Las guerras del Opio

martes, 16 de octubre de 2018

En 1794, la China manchú era uno de los estados más populosos, ricos y extensos sobre la tierra. China había alcanzado su cénit y su máxima expansión bajo el reinado del emperador Qianlong, y nadie podía haber previsto en aquella época que, tan sólo cuarenta y cinco años más tarde, fuerzas extranjeras doblegarían a los todopoderosos emperadores manchúes.

Desde 1600, la Compañía de las Indias Orientales ostentaba el monopolio del comercio con Asia siendo el té el principal recurso que importaba. Se había convertido en un bien de consumo global y habitual con una fuerte demanda. Sin embargo, a finales del siglo XVIII sólo podía comprarse en un país: China y a lo largo de los siglos XVII y XVIII, la Compañía Británica de las Indias Orientales había conseguido hacerse con el monopolio de un bien tan demandado. La carta otorgada por Isabel I le garantizaba la ilegalidad de la competición nacional (y por extensión prohibía la participación de los colonos americanos en el comercio del té), y la Guerra de los Siete Años había acabado con el principal competidor internacional de la Compañía, Francia. Con la derrota de Cornwallis en Yorktown en 1781, y la independencia de los Estados Unidos, reconocida en 1783 la Compañía de las Indias Orientales tuvo que soportar la presión de la competencia americana en China. Con su monopolio quebrantado, la Compañía de las Indias se vio obligada a sobrepasar en volumen de compras a sus competidores, doblando sus importaciones de té en los años que siguieron a la independencia. Sólo había un problema: los chinos, como el emperador Qianlong había hecho saber a Lord Macartney, sólo aceptarían plata.

Con la independencia de las Trece Colonias los ingleses también habían perdido su principal fuente de algodón,un material imprescindible para los telares de Lancashire y Birmingham, el alimento fundamental de la Revolución Industrial. Con el precio de mercado del algodón, agravado por la competición en el comercio del té, y las autoridades chinas negándose a aceptar cualquier otro bien que no fuera plata, Inglaterra sufría una balanza de pagos negativa que suponía, en términos reales, una sangría del capital necesario para financiar la industria emergente. Para hacer frente a esta crisis, los comerciantes ingleses introdujeron una nueva mercancía que los chinos comprarían, y que ayudaría a equilibrar la balanza de pago: el opio.

El comercio del opio tuvo un éxito inmediato. La dirección del tráfico de la plata cambió de rumbo por vez primera desde el descubrimiento de América, de Oriente hacia Occidente. El metal precioso que se había acumulado desde los siglos XVI a XVIII revirtió de nuevo en Europa, vaciando los cofres del imperio más grande del mundo.

La victoria de Clive en Plassey había otorgado a los británicos el control de la rica provincia de Bengala, y con ella, el dominio sobre la producción de opio que comenzó a intercambiarse en China a cambio de té, hasta el punto de que en 1836, Inglaterra consiguió volcar la balanza de pagos a su favor. El opio no sólo era fundamental para cuadrar las cuentas del comercio entre Inglaterra y China. La venta de la droga financiaba las actividades de la Compañía de las Indias Orientales en la India, donde tenía que haber sido rescatada de la bancarrota por el gobierno británico en 1772. En 1822, el opio representaba el 11% de los ingresos del imperio indio. En 1839, la droga se había convertido en la herramienta imprescindible de un sistema de intercambio global que financiaba la deuda pública de la India Británica, proveía las fábricas inglesas de algodón a bajo precio, mantenía vivo el comercio del té y daba un extra de capital en plata china. Tan sólo la venta de té en Europa representaba una cifra equivalente al coste de la Armada inglesa. El opio alimentaba el entramado mercantil que hacía posible la Revolución Industrial, y que garantizaría la superioridad de Inglaterra y Occidente.

El médico galés John Jones, en su obra «Cómo revelar los misterios del opio» (1700), habla de los beneficios esta sustancia: «A menudo el opio quita el dolor mediante la distracción y la relajación provocadas por el placer y su incompatibilidad con el dolor»; «previene y quita la pesadumbre, el miedo, las angustias, el mal genio y el desasosiego»; ha hecho a «millones» de consumidores «más serenos y al mismo tiempo aptos para la administración de sus negocios».Aunque el opio era conocido desde la Antigüedad, su empleo experimentó un amplio auge a partir del Renacimiento, cuando la expansión comercial de Europa aumentó los contactos con el Imperio otomano, Persia y el Extremo Oriente, zonas donde se cultivaba la adormidera.Como los láudanos, estos productos se vendían en boticas y prometían el alivio de todo tipo de dolencias El consumo del opio creció, imparable. El opio generaba la adicción de sus consumidores, y a veces las supuestas enfermedades que curaba no eran sino un pretexto para tomarlo, como en el caso del poeta inglés Coleridge. Del opio atraía su capacidad para aplacar la ansiedad y los nervios, así como de estimular las ensoñaciones, lo que hizo que recurrieran a él multitud de artistas y escritores.Más abajo en la escala social, la capacidad del opio para reducir las aflicciones proporcionaba a los trabajadores de las zonas industriales de Gran Bretaña un alivio temporal a las agotadoras jornadas en talleres y en minas.

Los británicos enviaban el opio a sus almacenes en la región de libre comercio de Cantón (Cantón), desde donde los contrabandistas chinos lo distribuían por toda la China continental, donde su consumo era ilegal desde 1729. Se estima que había unos 12 millones de adictos. El opio devastó especialmente las grandes ciudades costeras chinas. En 1838, los británicos vendían aproximadamente 1.400 toneladas de opio por año a China. La legalización del comercio del opio fue objeto de continuos debates dentro de la administración china, pero una propuesta para legalizar el narcótico fue repetidamente rechazada, y en 1838 el gobierno comenzó a condenar activamente a traficantes chinos de drogas a la pena de muerte.

Cansado y preocupado por esta situación, en 1839 el Emperador Daoguang rechazó todas las propuestas para legalizar y gravar el opio y nombró al virrey Lin Zexu como Comisionado Imperial Especial con la tarea de erradicar el comercio de opio; debía resolver el problema prohibiendo completamente el comercio de opio. Lin escribió una carta abierta a la reina Victoria cuestionando el razonamiento moral del gobierno británico: «Su Majestad no ha sido notificada oficialmente hasta ahora, y puede alegar ignorancia sobre la severidad de nuestras leyes, pero ahora doy mi garantía de que pretendemos cortar esta dañina droga para siempre». Pero la carta nunca llegó a la Reina. Se emitió un edicto ordenando la incautación de todo el opio en Cantón, incluido el de los gobiernos extranjeros. Solamente los comerciantes británicos perdieron entre abril y mayo de 1839 veinte mil cajas (unas 1,300 toneladas) de opio, sin compensación alguna.También se bloqueo del comercio exterior en Cantón. Se cerró el Canal del Río Perla , atrapando a los comerciantes británicos en Cantón y las tropas chinas abordaron barcos británicos en el río Perla y el mar del sur de China para destruir el opio a bordo.Tras destruir el opio, se reinició el comercio con la condición estricta de que no se enviase más opio a China. Lin quería además, encontrar la manera de controlar efectivamente el comercio exterior y purgar la corrupción.

El gobierno británico,controlado por los Whig, abogó por la guerra con China y la prensa pro-Whig imprimió un sin numero de sensacionalistas historias sobre el «despotismo y la crueldad» de China. El gobierno británico no cuestionó el derecho de China a prohibir el opio y optó por objetar la forma en que se manejó; consideraba que la aplicación estricta y repentina era una confiscación para los comerciantes, y el confinamiento de los británicos con el corte de suministros equivalía a someterlos a la sumisión y a la muerte.

El gobierno chino inicialmente creyó que, como en el caso Napier de 1834, los británicos habían sido expulsados con éxito y por tanto, fueron escasos los preparativos para una posible represalia británica. Y los británicos enviaron una fuerza militar a China; se levantaron varios regimientos de infantería en las islas británicas, y se completó la finalización de los buques que ya estaban en construcción. Para llevar a cabo la próxima guerra, Gran Bretaña también comenzó a recurrir a las fuerzas de su imperio en el extranjero y en el conflicto que siguió, la Marina Real usó su poder naval y artillero para infligir una serie de derrotas decisivas al Imperio chino, una táctica más tarde conocida como «diplomacia de cañoneras». La facilidad con que las fuerzas británicas derrotaron a los ejércitos chinos, numéricamente muy superiores aunque técnicamente obsoletos, dañó el prestigio de la dinastía Qing. En 1842, la dinastía Qing se vio obligada a firmar el Tratado de Nanking , el primero de lo que los chinos llamaron «los tratados desiguales», que otorgó una indemnización y extraterritorialidad a Gran Bretaña, abrió cinco puertos chinos a comerciantes extranjeros y cedió la isla de Hong Kong a el imperio Británico. En 1844, Estados Unidos y Francia firmaron tratados similares con China, el Tratado de Wanghia y el Tratado de Whampoa , respectivamente. La guerra del opio marcó el comienzo de lo que los nacionalistas chinos del siglo XX llamaron el » Siglo de la Humillación «.

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