de los estados del noreste. Como Nueva Inglaterra y parte de Nueva York eran centros de oposición a la guerra, poco apoyo se podía esperar para una ofensiva. Así pues Estados Unidos empezó la guerra con un grupo de generales viejos y totalmente incompetentes y con un ejército pequeño y prácticamente sin entrenamiento. De este modo, sus planes iniciales de tomar la iniciativa y dirigirse directamente hacia Montreal o Quebec debieron quedar descartados rápidamente. El avance desde el lago Champlain, que era la parte más importante de la ofensiva, ni siquiera comenzó nunca. Requería soldados de Nueva Inglaterra y los gobernadores de los Estados de Nueva Inglaterra sencillamente no contribuirían con hombres a lo que llamaban «la guerra del señor Madison». Sin el avance contra Montreal y Quebec, las otras dos puntas de la ofensiva carecían de sentido, pero fueron puestas en marcha de todas formas.

Desde el territorio de Michigan, los estadounidenses al mando del general William Hull, trataron de lanzar una invasión con poco más de 2.000 hombres a la conquista de Canadá, la misión que acabó siendo un completo desastre.Había combatido en la Guerra Revolucionaria, pero no tenía ningún talento militar. El 17 de julio los británicos tomaron Fort Michilimackinac, en el norte de Michigan, sin ningún problema, y los indios del noroeste, convencidos de que los británicos iban a ganar la guerra, afluyeron a ellos y se levantaron contra los Estados Unidos. Los ingleses, al mando del general de división Isaac Broock, ante la incapacidad de los norteamericanos tomaron la iniciativa y el 15 de agosto los británicos tomaron Fort Dearborn, que había sido construido en 1803 en el sitio de la actual Chicago y sus auxiliares indios hicieron una matanza con muchos de sus defensores americanos. Los indios que les acompañaban pasaron por las armas a todos los estadounidenses que encontraron. Entre los fallecidos se encontraba el teniente George Ronan, que fue el primer graduado en West Point en caer en combate. No pasó demasiado tiempo antes de que Detroit, que estaba bajo el mando del general Hull cayese en manos británicas. La ciudad se rindió sin plantar cara a los invasores el día 16 de agosto.Los intentos americanos de invadir Canadá a través del río Niágara liderados por el general Henry Dearborn fueron conducidos con igual ineptitud.Tan incompetente como Hull, sus mal entrenadas tropas no mostraban ninguna disposición para el combate. Muchos de ellos se negaron a luchar hasta cuando aquéllos que habían cruzado a Canadá estaban siendo derrotados ante sus ojos por un pequeño contingente llevado apresuradamente al lugar por Brock.

Curiosamente,a pesar de que en tierra los británicos habían dado una dura lección a sus antiguas colonias, Estados Unidos logró algunas victorias en el mar durante los último compases de 1812. Dearborn fue relevado del mando el 6 de julio y, cosa increíble, fue reemplazado por James Wilkinson, quien nunca en su vida había demostrado competencia en nada. Se ordenó a Wilkinson que tomase Montreal y se planeó una ofensiva en dos frentes. Wilkinson iba a desplazarse aguas abajo del río San Lorenzo y otro ejército conducido por Wade Hampton avanzaría al norte desde el lago Champlain. Ambos generales se odiaban uno al otro intensamente. Wilkinson descendió por el San Lorenzo hasta Chrysler’s Farm, a ciento cuarenta kilómetros al sudoeste de Montreal. Allí, una parte de su ejército fue derrotada por una fuerza británica considerablemente menor en número. Wilkinson rápidamente se retiró para pasar el invierno. Hampton se desplazó al noroeste y fue derrotado por un pequeño contingente británico y pronto retornó a su punto de partida. Las tropas americanas se retiraron del lado canadiense del río Niágara en diciembre y juzgaron adecuado incendiar algunas aldeas en su retirada. Esto no tenía utilidad alguna; era sólo por hacer daño. El resultado era de prever. El 29 de diciembre de 1813 los británicos incendiaron Buffalo en venganza. Según se iba desarrollando 1813, la pesada carga que suponía la guerra en Europa para Gran Bretaña fue desapareciendo, toda vez que Napoleón dirigía entonces sus pasos hacia Rusia y el conflicto en España estaba cada vez más cerca de llegar a su conclusión. Los estadounidenses continuaron intentando penetrar en territorio canadiense. Sin embargo, la potencia naval de los ingleses continuaba siendo muy superior en los Grandes Lagos. El 1814, ya con Napoleón derrotado y camino de Elba, Gran Bretaña quería acabar con la guerra de una vez por todas por lo que los británicos prepararon una ofensiva con la que pretendían aplastar a los Estados Unidos. Se planearon tres acciones más o menos simultáneas: una en el norte, en el lago Champlain; otra en el centro, en la bahía de Chesapeake, y otra en sur, en Nueva Orleans.

En el mes de agosto unos 4.000 soldados británicos bajo el mando del general Robert Ross desembarcaron en una población llamada Benedict en el estado de Maryland, muy próxima a la capital del país y avanzaron en dirección a Washington sin tener que hacer frente a resistencia alguna hasta hallarse a tan solo 8 kilómetros de la capital. Los soldados estadounidenses que les salieron al paso superaban a los británicos en dos a uno y ocupaban una posición mejor. No tardaron ni 15 minutos en salir huyendo. Ante la inminente llegada de las tropas británicas a Washington los estadounidenses llegaron a plantearse enfrentarse a los invasores en el mismo Capitolio, pero finalmente decidieron que evacuar la ciudad era la decisión más acertada. Fue la primera (y última) vez que un presidente estadounidense abandonaba la ciudad a causa de un ataque enemigo. Madison y el resto del Gobierno partieron rápidamente rumbo al estado de Virginia. Los soldados ingleses penetraron en la ciudad el 25 de agosto. El comandante británico había recibido órdenes específicas de destruir la sede del gobierno en venganza por el incendio de York y otros lugares de Canadá por los americanos, cosa que los británicos hicieron con gusto. Ross y sus hombres se dispusieron a prenderle fuego a la Casa del Ejecutivo (la Casa Blanca) y a otros edificios públicos, como el Capitolio, pero no hubo saqueo ni destrucción de viviendas privadas. Solo sufrieron la resistencia de algunos habitantes de la capital, uno de los cuales llegó a disparar contra el caballo del general británico. Al no encontrar al responsable, se decidió quemar todo el barrio en el que había tenido lugar el suceso. Una vez cumplido su cometido, Ross y sus hombres abandonaron la ciudad, que no terminó de perderse gracias a que al día siguiente hubo una fuerte tormenta que apago los incendios. Con los ingleses a una distancia prudencial, Madison y el resto de su gobierno regresaron el día 27. Poco después se llevó a cabo una votación para decidir si se reconstruía Washington o se daba por perdida y se cambiaba la localización de la capital. Se optó por la reparación por un estrecho margen de votos y se decidió pintar la Casa del Ejecutivo de color blanco para tapar las huellas del ataque. Desde entonces es conocida como la Casa Blanca.

El Capitolio en ruinas tras el incendio de Washington, D. C. de 1814

Las dos invasiones de Estados Unidos a Canadá habían fallado. A finales de 1814 los dos países alcanzaron un acuerdo para la paz. Tanto ingleses como norteamericanos estaban hartos de un conflicto que por entonces ya no tenía razón de ser. Después de llevar a cabo varias reuniones en la ciudad de Gante, se decidió que era un buen momento para ponerle punto y final. Las negociaciones no fueron fáciles, puesto que Gran Bretaña exigía la creación de un estado tapón indio entre sus dominios canadienses y Estados Unidos. Algo que finalmente quedó descartado ante una rotunda negativa del país norteamericano. De este modo el 24 de diciembre de 1814 se firmaba el Tratado de Gante, por el que los dos países acordaban el cese del conflicto; Gran Bretaña salía de esta guerra como la vencedora real del conflicto ya que reestablecia el territorio perdido en Canadá,confirmándose los límites fronterizos entre ambas naciones. Por su parte, los Estados Unidos no perdieron ningún territorio aunque fuerzas británicas bajo el mando de Eduard Pakenham asaltaron Nueva Orleans el 8 de enero de 1815. Las relaciones posteriores entre Gran Bretaña y Estados Unidos oscilaron entre inexistentes y profundamente frías y tensas en el mejor de los casos, como lo demuestra el esfuerzo estadounidense durante los 75 años siguientes por fortificar toda la costa Este en previsión de una futura invasión inglesa.

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