El desastre de Galípoli

martes, 11 de septiembre de 2018

La península de Galípoli domina los Dardanelos, el estrecho brazo de mar que separa Europa de Asia y es uno de los más antiguos campos de batalla del mundo. Los griegos habían colonizado la península y fundado una ciudad en el lugar donde se encuentra hoy la moderna Gallipoli; la llamaron Heliopolis. Los turcos la llamaban Gelibolu. Antes, la antigua ciudad de Troya había guardado la entrada a los Dardanelos, controlando el comercio marítimo y creciendo rica y próspera en el proceso. Quinientos años antes de Cristo, Jerjes había ordenado la construcción de un puente para llevar a su ejército al otro lado del Helesponto y atravesar la península en una marcha que finalizaría con la famosa batalla de las Termópilas. Un siglo después, Alejandro Magno había cruzado la península en su ruta para conseguir un imperio.

Al iniciarse la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano, la actual Turquía, se había mantenido neutral. Pero cuando el destino del Imperio estaba todavía en la balanza, un acontecimiento inesperado vino a impulsar el deseo turco de entrar en guerra del lado de las Potencias Centrales. El Gobierno inglés confiscó dos barcos de guerra turcos que estaban siendo construidos en astilleros ingleses. Se trataba de dos buques de primer nivel con los que Turquía esperaba mejorar de forma sustancial su marina. El Gobierno inglés, necesitado de buques para el bloqueo que planeaba realizar sobre las costas alemanas, requisó los navíos turcos el 28 de julio. Uno de los buques había sido terminado en mayo y ya se había efectuado el primer pago. Los navíos habían costado una verdadera fortuna a Turquía.Para un imperio arruinado como el Otomano, esa suma era más de lo que podía pagar. La cantidad había sido conseguida por medio de suscripciones populares, en un momento en el que las derrotas sufridas en las guerras balcánicas habían despertado en la población turca la necesidad de proceder a una necesaria y urgente renovación de las fuerzas armadas. Pero Inglaterra,torpemente, había considerado a todo el Imperio otomano como de menor valía que dos navíos de guerra. De esta manera, en cuanto las noticias definitivas de la apropiación llegaron a Turquía, el Gobierno turco se vio impulsado a la guerra contra los Aliados.

El 1 de octubre de 1914 Turquía cerraba los Dardanelos a la navegación internacional, medida que cortaba la única conexión por aguas calientes entre Rusia y los Aliados.El 28 de octubre, dos antiguos buques alemanes, el Goeben y el Breslau, puestos a disposición de los turcos, ingresaron en el mar Negro y bombardearon las localidades de Odesa, Sebastopol y Feodosia. El 5 de noviembre Turquía estaba en guerra con Gran Bretaña, Francia y Rusia.

El plan aliado consistía en tomar el control de los Dardanelos y abrir una ruta para ayudar a Rusia, lo que obligaría a los alemanes a retirar tropas del frente occidental. Y de paso, Derrotar a una potencia aliada de Alemania aumentaría la moral de los Aliados. Así, los Aliados acudian en ayuda de la Rusia zarista, en una campaña chapucera y totalmente improvisada, que demuestra el desprecio que los británicos sentían por los turcos. Pero, para contar con alguna probabilidad de éxito, una operación requiere de información fiable y unidades de inteligencia competentes. Nada de eso existió antes del desembarco en las costas de la península de Galípoli. Tras largas vacilaciones, el Gabinete de Guerra británico adoptó finalmente el plan de una ofensiva sobre los Dardanelos, impulsado por el primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill. Aunque la marina tan sólo podía prestar navíos antiguos, Churchill se mostraba confiado en que la marina se bastaba y sobraba para tomar sola Constantinopla.

El 3 de noviembre de 1914 Churchill ordenó el bombardeo de los fuertes externos de los Dardanelos en Sedd-el-Bahr y Kum para «tantear el alcance de los cañones enemigos», lo que alertó a los turcos de las intenciones aliadas y destruyó el elemento sorpresa. Tras un bombardeo de las defensas turcas en la costa, 16 acorazados británicos y franceses se adentraron en los Dardanelos el 18 de marzo. Al finalizar la jornada en la que tres navíos habían sido hundidos y otros tres fueron puestos fuera de combate por minas turcas no detectadas, el comandante de la flota, el almirante de Robeck, abandonó la operación. Durante semanas Churchill defendió que se prosiguiese el plan naval, pero fue culpado, con razón, del desastre y tuvo que retirarse del Almirantazgo.

Se improvisó entonces un plan para desembarcar tropas en la península de Galípoli, al norte de los estrechos. El 12 de marzo de 1915 el general británico Sir Ian Hamilton tenía una cita con Lord Kitchener, secretario de Estado de Guerra, aunque desconocía de qué trataba aquella reunión. Kitchener levantó la mirada y le dijo abruptamente: «Vamos a enviar una fuerza militar para apoyar la flota que se encuentra en los Dardanelos y usted estará al mando». Así comenzó una de las grandes épicas de la guerra que acabaría en un desastre absoluto para las fuerzas aliadas y que se convertirá en un momento decisivo para naciones hasta entonces ajenas a la guerra: el Imperio otomano, Australia y Nueva Zelanda. Lord Kitchener, que despreciaba a los turcos, tan sólo permitió que una división abandonase el frente occidental; los 30 000 australianos y neozelandeses debían ser «suficientes». Hamilton contaba para su Fuerza Expedicionaria del Mediterráneo con cinco divisiones: la 29 (17 649 hombres), el Cuerpo Anzac (30 638), el contingente francés (16 762 hombres) y la División Naval (10 007 hombres). En total, 75 056 hombres. No disponía de reservas ni de buenas barcazas de desembarco, por lo que tenían que desembarcar desde los buques. También escaseaba la munición. No había morteros ni granadas de mano….Frente a estos, los turcos disponían de una fuerza de unos 40000 hombres, aunque podían llegar a desplazar a la zona fácilmente hasta 150000 hombres.

Los informes de inteligencia eran incompletos. Aunque improvisados y apresurados, los preparativos no estuvieron listos hasta el 25 de abril. Para entonces, los turcos estaban preparados. Aquella mañana, tras un bombardeo marítimo, varios grupos desembarcaron trabajosamente en la costa.Los turcos eran ampliamente superados en número en esta zona, pero como controlaban la parte superior de las colinas que dominaban las playas, podían aniquilar al enemigo que desembarcaba. Al finalizar el día, habían caído cuatro mil de los 30 000 que habían desembarcado.En los meses siguientes, las tropas lucharon con determinación y arrojo para ganar poco más que una cabeza de puente. Los contraataques turcos impidieron que progresaran mucho más allá. En agosto, tras la llegada de refuerzos, se efectuó un segundo desembarco en la bahía de Suvla, más al norte. Pero el general Stopford, dubitativo, fracasó en sacar provecho de la sorpresa inicial turca. La situación igualaba la del frente occidental europeo: un empate sangriento.

Las fuerzas turcas aumentaron progresivamente y ambos bandos se encontraron igualados. Los turcos se vieron favorecidos por la habilidad del general alemán Liman von Sanders y por un inspirado comandante turco, Mustapha Kemal, que animó a sus hombres a seguir luchando incluso cuando carecían de munición.Lo que convertía a Gallipoli en un campo de batalla único es que no existía ningún lugar a salvo. Bien se encontrara en la primera línea de frente o bañándose en el mar, siempre existía la posibilidad de que un soldado fuese alcanzado por el fuego enemigo. Una amenaza constante en todos los sectores eran los francotiradores turcos. Incluso cuando se establecieron las trincheras definitivas, los francotiradores eran una amenaza para todo aquél que se distrajese un momento.

Los hombres tuvieron que sufrir lo indecible en un abrasador verano con escasez de agua, lo que provocó una epidemia de disentería. Las condiciones de vida que se desarrollaron en la península fueron especialmente severas, incluso para los parámetros de la Primera Guerra Mundial. La lejanía del campo de batalla de las bases que habían establecido los Aliados se traducían en enormes dificultades para abastecer a las tropas incluso de las necesidades más elementales. Entre las playas y la principal base en Alejandría, había una distancia de más de mil kilómetros.La combinación de una pésima dieta, las moscas, las condiciones de las letrinas y los cuerpos en descomposición de los fallecidos, desataron temibles epidemias de disentería.

Hamilton fue relevado de su mando y su sucesor, Charles Monro, recomendó la evacuación de la península «por motivos militares, dada la gran pérdida diaria de hombres y de oficiales». El Gabinete de Guerra no decidió la evacuación hasta principios de diciembre, cuando un gélido invierno causó centenares de casos de congelación y de ahogados en riadas. Entre el 30 de diciembre y el 8 de enero, todos los supervivientes fueron evacuados.Atrás quedaban los restos de aquéllos que habían fallecido: 28 000 británicos, 10 000 franceses, 7500 australianos y 2250 neozelandeses. Los turcos dejaban sobre el campo de batalla 55 000 de sus mejores tropas, pero al menos podían cantar victoria.

Las ondas de la derrota fueron amplias y estuvieron ligadas a la Revolución rusa debido a la incapacidad de los Aliados de abastecer a Rusia por mar, generando la hambruna y el descontento que llevaría a la caída del zar.

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