Contemporanea

El Imperio de los 100 días

Tras la desastrosa retirada de Rusia y la derrota en la batalla de las Naciones (Leizpig 16 de octubre de 1813) , Napoleón se había progresivamente con los restos de su ejercito hasta Fontainebleau cuando tuvo noticia de que París, su capital, se había rendido al enemigo. Enfurecido, quería marchar sobre la capital, pero sus mariscales le hicieron saber que no lucharían por él. Con gran parte de la misma Francia ocupada por ejércitos extranjeros, despojado sólo unos días antes de su título imperial por el Senado de Francia (los mismos senadores que le debían su puesto y sus prebendas a el), encerrado en su palacio de Fontainebleau lejos de su esposa María Luisa y de su hijo, el rey de Roma, abdica en favor de su hijo el 4 de abril. Pero los aliados rechazaron la abdicación, con miras a la instauración de un nuevo orden en Francia, obligando a Napoleón a abdicar incondicionalmente. El 6 de abril de 1814 la fulgurante carrera de Napoleón Bonaparte parecía haber llegado a su fin, tras 20 años de grandes triunfos casi constantes en el campo de batalla, gracias a los que había creado de la nada un Imperio que dominaba prácticamente toda la Europa continental.

El adiós a la Guardia Imperia – Monfort

Mientras tanto, los aliados,vencedores, estaban discutiendo qué hacer con él. Los ingleses, al igual que austriacos y prusianos, querían alejarlo de Europa. Pero el zar Alejandro I lo impidió, en un gesto lleno de caballerosidad hacia un hombre que durante un tiempo había sido su “hermano” y aliado. La decisión final se plasmó en el tratado de Fontainebleau, que garantizaba a Napoleón la soberanía de la isla de Elba, un pedrusco de 223 kilómetros cuadrados situado en el mar Mediterráneo entre Italia y Córcega. El 4 de mayo, un barco inglés lo dejó en Portoferraio, donde los elbenses lo recibieron calurosamente. Francia y Europa (o lo que es lo mismo, Inglaterra y Austria) respiraron tranquilas al ver cómo el antiguo conquistador que tantas veces les había humillado, parecía ahora conformarse con su nueva posición de príncipe de un Estado minúsculo y aislado en mitad de ninguna parte. Pensaban, cínicamente (ya que ellos habían sido los causantes de alguna de esas guerras) que después de un cuarto de siglo de guerras Europa recuperaría la paz. 

Luis XVIII de Francia

En París, mientras tanto, el retorno de los Borbones con el fofo Luis XVIII –hermano menor del depuesto Luis XVI, guillotinado en 1793– se presentaba bajo los mejores auspicios. A sus 59 años, este hombre progresista y prudente sólo aspiraba a una restauración pacífica. 

Para romper con el absolutismo anterior a la Revolución de 1789 y para desmontar el poder dictatorial del emperador, otorgó a los franceses una Carta que creaba una monarquía constitucional, tomando como modelo las instituciones británicas. Finalmente, los grandes principios de la Declaración de los derechos del hombre de 1789 fueron reconocidos por el borbón y recogidos en el código civil;y por si acaso, quedaba plenamente garantizada la propiedad de los bienes nacionales, expropiados a la Iglesia durante la Revolución y vendidos a muchos particulares. Este sistema podía contentar a la mayoría de los franceses, sobre todo porque, tras la derrota militar de Napoleón, Francia no había sido humillada por los vencedores. El país volvió a sus fronteras de 1792 (con algún añadido), recuperó su imperio colonial, y se mantuvo libre de toda ocupación militar y del pago de indemnizaciones de guerra.Una paz blanca. Talleyrand defendió con astucia los intereses de Francia en el congreso de Viena, iniciado el 1 de noviembre, que debía definir el nuevo orden internacional tras más de dos décadas de guerra. Gracias al reconocimiento exterior, Luis XVIII pudo dedicarse a la recuperación del reino y a asegurar la paz civil.

Firmada el 6 de abril de 1814 (documento original),
refrendada el 11 de abril siguiente,
 tal como apareció publicada el 13 de abril de 1814
 en el diario « Moniteur ».

Pero el nuevo rey, como el mismo Napoleón en su momento, no contaba con su entorno: su propia familia, sus dignatarios y muchos de sus ministros. Todos ellos mostraron una actitud mucho menos conciliadora. De vuelta a Francia tras dos decenios de exilio, no conocían el nuevo país surgido de la Revolución y exigían la devolución de todos sus cargos y títulos, además de compensaciones a la altura de su “desgracia”. 

Había dado la vuelta la tortilla y era hora de volver a poner las cosas en su sitio, pensaban. El conde de Artois, hermano del rey y futuro Carlos X, fue uno de los que encarnó este espíritu reaccionario. En el gobierno de Luis XVIII convivían los ministros más o menos liberales, algunos antiguos colaboradores del emperador, con “ultras” como el conde de Blacas y el barón de Vitrolles. 

En la opinión pública existía un conflicto de tendencias parecido. Desde la izquierda, el filósofo Benjamin Constant temía que se tomaran medidas liberticidas, mientras que desde la extrema derecha el vizconde de Bonald exigía la persecución de los jacobinos (que aspiraban a reeditar la Revolución de 1789-1795) y de los bonapartistas. La relativa libertad de prensa favorecía la violencia verbal.

Pronto el nuevo régimen se enajenó la simpatía de un gran número de franceses con algunas de sus políticas. En lo religioso, la recuperación de ceremonias y de procesiones solemnes, la apertura sin control de escuelas eclesiásticas y de seminarios o el tutelaje de la universidad irritaron a los franceses de cultura “volteriana”, opuestos a la interferencia eclesiástica. Aún peor, y mas peligroso para ellos,el profundo malestar que se extendió en el ejército francés. Tras la guerra, 300.000 soldados habían sido licenciados y más de 15.000 oficiales se encontraban con salario reducido y sin destino. Mientras la mayoría de mariscales y almirantes se unieron a la monarquía, la fidelidad al emperador seguía muy arraigada entre los oficiales superiores, los puestos subalternos y los veteranos. Su malestar corría el riesgo de desembocar en comportamientos sediciosos o conspiraciones. Y para arreglar la situación, Luis XVIII reincorporó al ejército a muchos emigrados que habían luchado contra la Francia revolucionaria y napoleónica. Algo intolerable. El rey confiaba en que el paso del tiempo diluyera desacuerdos y rencores. Pero, casi inválido a causa de su obesidad y los ataques de gota, receloso de todo y de todos, desilusionado y hedonista, no salía de su palacio de las Tullerías, frente al dinámico y carismático Napoleón. Supuso una gran decepción y será un elemento determinante en la decisión de Napoleón de regresar.

Mientras tanto, en su reino de juguete, Napoleón estaba muy bien informado sobre la situación en el interior de Francia gracias a sus numerosas y activas redes de espionaje. Sus agentes en Francia sorteaban la vigilancia policial mal dirigida por el ministro del Interior, Beugnot. En Italia y Austria, los hombres del ilustre exiliado operaban a sus anchas. Unos y otros le aseguraban que en cualquier momento podía producirse una revolución en Francia y que sólo tenía que presentarse como salvador para que lo recibieran con los brazos abiertos. Y no andaban muy equivocados. Aun así, la decisión de Napoleón dependía también de consideraciones personales. Una de ellas tenía que ver con sus finanzas, concretamente con la pensión de dos millones de francos anuales que el gobierno francés se había comprometido a pagarle y que había dejado de recibir. Otro error. El oficial británico Neil Campbell, encargado de vigilar a Napoleón en Portoferraio, advertía a su gobierno: “Si las dificultades financieras que lo acucian duran más […] creo que es capaz de cruzar el canal de Piombino con sus tropas, o de cualquier otra extravagancia. Pero si su estancia en Elba y sus gastos están asegurados, creo que pasará aquí en calma el resto de sus días”. Más angustiosas todavía eran las noticias que le llegaban a Napoleón del congreso de Viena. Allí muchos habían comenzado a pensar que la isla de Elba estaba demasiado cerca y que Napoleón podía escapar en cualquier momento. Por ello, proponían trasladarlo a un lugar de destierro más alejado, como las islas Azores o incluso la de Santa Elena, mencionada por primera vez como posible lugar de confinamiento. Algunos ultrarrealistas proponían asesinarlo. Por tanto, empujado por todas estas consideraciones, Napoleón llegó a la conclusión de que debía anticiparse a estos planes hostiles.

A mediados de febrero de 1815, cuando llevaba nueve meses en Elba y aparentemente sólo pensaba en introducir mejoras en la isla –ya fuera un canal de riego, un camino o un puente–, tomó la decisión de lanzarse de nuevo a la aventura.Visto objetivamente, las posibilidades de éxito eran escasas —de hecho, se ha llegado a afirmar que toda esta aventura fue provocada en un intento de asegurarse de que «el monstruo» fuera encadenado en un lugar de exilio lejos de Europa—, pero el 26 de febrero Napoleón zarpó de Elba con todo su ejército, compuesto de 750 hombres. Y aquí comenzó la más extraordinaria aventura del periodo revolucionario y napoleónico. Desde ese momento, los acontecimientos se precipitaron. El domingo 26 aprovechando un descuido de la guardia francobritánica que lo custodiaba embarcó en el buque l’Inconstant,en Portoferraio con su menguada guardia imperial; el 28 ya divisaba Antibes y el 1 de marzo desembarcaba muy cerca, en Golfe-Juan, con su pequeño ejército. Nada más desembarcar distribuyó una proclama de la guardia imperial: “Soldados, camaradas, hemos protegido a vuestro emperador […] os lo traemos de vuelta a través de los mares, en medio de mil peligros. Hemos atracado en la tierra sagrada de la patria con la insignia nacional y el águila imperial […]Desde hace pocos meses los Borbones reinan, y os han demostrado que no han olvidado nada y que no han aprendido nada […] soldados del gran Napoleón, ¿seguiréis al servicio de un príncipe que fue durante veinte años enemigo de Francia?”.

Napoléon abandona Elba. Joseph Beaume

Excepto en la Provenza, de tendencia monárquica, Napoleón fue aclamado a su paso, una bienvenida que atestiguaba el poder de atracción de su personalidad en contraste con la del Borbón. Con la reaparición de Napoleón en Francia, el apoyo a Luis XVIII se evaporó. El emperador y sus hombres se dirigieron a París; el 5 de marzo fueron aclamados en Gap y ese mismo día, se informaba por fin a Luis XVIII. El monarca mantuvo la calma, y su gobierno fingió la misma sangre fría. Creían tener el poder asegurado gracias a la fidelidad de los altos mandos. El mariscal Michele Ney, que había sido uno de los generales más fieles al emperador a quien debía su rango y posición, prometió al rey traer al usurpador “en una jaula de hierro”. Así pues, el rey Luis decide enviar al Quinto Regimiento de Línea con orden de detener al prófugo. La marcha de Napoleón hasta la capital, el “vuelo del águila”, prosiguió sin encontrar obstáculos. En Lyon, todas las instituciones civiles y militares le juraron fidelidad. Allí, el 13 de marzo de 1815, Napoleón emitió un edicto que disolvía las cámaras existentes y ordenaba la convocación de una reunión nacional masiva, o Champ de Mai, con el fin de modificar la constitución del imperio napoleónico. Le dijo a Benjamin Constant: “Me estoy haciendo viejo. El reposo de un rey constitucional puede ser adecuado para mí. Será más apropiado para mi hijo”. 

En Grenoble, el emperador se encontró con el 5° regimiento de linea; se acercó solo al regimiento, se apeó de su caballo y, cuando estaba ante la línea de fuego gritó «Soldados del Quinto, ustedes me reconocen. Si algún hombre quiere disparar sobre su emperador, puede hacerlo ahora». Tras un breve silencio, los soldados gritaron «¡Vive l’Empereur!» y marcharon junto con Napoleón a París. Al día siguiente, el 7 ° Regimiento de Infantería se unió a la causa, seguido por un número cada vez mayor de soldados. Sin disparar un solo tiro, su pequeña tropa fue creciendo hasta convertirse en un ejército. En Auxerre –a 150 kilómetros de la capital–, Ney, olvidando su bravata, se echó en sus brazos. Tan sólo 19 días después de desembarcar, el emperador entraba triunfal en la capital. Incluso en zonas que quedaban bastante lejos de su magnética presencia las guarniciones anunciaron que no lucharían contra él.

La reunión de la 5ª línea de infantería con el Emperador, el 7 de marzo de 1815

En la ciudad oriental de Toul, por ejemplo, el mariscal Oudinot se reunió con sus oficiales:

“No mucho después, una triple fila de oficiales se apelotonaba en nues­tra habitación formando un círculo con el mariscal en el centro. Él esperó en silencio a que todos hubieran ocupado sus lugares y entonces se expresó más o menos en los siguientes términos: «Caballeros, en las circunstancias en las que nos encontramos, deseo hacer un llamamiento a vuestra lealtad. Estamos marchando bajo escarapela blanca. Pasaré revista mañana antes de nuestra partida; ¿con qué grito responderéis vosotros y vuestros hombres a mi “¡Larga vida al Rey!”?». A estas palabras le siguió el más absoluto silencio. Nunca había presenciado algo tan impresionante … Vi que la tormenta estaba punto de estallar; cada segundo duraba un siglo. Por fin, el mariscal dijo: «¿Y bien, caballeros?». Entonces, un hombre joven de un rango inferior dio un paso adelante y dijo: «Señor Mariscal, me siento obligado a decirle, y nadie aquí podrá contradecirme, que cuando grite “¡Larga vida al Rey!” nuestros hombres, y nosotros con ellos, responderemos: “¡Larga vida al emperador!”»

Proclamación del general Sonjeon llamando
a los militares para apoyar el regreso del Emperador
 26 de marzo de 1815.

¿Cómo había conseguido este milagro?. Para empezar, había conservado el afecto de los soldados ordinarios, sus soldados. Además, hizo un uso muy efectivo de las comunicaciones, de los discursos y las proclamaciones, para reunir el apoyo del pueblo y se aseguró de que toda esta información se difundiera lo más amplia-mente posible. El 16 de marzo, una proclama que había emitido en Lyon había llegado a la mayor parte de Francia. 

Apeló a un sentimiento de agravio y descontento en Francia, y se esforzó por incitar el fervor revolucionario, utilizando el lenguaje del anti privilegio y presentándose a sí mismo como el salvador de Francia desde el regreso del Antiguo Régimen. En Lyon declaró: “Deseo ser menos el soberano de Francia y más el primero de sus ciudadanos. Soy un producto de la revolución … [y] he venido a liberar a los franceses de la esclavitud en la que los sacerdotes y los nobles querían atraparlos … Les ahorcaré a todos “. Su proclamación del 1 de marzo calificó a la nobleza feudal, los emigrados y el clero como “enemigos del pueblo”, mientras que la del 21 de marzo abolió la nobleza y los títulos feudales, expulsó a los emigrados que habían regresado a Francia durante la Restauración y se apoderaron de sus tierras. La proclamación en Lyon fue una llamada a las armas, exhortando a la población a manifestarse contra las indignidades que se habían acumulado en Francia.

Nada mejor para ilustrar la rapidez con la que se produjeron los cambios que los titulares que se sucedieron en el periódico El Monitor mientras Napoleón se acercaba a la capital:

  • 9 de marzo: “El monstruo escapó del lugar de su destierro
  • 10 de marzo: “El ogro corso ha desembarcado en Cabo Juan
  • 11 de marzo: “El tigre se ha mostrado en Gap. Están avanzando tropas por todos lados para detener su marcha. Concluirá su miserable aventura como un delincuente en las montañas
  • 13 de marzo: “El tirano está ahora en Lyon. Todos están aterrorizados por su aparición
  • 18 de Marzo: “El usurpador ha osado aproximarse hasta 60 horas de marcha de la capital
  • 19 de marzo: “Bonaparte avanza a marcha forzada, pero es imposible que llegue a París
  • 20 de marzo: “Napoleón llegará mañana a las murallas de París
  • 21 de marzo: “El Emperador Napoleón se halla en Fontaineblau
  • 22 de marzo: “Ayer por la tarde Su Majestad el Emperador hizo su pública entrada a las Tullerías. Nada puede exceder el regocijo universal”.

El 20 de marzo, a las nueve de la noche, Napoleón entró en el palacio de las Tullerías, abandonado a toda prisa la noche anterior por Luis XVIII para buscar refugio en Gante. Las escenas de recibimiento fueron extraordinarias; según cuenta en sus memorias el Barón Thiébault ” al menos 20.000 personas atestaban las cercanías del Pabellón de Flora, la escalera y las dependencias, adonde pensé que nunca podría llegar … De repente reapareció Napoleón. La reacción de la multitud fue instantánea e irresistible. En cuanto le vieron el ruido fue tan ensordecedor que parecía que el techo se iba a venir abajo». Era el comienzo del Imperio de los 100 días.

El restablecimiento del poder imperial no tomó más de dos semanas. Napoleón se apresuró a formar un gobierno con antiguos colaboradores suyos. La mayoría de las instituciones se adhirieron al emperador y la purga se limitó a unos pocos “traidores” confirmados. Tan pronto como llegó, el emperador promulgó una serie de decretos destinados a ganarse a la burguesía y a apaciguar al pueblo. Se abolieron todos los títulos feudales, se expropiaron todas las tierras de los emigrés y se pusieron en marcha grandes planes de obras públicas, mientras los viejos colegios electorales que habían elegido la legislatura napoleónica fueron convocados a una gran concentración en París y se les encomendó la tarea de aprobar reformas en la constitución imperial; reformas que harían posible la libertad de prensa y la existencia de un auténtico gobierno parlamentario. Al mismo tiempo se hicieron grandes esfuerzos por pintar el nuevo régimen como un periodo de paz, mientras el emperador se mofaba públicamente de la idea de la guerra y enviaba embajadores a Viena para defender su causa.

Era de nuevo el dueño de Francia. Sin embargo, no era el mismo. La abdicación del año anterior, con sus traiciones y muestras de aversión popular, había dejado huella en su ánimo y ahora no se fiaba de las apariencias. Al ser felicitado por su ministro del Tesoro, Molé, le respondió: “El tiempo de los cumplidos ha pasado; me han dejado llegar como han dejado partir a los otros“. Y su ministro del Interior, Carnot, declaraba su sorpresa: “No lo reconozco; el audaz retorno de la isla de Elba parece haber agotado su energía; fluctúa, duda; en lugar de actuar, parlotea; pide consejos a todo el mundo“. Su esposa María Luisa se negó a volver a París con el hijo de ambos, frustrando así su deseo de asegurar la continuidad de su monarquía. Y como en ocasiones anteriores,intrigaban contra él desde dentro de su propio gobierno: Joseph Fouché, el Ministro de la Policía, que ya lo había traicionado años antes.

No obstante, Napoleón se puso manos a la obra inmediatamente para consolidar su nuevo régimen para el que se propuso dar un giro más liberal. Recurrió a un antiguo adversario, el filósofo liberal Benjamin Constant, que elaboró un Acta adicional (de hecho virtualmente reemplazando) a las Constituciones del Imperio (Constitución del Año VIII, Constitución del Año X y Constitución del Año XII), inspirada en la Carta otorgada por Luis XVIII, aunque concediendo mayores libertades individuales. La nueva constitución es promulgada el 23 de abril de 1815. El poder legislativo debía ser ejercido por el emperador junto con el Parlamento, que debía estar compuesto por dos cámaras: la Cámara de Pares compuesta por miembros hereditarios nombrados por el Emperador, y la Cámara de Representantes, compuesta por 629 ciudadanos elegidos por 5 años por colegios electorales en los departamentos. Estas cámaras sustituirán la Legislatura y el Senado del gobierno imperial anterior. Los ministros serían ser responsables ante el Parlamento por sus acciones. Así mismo garantizaba explicitamente la libertad de prensa, el fin de la censura y otorgaba a los franceses el derecho a elegir al alcalde en las comunas de menos de 5.000 habitantes. Sin embargo, esta nueva ley fundamental no cuestionaba el poder casi absoluto de Napoleón, lo que decepcionó a muchos. 

La publicación debería ir seguida de un plebiscito, pero Napoleón no espera a la celebración de esta consulta para organizar por un decreto elecciones legislativas y municipales para el 30 de abril. La participación en estas elecciones (por sufragio censitario) es baja; en Marsella, por ejemplo, solo 13 de los 231 votantes registrados emitieron su voto. Los nuevos diputados que toman posesión de sus escaños en el Palais Bourbon son alrededor de quinientos liberales de todo tipo, unos cuarenta ex revolucionarios y apenas ochenta bonapartistas. Las elecciones municipales son un desaire aún mayor para Napoleón: muchos alcaldes y diputados, que asumieron el cargo en 1814 bajo la primera Restauración y que Napoleón revocó de sus cargos, regresan a ahora electos a sus puestos. Durante el imperio de los 100 días, las dos cámaras tuvieron sesiones solamente un mes, desde el 3 de junio hasta el 7 de julio de 1815. 

Los resultados del plebiscito del Acta Adicional fueron igualmente decepcionantes; aunque fue aprobada por abrumadora mayoría ( 1.532.000 votos a favor y tan sólo 4.800 en contra) la abstención fue altísima, más de cinco millones de ciudadanos no acudieron a las urnas. El 1 de junio, Napoleón organizó el llamado Campo de Mayo, una gran ceremonia militar para proclamar los resultados del plebiscito, un acto tan grandioso como frío, en el que ni la burguesía ni las élites civiles y militares mostraron su compromiso. El cirujano parisinoparisino Poumiés de la Siboutie recordaría de aquel día: «Me formé la opinión de que la asamblea no estaba dispuesta favorablemente hacia el emperador. Llegó muy tarde. Cuando por fin apareció, la multitud subió el tono de sus gritos: “¡Viva Francia! ¡Viva la nación!” Apenas se distinguían unos cuantos gritos débiles de “¡Viva el emperador!”.Todo el mundo reparó en su cambio de aspecto. Se le veía más corpulento, y su gruesa cara estaba pálida y cansada, aunque su presencia todavía imponía». Como admitieron incluso los bonapartistas más acérrimos, su antiguo carisma había desaparecido. Inclu­so la respuesta del ejército era muda: «Le trajeron las águilas para que las distribuyera al ejército y la Guardia Nacional. Con su estentórea voz, les gritó: “¡Jurad que defenderéis vuestras águilas! ¿Lo juráis?” Pero no hicieron la promesa con muchas ganas. Había poco entusias­mo: los gritos no eran como los de Austerlitz o Wagram, el emperador lo percibió». En cuanto a las milicias populares —los llamados fédérés— que comenzaron a aparecer en las ciudades y en los pueblos grandes con el objetivo de luchar contra la monarquía, no consiguieron llegar más que a las clases pobres de las ciudades y a la pequeña burguesía, y daban muestras de una considerable ambivalencia hacia el régimen, inspirando poca confianza. En las palabras de una conocida canción popular que circulaba en aquel momento: «Zapateros, dejad vuestros zapatos; carboneros, venid y uníos a nosotros. Si viene el enemigo, al menos no encontrarán un solo blanco.»

Champ de Mai 1 de junio de 1815, por Heim

Mediante decreto emitido del 29 de marzo de 1815, Napoleón suprimió la trata de esclavos “sin restricciones”, así como la venta de negros en todas las colonias francesas. Declara la confiscación de buques capturados en el acto de intercambiar negros y el cese de sus capitanes. En cuanto a las cla­ses bajas, en algunas zonas hubo muestras de apoyo popular a Napoleón: en Metz, por ejemplo, una muchedumbre enfurecida asedió los cuarteles generales del gobernador e izó la bandera tricolor en la torre de la catedral; en Nevers echaron al gobernador de la ciudad cuando intentó tomarla para Luis XVIII; y en Grenoble, Lyon y, por último, París, Napoleón había sido recibido por multitudes que le alentaban.Si los habitantes de Lyon entraron en acción con fuerza para dar la bienvenida a Napoleón fue en parte porque él había protegido sistemáticamente la industria de la seda de la ciudad, del mismo modo que París se había visto constantemente favore­cida. En el resto de ciudades las cosas eran muy diferentes. Desde muchos lugares del país llegaban informes sobre desórdenes y deserciones ante los reclutamientos, y la Vendée estalló en una nueva revuelta. En el norte, profundamente católico, Luis XVIII, en su huida, fue recibido en ciudades como Lille por multitud de habitantes que le rogaban que no abandonara Francia.

Mientras que el este y el noreste son en general partidarios del Emperador, en el sur y el oeste del país predominan los simpatizantes simpatizantes realistas. En la región de Nîmes, el duque de Angoulême reúne voluntarios e intenta marchar al norte el 26 de marzo. Las fuerzas realistas se apoderan de Montelimar y Valence, por lo que Napoleón enviará al general Grouchy para restablecer el orden en la zona. El 8 de abril, el duque de Angulema se rendirá en La Palud; Napoleón, duda sobre el castigo que debería aplicar al rebelde y termina por autorizarlo a abandonar Francia. El 16 de abril, Marsella, hostil al emperador, renuncia a la resistencia. En Burdeos, la duquesa de Angulema, (sobre la que Napoleón dirá que es “el único hombre de la familia Borbón”) cuenta con voluntarios realistas pero se enfrentan a la hostilidad de las tropas regulares. Pero una agitación más peligrosa se está desarrollando en Vendée, donde los “Bleus” (los azules, o imperiales) se enfrentan a los “blancs” (blancos o realistas). Louis de La Rochejaquelein se pone al frente de la insurrección. El 21 de mayo, Napoleón nombrará al general Lamarque comandante del Armée de l’Ouest, con unos 20,000 hombres, con la misión de reestablecer el orden en la región. El 4 de junio La Rochejacquelein es capturado y ejecutado; los realistas finalmente se rendiran en Cholet el 26 de junio, cuando Napoleón ya ha abdicado. 

El entusiasmo popular por Napoleón en 1815 se limitaba en gran parte, por tanto, a los más allegados. Como llegó a decir el entusiasta bonapartista Lavallette: «El deseo de tener a Napoleón era menos insistente que el de deshacerse de los Borbones». En cuanto hubo una nueva guerra en ciernes, el entusiasmo cayó, En estas circunstancias no ayudaba lo más mínimo que José y Jerónimo aparecieran una vez más en París. «Se temía —escribía Hortensia de Beauharnais— que todavía tuvieran pretensiones acerca de sus antiguos reinos y se creía que no costaría nada a Francia conseguirlos de nuevo.» En tales circunstancias era sorprendente que Napoleón tuviera éxito a la hora de reclutar un nuevo ejército pero, para muchos veteranos de la grande armée, las águilas seguían representando la única vida que conocían, y lo mismo le ocurría a los 200.000 hombres a quienes Luis XVIII había tomado a su servicio en 1814. 

Pero además de intentar consolidar su posición en el interior de Francia, también se puso a trabajar inmediatamente para asegurar su posición en el exterior. Aseguro a las potencias que no emprendería más guerras de conquista. A su regreso a las Tullerías, Napoleón multiplicó las declaraciones tranquilizadoras, aunque no hay forma de saber si su pacifismo era sincero. Escribió a sus “hermanos”, emperadores y reyes, que “después de haber ofrecido al mundo un espectáculo de grandes combates, será más dulce no reconocer otra rivalidad que la de las ventajas de la paz” . Lo que es seguro es que el emperador, genio de la estrategia, era plenamente consciente de que la relación de fuerzas en ese momento le era demasiado desfavorable. 

Si a Napoleón le importó seriamente instituir todas estas reformas democráticas es una pregunta que nunca podremos responder, ya que los Aliados rápidamente abandonaron sus disputas territoriales y se unieron contra su viejo enemigo, lo que obligó a Napoleón a concentrarse en cuestiones militares más que domésticas. El 13 de marzo, los representantes del Reino Unido, Rusia, Austria, Prusia, Suecia, España y Portugal, reunidos en el congreso de Viena, declararon a Napoleón “enemigo y perturbador de la paz mundial” y lo entregaron “a la vindicta pública”. El zar Alejandro, que había pagado a muy alto coste la guerra contra Napoleón, no quería volver a implicarse demasiado. En Viena, el canciller Metternich trataba de convencer al emperador Francisco I, suegro de Napoleón, que retenía consigo a su hija María Luisa y a su nieto, el rey de Roma. El gobierno inglés quería acabar con Napoleón, pero le faltaban soldados y se las ingenió para no enviar la totalidad de las tropas que se le asignaron (cabe recordar que en este momento los británicos están comprometidos en una guerra contra los Estados Unidos por la que se vieron forzándolos a enviar la mitad de sus fuerzas a América). Pese a ello, la séptima coalición concentró en Bélgica casi 220.000 soldados. Otros países se unirán a la coalición en las próximas semanas. Inglaterra será el patrocinador de esta coalición a la que aportará 9 millones de libras. A pesar de los esfuerzos y todas las garantías ofrecidas por Napoleón, los aliados (Inglaterra) no están dispuestos a a negociar.

Napoleón estaba en una situación desesperada, no tenía tiempo para reconstruir un ejército capaz de enfrentarse a esas tropas por lo que su única esperanza estaba en adoptar su vieja estrategia de dar un golpe decisivo contra las fuerzas enemigas para forzar una negociación. Decidido a reclutar un gran ejército, ya no podía contar con el consentimiento que había hecho posible el éxito de las levas en los años anteriores. Por el contrario, en muchos lugares de Francia, las personas importantes que eran el eje del gobierno local se mostraron especialmente poco cooperativas ante la puesta en práctica del régimen tributario y los reclutamientos. Frente a esta situación, el ministro del Interior, Lazare Carnot —el «arquitecto de la victoria» en 1793— despidió a un gran número de oficiales e intentó sustituirlos por hombres leales al régimen, pero se dio cuenta de que había pocas alternativas dignas de confianza.

Granadero de la Guardia Imperial de Napoleón

No obstante, durante semanas Napoleón se dedicó a ello con su energía de siempre y para fines de mayo de 1815, el total de las tropas disponibles estaba en torno a 220,000 hombres incluyendo más de 20.000 jinetes, y 366 piezas de artillería, con 66,000 más en los depósitos aún en adiestramiento que no estaban listos para el despliegue.  Entre sus hombres había muchos veteranos, incluidos oficiales con experiencia, pero también jóvenes menos entrenados. Se estaba ya rebañando el fondo del caldero. A fines de mayo, Napoleón había formado L’Armée du Nord (el “Ejército del Norte”) que, liderado por él mismo, participaría en la Campaña de Waterloo. La capacidad de los fabricantes franceses no era suficiente para satisfacer las enormes demandas de municiones y equipo al ritmo necesario para reequipar este ejercito,por lo que se adquirió material fuera de Francia; se compró material de Gran Bretaña y otros suministros fueron contrabandeados desde los Países Bajos. Cientos de talleres de confección de uniformes se establecieron por todo París. Todo el país se vio involucrado en la preparación para la guerra, reduciendo el desempleo y creando un sentido de propósito nacional común.

Para la defensa de Francia, Napoleón desplegó sus fuerzas restantes dentro de sus fronteras con la intención de retrasar a sus enemigos extranjeros mientras suprimía a sus enemigos internos. En junio, él había organizado sus fuerzas de esta manera:

-. V Cuerpo – L’Armée du Rhin – comandado por Rapp, acantonado cerca de Estrasburgo
-. VII Cuerpo – L’Armée des Alpes – comandado por Suchet, acantonado en Lyon.
-. I Cuerpo de Observación – L’Armée du Jura – comandado por Lecourbe, acantonado en Belfort.
-. II Cuerpo de Observación – L’Armée du Var – comandado por Brune, con sede en Toulon.
-. III Cuerpo de Observación – Ejército de los Pirineos orientales – comandado por Decaen, con base en Toulouse.
-. IV Cuerpo de Observación – Ejército de los Pirineos occidentales – comandado por Clauzel, con sede en Burdeos.-. Ejército del Oeste, – Armée de l’Ouest (también conocido como el Ejército de la Vendée y el Ejército del Loira) – comandado por Lamarque, se formó para reprimir la insurrección realista en la región de la Vendée que permaneció leal al Rey Luis XVIII durante los Cien Días.

Como poco, Napoleón estaba en posición de oponer resistencia. Con relativamente pocas tropas aliadas dispuestas a tomar el campo, el emperador podía esperar la invasión masiva que la Séptima Coalición prepararía sin duda en cuanto reuniera suficientes hombres, o bien tomar la ofensiva y asegurarse una victoria dramática que podría darle tiempo para que su régimen consolidara su dominio sobre Francia o incluso frustrara la resolución de sus enemigos. Enfrentado a tal elección, el emperador no dudó. El 15 de junio, Napoleón se reunía con el ejército del Norte para salir al paso de las tropas enemigas en Bélgica. Austríacos, alemanes, rusos y españoles se encontraban a las puertas de Francia, pero el emperador pensaba que la campaña estaría prácticamente ganada si derrotaba al prusiano Blücher y al británico Wellington. La primera parte de su plan fue un éxito, y el día 16 Napoleón obtendría su última victoria, ante los prusianos en Ligny. Dos días más tarde se produjo en Waterloo la batalla decisiva. El choque se mantuvo incierto durante bastantes horas y habría podido resolverse a favor de los franceses, pero acabó con su derrota. 

Después de la derrota en Waterloo, Napoleón regresó a París y se encontró con un país nuevamente invadido. Vencido pero no abatido, ya está pensando en su venganza. El 19 de junio, le escribió a su hermano Joseph para anunciarle su plan de campaña. Pensaba reunir 150.000 hombres, 100000 federados y guardias nacionales y 50.000 hombres de los depósitos. Si Grouchy se le unía con sus 50.000 hombres, tendrá más de 300,000 soldados para oponerse al enemigo, con “los caballos de los carruajes para disparar las piezas de la artillería”. El emperador llegó el 20 de junio a París. Su intención era reunir a las Cámaras en una sesión imperial, pintarles las desgracias del ejército, pedirles los medios para salvar el país y luego volver a partir. Fue entonces cuando descubrió, con sorpresa, que las Cámaras ante las noticias de los desastres del Mont Saint-Jean, aumentadas por la mala voluntad y los falseados informes del mariscal Ney (el mismo Ney que había pasado de ferviente y devoto servidor de Napoleón a monárquico de pro para reconvertirse nuevamente en creyente de la causa imperial…) , habían mostrado una actitud muy hostil y dirigidas por la facción de los falsos republicanos, estaban en gran agitación. Era más que previsible que los representantes no respondieran a las expectativas del Emperador y que hubiera sido mejor no separarse del ejército, que era su fortaleza y seguridad. Un proyecto vasto pero ilusorio: su fracaso ante las Cámaras le muestra que el país ya no lo sigue. 

Presionado por las Cortes y el gobierno provisional (presidido nada menos que por archienemigo Fouché), abdicó el 22 de junio de 1815. Se fue a Malmaison el día 25, donde fue recibido por la Princesa Hortense. Los recuerdos que le traía esta residencia le causaron una vivida emoción; Josephine había muerto en 1814 y allí todo le recordaba los brillantes años del Consulado y a los grandiosos triunfos del Imperio. Siguieron varias semanas de confusión en las que ni el emperador ni el gobierno provisional que se había formado en París parecían saber qué hacer. Las circunstancias se volvían más críticas con el paso de los días hasta que finalmente comprendió que debía irse, dejar Francia. Pidió dos fragatas que le llevaran a los Estados Unidos con su familia. El día anterior había rechazado las ofertas de un capitán estadounidense que propuso llevarlo de incógnito en su barco al otro lado del Atlántico. Con prontitud son alistadas las dos fragatas pero el gobierno considera oportuno obtener un salvoconducto de Wellington para la seguridad de estos barcos. Sin embargo, las garantías de Wellington no llegaron. El enemigo estaba en Compiegne; no había tiempo para perder. Napoleón finalmente promete irse de inmediato; en ese mismo momento, se puede escuchar un cañonazo. El 29 de junio deja la Malmaison para trasladarse a Rochefort. El 9 de julio huyó a la isla de Aix donde terminó por entregarse a los ingleses el 15 de julio, una semana después de que Luis XVIII hubiera sido restituido oficialmente en el trono de Francia.

En el este, mientras tanto, seis ejércitos aliados cruzaban la frontera ante escasos brotes de resistencia aislados. Desesperado por poner fin a la contienda, el gobierno provisional hizo un llamamiento a la paz, pero los aliados insistieron en presionar hasta capturar París, que cayó el 7 de julio sin que los tan cacareados fédérés disparasen un tiro. «La buena gente de París comenzó a salir de la ciudad y a mezclarse con nosotros como si no hubiera pasado nada… Llegaron a nuestro campamento todo tipo de refrigerios: era ciertamente impresionante ver la confianza que los habitantes depositaban en nosotros», escribía un soldado británico a su familia. Unas cuantas plazas fuertes leales se habían mantenido durante el verano —la última, Montmédy, no se rindió hasta el 13 de septiembre—, pero las guerras napoleónicas llegaban a su fin.

Bandas ultra-realistas persiguen a los bonapartistas, y varios son ejecutados sin ningún tipo juicio: era el Terror Blanco. El fofo y apático Luis XVIII recupera el trono. Francia pierde algunos lugares fronterizos y esta vez será parcialmente ocupada, debiendo pagar a los Aliados reparaciones de guerra equivalente al presupuesto anual del Estado. Napoleón tenía la esperanza de que le permitiesen viajar a los Estados Unidos. Pero el rencoroso gobierno británico lo apresa y lo lleva al exilio, con algunos voluntarios: los generales Bertrand, de Montholon y el conde Las Cases. Vencido por segunda vez, el que fuese el gran conquistador de Europa terminaría sus días en el destierro-prisión de la isla de Santa Elena, un peladero de cabras en el Atlántico sur, en mitad de ninguna parte, del que ya no regresaría.

Napoleon a bordo del Bellerophon – Sir William Quiller Orchardson 1832-1910

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