Historia Contemporanea

La muerte del último Napoleón: zululandia 1879

Cuando los ingleses invadieron el Reino Zulú (Sudáfrica), Napoleón Napoleón Eugenio Luis Bonaparte ,el último Napoleón, decidió alistarse a las filas del Ejército británico para contribuir a la gesta colonialista de la Reina Victoria I de Inglaterra. Su deseo de hacer una honorable carrera militar terminó pronto, cuando fue brutalmente asesinado por siete guerreros zulúes durante la guerra anglo-zulú de 1879. Con la muerte en combate del último Napoleón el 1 de junio de 1879, cualquier intento de restauración imperial bonapartista en Francia quedaba reducido a cenizas.

En 1870 Francia sufre una derrota total frente a los ejércitos prusianos. En la batalla de Sedán, el mismo Emperador Napoleón III es capturado dando lugar a la caída del Segundo Imperio y proclamándose la III República Francesa. Napoleon III, liberado por el enemigo y depuesto por los republicanos debe partir al exilio y de esta manera, la familia imperial partirá primero a Bélgica y después a la Gran Bretaña cuando Luis Eugenio tenía 14 años. El Príncipe, pese a la negativa de su padre, estaba ansioso por honrar el apellido Bonaparte con una gloriosa carrera militar al igual que su tío abuelo Napoleón I. En el nuevo orden republicano ni la Emperatriz Eugenia de Montijo ni su hijo, el Príncipe Imperial, Napoleón Luis Eugenio eran bienvenidos, asi que a la muerte de Napoleón III en 1873 ingresará en la academia de Woolwich. 

El príncipe Napoleón Eugenio Luis en 1874.

La sola la presencia de un Bonaparte en el Ejército inglés suponía en si misma una gran ironía.Todavía vivían algunos de los veteranos de las campañas napoleónicas y una pequeña parte de la sociedad, sobre todo londinense, veía con cierto resquemor la presencia de la desterrada familia imperial en suelo británico. Joven de considerable talento, caracterizado por una vida privada intachable y una gran simpatía, parecía destinado a ser un formidable pretendiente al trono francés en la eventualidad de una restauración imperial. En el fondo su ilustre apellido fue más un problema que una bendición para él.En el mejor de los casos, una gloria falsa y efímera fue lo que heredó este muchacho y, de alguna manera, su única posibilidad de poder adquirir algo de prestigio era demostrándose a sí mismo, y sobre todo a la Francia republicana, que en caso de una remota restauración, como mínimo tendrían al frente un hombre valiente.

Así, a pesar de las súplicas de su madre, Napoleón Luis Eugenio solicitó incorporarse a su regimiento, enviado a Zululandia, y se le concedió a regañadientes el destino con la condición de que no podía participar en combates.Partiría a Sudáfrica para unirse a las tropas británicas de Lord Chelmsford a la edad de 23 años. Consigo llevo la espada de su tio abuelo Napoleón I, y la silla de montar de su padre Napoleón III. En menos de un mes el joven Bonaparte desembarcaba en Durban y se unía a las tropas; en dos ocasiones incumplió su promesa y cargó contra el enemigo de forma tan valiente como suicida, saliendo ileso pero creando la sensación general de que a ese paso encontraría la muerte mas pronto que tarde. El 1 de junio de 1879 salió de descubierta para hacer unos bosquejos del camino, ya que dibujaba muy bien. La escolta que se le asignó no acababa de llegar e impaciente, se fue sin ella, acompañado sólo de cuatro soldados y un guía nativo.Durante horas avanzaron por un territorio solitario y se detuvieron en un pequeño poblado abandonado, formado por unas chozas. La tranquilidad era tal que desensillaron sus caballos e incluso prepararon té. Por la tarde, ante la intranquilidad del guía, se dispusieron a irse. Apenas se había dado la orden de montar cuando unos guerreros zulúes surgieron sorpresivamente de una dunga (torrentera seca) y dispararon sobre los soldados, derribando a dos. Luego cargaron sobre el resto con sus iklwa, unas lanzas cortas que usaban como espadas. Eugenio Luis tenía el pie en el estribo cuando su caballo se desbocó, arrastrándole un centenar de metros y pateándole el hombro.

Muerte del príncipe imperial, por Paul Jamin.

Napoleón Luis Eugenio comenzó la última lucha de su vida con el brazo derecho lesionado. Pero en ningún momento se mostraría vulnerable frente a aquellos siete guerreros, sino que aún gravemente herido de muerte, trató de acabar con el enemigo con una de aquellas armas letales. Vaciaría el tambor de su revólver sin dar en el objetivo pero en ningún momento se mostraría vulnerable frente a aquellos siete guerreros, sino que aún gravemente herido de muerte, trató de acabar con el enemigo con una de aquellas armas. Los zulúes le atravesaron al menos doce veces con sus lanzas y el último Napoleón moría así con orgullo en el campo de batalla. Los zulúes despojaron su cadáver de todo excepto de unas medallas, pero por el valor demostrado en la lucha no desmembraron su cadáver, aunque sí lo abrieron en canal, práctica habitual para liberar el espíritu de los fallecidos. Su cuerpo fue recuperado el día siguiente. 

Su muerte conmocionó a toda Europa y en Inglaterra tuvo casi mayor impacto que Isandlwana. Francia en particular quedó tremendamente conmocionada cuando supo lo ocurrido y hasta los republicanos se llegaron a preguntar cómo era posible que tan lamentable suceso hubiera acontecido. Cuando Benjamin Disraeli, Primer Ministro británico, recibió el telegrama de la muerte del príncipe imperial, exclamo: “¿Quiénes son esos zulúes? ¿Quién es ese pueblo extraordinario que vence a nuestros generales, convence a nuestros obispos y acaba en un día con una gran dinastía?“. Napoleón Luis Eugenio no había contraído matrimonio ni había dejado descendencia, aunque antes de su partida hacia África había suscrito un documento por medio del cual designaba como sucesor en sus derechos imperiales a su primo segundo, el príncipe Napoleón Víctor Bonaparte (muerto en 1926), hijo de Napoleón José Carlos Bonaparte y por tanto, nieto de Jerónimo Bonaparte, su tío abuelo, antiguo rey de Westfalia y hermano de Napoleón I.

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