Historia Antigua, Sin categoría

Arminio, azote de Roma

En el siglo I d. C, había aproximadamente una docena de grandes tribus germanas y muchas más de menor importancia. En la frontera romana, los marcomanos dominaban el este, y los catos, queruscos y caucos aquellas áreas más al oeste. En el 12 a. C Augusto envió a sus legiones al otro lado del Rin para invadir Germania; a las órdenes de su comandante Druso, avanzaron hasta el río Weser en el 11 a. C. y, para el el 9 a. C., los romanos se habían instalado cómodamente en la capital tribal de los ubios (que con el tiempo se convertiría en la ciudad de Colonia). Druso avanzó entonces a través del territorio de los queruscos y llegó hasta el Elba. Al comienzo del siglo I d. C, la parte conquistada de Germania parecía estar en el buen camino hacia una completa romanización; los comerciantes romanos llegaban mucho más allá de las fronteras del Imperio y jóvenes germanos adoptaron la costumbre de servir en el ejército romano y, de vuelta a sus hogares, llevaron consigo las costumbres romanas. Entre estos soldados se encontraban los hijos de Sigimer, un jefe de los queruscos. Conocemos únicamente la versión romanizada de los nombres de estos jóvenes. Uno de los hermanos se llamaba Flavio, que, aunque sirve de poca ayuda, se ha traducido como «Rubio». El otro respondía al nombre de Arminio. Los nacionalistas alemanes de épocas posteriores lo han regermanizado como Hermann, pero, casi con seguridad, es una concepción errónea. Es posible que el nombre de Arminio derivase del dios Irmun,pero, siguiendo la convención germana, el auténtico nombre de Arminio debería estar basado en la raíz Sigi- del patronímico paterno.

Mapa de la provincia de Germania en el año 9. El territorio germano sometido entonces al Imperio está en amarillo. La flecha roja señala el camino de retorno seguido por Varo.

Veleyo Paterculo lo describe así: “Un joven noble, de mano fuerte y mente rápida, y mucho más inteligente que la mayoría de los bárbaros… el ardor de su rostro y sus ojos mostraba el espíritu ardiente que habitaba en su interior. Había combatido en nuestro bando en campañas anteriores y se ganó el derecho a convertirse en ciudadano romano; de hecho, fue elevado incluso al rango ecuestre”. Pero Arminio no se sintió impresionado por la incursión de Druso a través de las tierras de sus queruscos nativos, y quedó profundamente disgustado por la civilización romana. Para un hombre de la tribu de los queruscos, el trato que recibía su pueblo por parte de los romanos sólo podría considerarse insufrible. Sin duda hablamos de uno de los personajes más populares y al mismo tiempo menos conocidos de entre los que osaron enfrentaron al todopoderoso Imperio Romano. Arminio nació entre el año 16-17 a.C. en lo que sería la actual Hannover. Hijo de Segimer, caudillo de los queruscos, pasó a estar bajo la tutela romana cuando éstos controlaron la zona en el 12 a.C. Era algo habitual que los romanos se llevaran a los hijos de los caudillos a Roma para así asegurarse la lealtad de sus padres y de paso romanizar a los hijos. Arminio había aprendido latín y se había romanizado hasta el punto de que en el año 4 d.c. comandaba una de las fuerzas auxiliares formada por queruscos en Pannonia (los actuales Balcanes) consiguiendo así la ciudadanía romana gracias a su destacada labor. Unos pocos años más tarde, en el 7 u 8 d.c., Arminio vuelve a la Germania bajo el mando de Varo.

¿Quien era este tal Varo?. Publio Quintilio Varo era el nuevo gobernador de Germania. Un historiador antiguo resumió su anterior etapa de gobierno en Siria de este modo: “Llegó a una provincia rica como un hombre pobre y dejó una provincia pobre como un hombre rico». Varo debía su carrera al favor del emperador Augusto,pues se había casado con su sobrina nieta. Durante su estancia en Siria había actuado con firmeza frente a algunos insurgentes judíos, aunque en realidad no era un militar. Una Germania pacíficamente romanizada no tenía necesidad de un general y, si se presentaba la ocasión de combatir, Varo podría utilizar tres legiones, las XVII, XVIII y XIX, así como numerosas tropas auxiliares y de caballería.También contaba con aliados germanos en los que el creía que podía confiar, entre ellos el joven Arminio. Varo emprendió la tarea de romanizar a los germanos con gran arrogancia y sin ningún tacto y desde luego no era consciente de que, casi desde el mismo momento que regresó a Germania, Arminio estaba conspirando contra Roma con todas sus energías.

El soldado germano típico del siglo I de nuestra era no estaba bien equipado. Llevaba un escudo rudimentario y se le consideraba bien vestido si se presentaba en la batalla llevando al menos pantalones. De hecho, para aquellos que no tenían armadura, luchar desnudos se convertía en la mejor opción. En una época anterior a los antibióticos, muchos soldados morían a causa de las infecciones provocadas por el contacto de ropas sucias con las heridas. Sólo la élite llevaba espada, y los guerreros a caballo eran todavía más escasos. El soldado medio combatía a pie con una framea, una lanza larga que en ocasiones sencillamente tenía afilado uno de los extremos de la madera. La naturaleza de la sociedad germana iba en contra de las maquinaciones de Arminio, pues los germanos eran un pueblo esencialmente democrático que tendía a elegir a sus líderes ad hoc entre los principales miembros de sus clanes locales. Además, los germanos sentían que las decisiones realmente importantes deberían tomarse en reuniones a gran escala en las que se pronunciarían entusiastas discursos y (con un poco de suerte) se consumirían grandes cantidades de comida y alcohol. Como resultado de estas características sociales, Arminio no contaba ni con la jerarquía social piramidal ni con el talento inherente para conspirar en la sombra que hacía mucho más sencilla la vida de los conspiradores romanos. En lugar de eso, debería convencer a cada tribu y subtribu para que dejase a un lado sus disputas y rivalidades locales y actuase de una forma medianamente sincronizada. El primer paso de la conspiración consistía en que las diversas comunidades pidiesen a Varo una guarnición romana (aquí como protección contra los ladrones, allí para controlar las columnas de abastecimiento, y más allá para evitar disturbios).Varo parecía albergar las mejores intenciones y, a petición de los germanos, dispersó rápidamente sus tropas, dividiéndolas en pequeños destacamentos muy vulnerables, además de dedicar mucho tiempo a cuestiones legales y administrativas.

En el otoño del año 9 d. C, las noticias de graves problemas a cierta distancia despertaron finalmente a Varo, que abandonó la comodidad de su campamento y se puso al mando de sus legiones. Arminio ofreció de manera entusiasta el apoyo de los queruscos. Segestes, otro jefe tribal, acudió a Varo aconsejándole no sólo que rechazara el ofrecimiento de Arminio, sino que le cargara de cadenas por traidor. Segestes aseguró a Varo que Arminio estaba preparando una trampa para acabar con él y sus legiones. Segestes había negado a Arminio la mano de Trusnelda, y el joven noble, sin inmutarse, había reunido una banda de seguidores y había secuestrado a la novia, quien, por otra parte, tampoco había opuesto demasiada resistencia. A causa de estas enemistades familiares, Varo creyó que Segestes no estaba comportándose de manera objetiva e ignoró su consejo. Las legiones comenzaron a tener problemas casi de inmediato. Los testimonios son contradictorios, pero parece que Varo pretendía llegar a sus cuarteles de invierno y, por lo tanto, trasladara todo su campamento y tratar los disturbios locales durante el camino. Arminio informó a Varo de que necesitaba organizar sus propias fuerzas y se despidió de los romanos. Varo no lo sabía, pero las fuerzas de Arminio no sólo incluían las de su propia confederación tribal, los queruscos, sino también la mayoría de sus vecinos caucos. Los maroboduos y los marcomanos permanecieron cautelosamente neutrales.

Sobre lo que ocurrió a continuación no podemos más que hacer conjeturas; hasta la última década fue un misterio incluso el lugar exacto donde se libró la batalla, hasta el punto de que el gigantesco monumento que erigieron los alemanes en el siglo XIX en recuerdo de la victoria de Arminio ha resultado estar situado a unos cuarenta y cinco kilómetros del lugar correcto. En Kalkriese, en las lindes de los montes Wiehen, en lo más profundo del bosque de Teotoburgo, los germanos cayeron sobre los romanos y los destruyeron. Arminio acorraló a los confundidos y mal dirigidos romanos entre el bosque y un pantano cercano, sin dejarles tiempo para huir u organizarse, y destruyó a todo un ejército de aproximadamente 30.000 hombres. La mayoría de los legionarios fueron masacrados allí mismo, aunque algunos desafortunados oficiales de alto rango fueron llevados a las arboledas sagradas donde los romanos fueron víctimas de horribles sacrificios. Varo también murió, fuese en combate o por su propia espada. Arminio hizo que sus hombres buscaran entre los cadáveres hasta que hallaron el cuerpo de Varo. Luego, envió su cabeza a Maroboduo, jefe de los marcomanos, con la esperanza de que su colega abandonara rápidamente su obstinada posición de neutralidad. Pero Maroboduo no estaba interesado en este horripilante trofeo, y lo envió a Roma para que recibiese unas honras fúnebres dignas.

Las noticias del desastre golpearon Roma como un autentico mazazo. Durante más de dos siglos, ninguna derrota similar había abatido a un ejército romano. Con las legiones de Varo destruidas sólo los Alpes separaban a la indefensa capital del Imperio de las hordas germanas. Augusto quedó postrado de dolor; no podía en modo alguno reemplazar las tres legiones sin imponer una inaceptable carga fiscal al Imperio, por lo que el ejército romano quedó reducido de veintiocho a veinticinco legiones por largo tiempo. Ordenó una leva de emergencia y envió rápidamente al norte a la experimentada da Legión V Alauda para que cubriera el vacío dejado por las legiones de Varo. Augusto quedó profundamente afectado por el desastre. Incluso meses más tarde, se golpeaba la cabeza contra las paredes mientras gritaba «¡Quintilio Varo,devuélveme mis legiones!». Las legiones I Germánica y XVII fueron trasladas posteriormente para completar la reparación de las líneas romanas, pero nunca se reconstruyeron las legiones XVII, XVIII y XIX destruidas por Arminio, y jamás volvieron a emplearse sus funestos títulos.

Pero los germanos nunca avanzaron sobre Roma. Arminio sabía de la resistencia romana ante la derrota y de la amarga tenacidad con la que perseguían a sus enemigos. Los meses posteriores a la batalla del bosque de Teotoburgo fueron testigos de una frenética actividad diplomática; por una parte,Arminio buscó unir a las tribus contra los romanos y, por otra, los romanos prometieron, y era una amenaza que debía tomarse muy en serio, que aquellos que no ayudasen a luchar contra Arminio correrían su misma suerte.

Con la frontera segura,tan pronto como se inició la estación de campaña del año 10 d. C, Tiberio, heredero nombrado por Augusto, dirigió el contraataque romano.A pesar de su reciente victoria, Arminio no se hacía muchas ilusiones respecto a la capacidad de sus hombres comparada con la de los legionarios de Tiberio y renunció por completo a enfrentarse a los romanos en campo abierto. En lugar de ello, se retiró a lo más profundo de los bosques.Esta táctica desconcertó a Tiberio, pues la política militar romana consistía en avanzar directamente sobra cualquier cosa que preciaran sus enemigos y derrotar entonces a cualquier ejército que acudiera a defenderla. Pero Germania no poseía ciudades que capturar, muy pocos campos cultivados que pudiesen saquear. Durante los años siguientes, los romanos efectuaron repetidas exhibiciones de fuerza, pero ningún intento serio de conquista. Sus incursiones en tierras germanas resultaban estériles, pero pretendían demostrar que, a pesar de la precaria salud del emperador y de cualquier problema que pudiera existir en la frontera, Roma no había olvidado al Arminio. Simplemente se había pospuesto el día en el que ajustarían cuentas.En el año 14 d. C. Tiberio se convirtió en emperador. Ya había incrementado la guarnición de las fronteras germanas hasta las seis legiones, y uno de sus primeros actos como emperador fue ordenar que cruzaran el Rin. Al mando de este ejército estaba el hijo de aquel Druso que había sido el primero en invadir Germania.

El relativo fracaso de los romanos antes del 14 d. C. había provocado que más tribus se unieran a Arminio. Lo hicieron incluso los queruscos liderados por Inguiomer, tío de Arminio, que hasta entonces había sido su enemigo. Otro miembro de la familia, Segestes, había permanecido fiel a Roma, a pesar del enorme costo que le supuso en popularidad entre sus hombres. Finalmente, algunos miembros de esta tribu, alentados por Arminio, cercaron a Segestes en un fuerte de un bosque y le pusieron sitio. Segestes envió a su hijo Segismundo a pedir ayuda a los romanos, algo que el hijo hizo muy a su pesar, pues en otro tiempo había sido sacerdote de un culto romano, pero había abandonado su vocación para unirse a Arminio, aunque, al parecer, regresó posteriormente al lado de su padre.Germánico era muy consciente de la importancia de animar a la deserción,de manera que recibió al joven en el seno de Roma y corrió al auxilio de Segestes. Su repentina llegada facilitó la captura de varios jóvenes nobles germanos, así como de Trusnelda, la esposa de Arminio. Trusnelda estaba esperando un hijo de éste, y no se mostró muy feliz al verse obligada a regresar con su padre Segestes. Arminio estaba fuera de sí de ira.

Entonces Germánico organizó un ataque relámpago para saquear las tierras de los bructeros, una tribu aliada de Arminio, y los empujó hacia el lugar del desastre de Varo en el bosque de Teotoburgo. Germánico dio un entierro decente a los caídos (la arqueología ha encontrado el lugar donde fueron enterrados solemnemente los huesos erosionados por el tiempo). A continuación, su ejército se volvió con furia redoblada a la persecución de Arminio. Como siempre, Arminio se retiró a las profundidades del bosque en cuanto avanzaron los romanos, aunque en cierta ocasión cayó por sorpresa sobre una columna de caballería que avanzaba sin demasiado cuidado. Cuando los romanos se encontraron en el interior del bosque,Arminio decidió atacar. Como siempre, había elegido el terreno apropiado a su estilo de lucha. Los romanos fueron sorprendidos en un terreno pantanoso,incapaces de emplear su caballería y revolcándose en el blando barro con sus pesadas armaduras. Al final, consiguieron levantar un terraplén y montar un campamento detrás del mismo. Arminio se mostró dispuesto a aceptar este modesto éxito, pues pretendía tender emboscadas a los romanos cuando se retirasen. Sin embargo, su tío Inguiomer tenía otras ideas. Esperaba infligir a los romanos un último y definitivo golpe que supusiera su expulsión definitiva de Germania, y convenció a las tribus para atacar el campamento romano atravesando un terreno abierto, con el resultado imaginable. Encantados con tener a sus enemigos en campo abierto, donde podían resultar decisivos su armamento y disciplina superiores, los romanos despedazaron los ataques germanos y ahuyentaron a los supervivientes, que se internaron en el bosque.

Esta breve victoria proporcionó a los romanos un respiro durante el cual realizaron una retirada digna hasta el Rin. No volvieron en los dos años siguientes,pero en el 16 d. C. Arminio fue informado de que los romanos habían irrumpido en las orillas del río Wese. Acudió rápidamente al río, y preguntó a los romanos del otro lado si su hermano Flavio se encontraba entre ellos;su hermano seguía siendo un fiel aliado y un oficial de las legiones digno de confianza. Flavio se presentó en la orilla, y entonces tuvo lugar una conversación extraordinaria .La conversación desembocó en un duelo de gritos, y Flavio hubo de ser retenido por la fuerza para evitar que montase en su caballo, tomase su espada e intentase llegar hasta su hermano, que permanecía en la otra orilla profiriendo maldiciones e insultos a Flavio mientras se lo llevaban sus compañeros romanos.Arminio reunió a sus tropas y envió mensajeros para ver si todos sus enemigos eran tan lanzados como Flavio. Unos jinetes cabalgaron hasta las puertas del campamento romano y ofrecieron las esposas de los desertores, tierras y una paga de cien sestercios diarios mientras durase la guerra. La oferta se realizó en un latín fluido, para que los romanos supieran que algunos de los que hasta entonces habían sido sus camaradas ya estaban al servicio de Arminio. En Idistaviso, cerca de la actual Minden, ambos bandos se encontraron en batalla. Arminio había escogido bien el terreno, con una ligera pendiente que favorecía a sus hombres y un bosque a su espalda. Los germanos lucharon con su habitual ímpetu, pero aquél era el tipo de guerra en la que los romanos eran maestros. Los germanos fueron rechazados, y el propio Arminio estuvo a punto de ser capturado.

A pesar de la derrota, los germanos estaban decididos a continuar con su resistencia. Una vez mas realizaron una parada, eligiendo esta vez un lugar situado entre un traicionero pantano cerca de un río (probablemente el Aller) y un bosque. Parece que también construyeron una empalizada del mismo tipo que habían empleado para atrapar a Varo. Germánico estaba feliz de combatir a los germanos en cualquier lugar en el que estuvieran preparando un campamento, y se produjo otro lúgubre combate en el que los romanos se encontraron con el río a sus espaldas y los germanos con el pantano detrás de ellos. Al final, la enorme masa de guerreros germanos se volvió en su contra. Sus rivales, inferiores en número, eran muy superiores en la lucha en espacios cortos, y contaban con las armas y tácticas apropiadas para ella.Los germanos cedieron y, sin un lugar hacia el que poder huir, sufrieron enormes pérdidas antes de que la noche acudiera en su auxilio. Esta victoria hizo que la tribu de los angrivarios se pasase al bando romano, y es probable que otras estuvieran sopesando seriamente hacer lo mismo.

Pero el emperador Tiberio ya había tenido suficiente. Los espíritus de Varo y sus legiones perdidas ya habían sido apaciguados por las victorias romanas y las águilas perdidas por las legiones de Varo recuperadas. No había razón para gastar dinero y valiosos ejércitos, muy necesarios en otros frentes, en una conquista temporal de bosques y ciénagas. Si los recalcitrantes germanos eran tan opuestos a la civilización romana, no merecía la pena seguir insistiendo, pensaba el emperador. El juicio estratégico de Tiberio era correcto. Los germanos habían recibido una lección y la frontera del Rin permanecería en calma durante dos siglos más. Por otro lado, Germánico había perdido un considerable número de soldados y sus victorias no habían sido fáciles;de haber continuado su campaña, es muy posible que los germanos con el tiempo llegasen a obtener una segunda victoria, a la que hubiera seguido una invasión germánica de la Galia, con consecuencias imprevisibles. Germánico recibió la orden de regresar a Roma, donde celebró un triunfo por sus victorias llevando delante de él durante el desfile al hijo de Arminio, nacido en cautividad y que jamás había visto a su padre. Sin embargo, después del año 17 d. C. cesó de manera efectiva la conquista romana de Germania como empresa activa, y en el 19 d. C. murió Germánico, posiblemente envenenado. Arminio había vencido y lo celebró volviéndose hacia Maroboduo y derrotándolo en batalla. Tan pronto como desapareció la amenaza de una ocupación romana, comenzaron de nuevo las trifulcas tribales, y esta vez más en serio, pues el propio Arminio se vio enfrentado con su tío en una lucha por el poder. Venció al conseguir unir a su causa a los poderosos longobardos y semnones, pero su posición no era en absoluto segura. En el año 19 d. C, cuando contaba treinta y siete años, Arminio fue asesinado por sus propios parientes que aseguraban que pretendía erigirse en señor absoluto de toda Germania.

Pero Roma aún recibiría otra satisfacción de su revés en Germania. Hacia el año 47 d. C, los queruscos se encontraban tan mermados por las querellas internas y las interminables guerras con los catos que pidieron al emperador Claudio que les diera un rey. Claudio les envió al nieto de Sigimer y sobrino de Arminio. El nuevo rey de los queruscos era Itálico, hijo de Flavio, el oficial romano hermano de Arminio.

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