Historia Antigua, Historia Universal

Persépolis

Palacios inmensos, jardines paradisíacos, puertas monumentales… La nueva capital construida por Darío I estaba pensada para impresionar a los súbditos del Gran Rey que acudían a rendirle pleitesía y ofrecerle sus tributos: Persépolis puede ser calificada como la cumbre del arte persa de la época Aquemérida y uno de los restos arqueológicos más relevantes de oriente y del mundo, vestigios de la gran época de esplendor persa. Cuando, en torno al año 515 a.C., las delegaciones de los pueblos sometidos por los persas llegaron por primera vez a Persépolis para entregar sus tributos a Darío I con ocasión de las celebraciones del Año Nuevo, su sorpresa debió de ser mayúscula. En otras ocasiones, al acudir a la corte persa en Pasargada o en Susa, ya habían podido contemplar construcciones de extraordinaria grandeza y exuberancia, pero ninguna igualaba la nueva capital que Darío empezó a construir entre 518 y 516 a.C. en el corazón mismo de la región de Fars.

El Gran Rey la denominó Parsa, por el nombre del pueblo persa; más tarde los griegos la llamarían Persépolis, «la ciudad de Parsa». Siglos después, cuando se olvidó la conexión de este complejo monumental con los reyes aqueménidas, se lo vinculó al gran rey mítico de Irán, ğamšid, y recibió el nombre de Taxt-e ğamšid, «el Trono de ğamšid», como se le conoce actualmente. La capital inicial del Imperio persa aqueménida era Pasagarda, pero en el año 512 a. C. el rey Darío I el Grande emprendió la construcción de esta capital, ampliada posteriormente por su hijo Jerjes I y su nieto Artajerjes I.Darío I decidió establecer una nueva capital siendo valorada esta decisión como su voluntad de distinguirse de la rama principal de los aqueménidas, que estaban muy unidos a la ciudad de Pasargada. Persépolis ya debía ser importante como lo atestigua la presencia de palacios y de puertas monumentales que se remontan a Ciro y Cambises III, así como una tumba inacabada muy importante. Las tablillas babilonias muestran que se trataba de un centro urbano desarrollado, activo y poblado, que tenía relaciones comerciales con Babilonia y era capaz de asegurar los medios logísticos y alimenticios para una obra de esta magnitud. Mientras las capitales administrativas de los reyes aqueménidas fueron Susa, Ecbatana y Babilonia, la ciudadela de Persépolis tenía una función de capital ceremonial, donde se celebraban las fiestas de Año Nuevo. Era una residencia real poco conveniente y era visitada principalmente en primavera. 

Dario hizo erigir la terraza, los palacios (Apadana, Tachara), las salas del Tesoro, así como las murallas, pero no se sabe con exactitud la fecha de cada obra. La única indicación irrefutable es suministrada por las tablillas que indican de la existencia de actividad constructiva al menos desde el año 509 a. C., cuando se empezaron a construir sus murallas. Las construcciones de Darío fueron acabadas y completadas por sus sucesores: su hijo Jerjes I añadió al complejo la Puerta de todas las Naciones, el Hadish, o incluso el Tripylon, y siguió con Artajerjes I. El sitio permaneció en construcción hasta, por lo menos, el año 424 a. C. y quizás hasta la caída del Imperio persa: una puerta quedó inacabada, así como un palacio atribuido a Artajerjes III.

Al acercarse desde el oeste por la llanura, las delegaciones podían ver cómo, detrás de las construcciones de una ciudad, se alzaba una amplia plataforma de piedra de 15 metros de altura, sobre la que a su vez se levantaba el sensacional pórtico del Apadana, la sala de audiencias de los grandes reyes persas. Sus columnas de 20 metros de altura hacían que la construcción alcanzara en total los 40 metros. Este ingenioso método para conseguir un espectacular efecto visual, nunca antes utilizado, sería imitado más tarde por algunos templos griegos en la Acrópolis de Atenas y en Asia Menor. La plataforma, que se extendía por la ladera suroeste del monte Kuh-e Rahmat o monte de la Misericordia, tenía dimensiones impresionantes, 300 por 455 metros, y estaba cubierta por monumentales edificios y espléndidos jardines. Construcciones posteriores fueron reduciendo paulatinamente la presencia de los jardines, pero en tiempos de Darío I ocupaban aún la mayor parte de la superficie de la plataforma. Un complejo sistema de canalizaciones y alcantarillado garantizaba el riego, al tiempo que evitaba que las aguas procedentes de la montaña deteriorasen o inundasen la terraza y sus fundamentos. El acceso a la plataforma elevada se hacía por el lado sur. Al acercarse a él, las delegaciones veían una gran inscripción en persa, elamita y acadio en la que el Gran Rey establecía los fundamentos de su poder y recordaba a las delegaciones que se acercaban que habían sido sometidas por el soberano tras un período convulso al comienzo de su reinado y que debían pagar tributo: «Yo soy Darío, el Gran Rey, Rey de Reyes, rey de muchas naciones, hijo de Hystaspes, un descendiente de Aquemenes. Por la voluntad de Ahura Mazda éstas son las naciones de las que yo me he apoderado con el ejército persa, que me temen y dan tributo: Elam, Media, Babilonia, Arabia, Asiria, Egipto, Armenia, Capadocia, Lidia, los jonios del continente y los del mar y las naciones que están más allá del mar: Sagartia, Partia, Drangiana, Areia, Bactria, Sogdiana, Corasmia, Sattagidia, Aracosia, India, Gandara, los escitas y Maka».

Sobrecogidas, las distintas delegaciones ascendían con sus tributos a través de una imponente escalinata que, siguiendo un pasillo amurallado, conducía a la puerta de Todas las Naciones, un edificio cuadrangular de casi 25 metros de lado sostenido por cuatro columnas de 16,5 metros de alto y que contaba con un pórtico de entrada y otro de salida. Ambos pórticos estaban adornados con dos enormes lamassu, divinidades protectoras asirias que se representan habitualmente con cuerpo de toro o león, alas de águila y cabeza humana.Al salir por el norte de la puerta de Todas las Naciones, los delegados se topaban de frente con la escalinata monumental que llevaba a la majestuosa sala de audiencias, el Apadana, el edificio más elevado de la plataforma.Probablemente en la primera visita de las delegaciones, y durante algún tiempo, este asombroso edificio permaneció inconcluso.En la fachada oriental del Apadana se desplegaba un friso en el que se había representado mediante bajorrelieves justamente la escena de la entrega de los tributos al soberano.Desde allí las delegaciones se dirigían hasta la gran sala de audiencias, ascendiendo por las dos escalinatas del sureste de la fachada. Accedían a un pórtico con baldosas, decoradas de manera que el conjunto imitaba una enorme alfombra de piedra. Luego entraban a través de una monumental puerta metálica a la gran sala. El trono estaba en el centro de ésta, bajo un baldaquino, y sentado en él se hallaba el gran rey tal y como lo acababan de ver representado en el relieve del friso. Todas las delegaciones, con sus variopintos tributos –camellos, caballos, objetos de oro, plata y marfil…–, cabían en esta enorme sala de 3.600 metros cuadrados, cuya techumbre la sostenían 36 enormes columnas de 20 metros de alto. Una vez presentados los tributos al rey y finalizadas las pompas, algunos delegados acudían a un edificio administrativo: el Tesoro. Había un único acceso y antes de entrar cada delegado era registrado en unos espacios reservados al efecto. A continuación atravesaban un largo pasillo sin puertas a cuyos lados se hallaban los almacenes reales, donde se guardaban los tributos aportados por las delegaciones y las tablillas de barro en las que se registraban. Al final del pasillo los delegados eran recibidos en una gran sala por los más altos funcionarios del Estado, que tomaban y consignaban los tributos.Los delegados de mayor rango se dirigían, por su parte, a la oficina real donde despachaba el rey, llamada tacara. Estaba construida sobre un basamento de unos 2,5 metros de altura, y los marcos de puertas y ventanas estaban formados por enormes bloques de piedra realizados con gran maestría; una ventana, por ejemplo, fue construida en un solo bloque de piedra de 18 toneladas. Darío debía de estar especialmente orgulloso de estos marcos, pues hizo grabar en cada uno de ellos la siguiente inscripción: «Marcos de piedra construidos en la casa del rey Darío». Este edificio se salvó del incendio provocado por Alejandro y durante siglos acogió a viajeros que visitaban admirados las ruinas de Persépolis y gustaban de llenar sus enormes marcos de piedra con grafitis e inscripciones.

Arquitectos lidios y jonios contratados en las obras de Pasargada, trabajarán más tarde en las de Persépolis y Susa, y serán quienes realizaran los principales elementos; se han encontrado grafitis en griego en las canteras próximas a Persépolis, que mencionan los nombres de los jefes canteros. Estos arquitectos jugarán un papel fundamental en la eclosión del estilo persa. Pero la influencia de Mesopotamia está también muy presente, en particular en la fórmula palatina asociada a dos palacios, uno para la audiencia pública y otro para la audiencia privada. Esta influencia es también visible en los motivos de palmetaso de rosetones florales que decoran relieves y palacio, o en los merlones dentados que recuerdan la forma de los zigurats, y que adornan las escaleras de los palacios. Los relieves esmaltados y policromos son de inspiración Babilonia. Los ortostatos adornados con bajorrelieves de la Apadana, los hombres-toros alados de las puertas son de estilo asirio. Presente en el Medio Oriente antes de los persas, el principio de los espacios internos creados para los soportes y techos de madera, la sala hipóstila llega a ser el elemento central del palacio, pero aquí las salas hipóstilas están destinadas a las multitudes y no sólo a los sacerdotes como en Grecia o en Egipto.La mayoría de las columnas eran de madera, y reposaban eventualmente sobre una base de piedra; todas han desaparecido. Sólo cuando la altura era demasiado importante era utilizada la piedra: en la Apadana, en la Puerta de las Naciones.Como todos los palacios aqueménidas, los de Persépolis tenían sistemáticamente los muros de adobe, lo que puede parecer sorprendente en una región donde la piedra de construcción está disponible en cantidad. Es, de hecho, una característica común a todos los pueblos de Oriente, que han reservado los muros de piedra a los templos y a las murallas. Ningún muro de Persépolis ha sobrevivido pues, los elementos aún en pie son los marcos de las puertas y las columnas de piedra.

Bajorelieves decoran sistemáticamente las escaleras, los lados de las plataformas de los palacios y el interior de los vanos. Se supone igualmente que eran utilizados en la decoración de las salas hipóstilas. Se pueden ver las inspiraciones egipcias y asirias, incluso griega por la fineza de la ejecución. La evidencia de múltiples colores en numerosas obras en la mayoría de los palacios atestigua la riqueza y la omnipresencia de pinturas policromas en Persépolis. Dichos colores eran utilizados no sólo en los elementos arquitectónicos (muros, relieves, columnas, puertas, suelos, escaleras, estatuas), sino también en los tejidos y otras decoraciones. Ladrillos barnizados, revestimiento de suelos de cal coloreada con ocre rojo o suelos yesosos verde grisáceos, columnas pintadas y otras colgaduras engalanaban así de múltiples colores los interiores y exteriores de los palacios.

Pero Persépolis no contaba con defensas sólidas. Alejandro Magno, en su campaña de Oriente, en el año 330 a. C. ocupó y saqueó Persépolis; tras haber tomado Persépolis en el año 331 a.C., Alejandro dejó allí una parte de su ejército y continuó su marcha hacia el este. No regresó a la ciudad hasta algún tiempo después. Al final de un día de borrachera en honor de la victoria, el y sus compañeros, lanzaron antorchas sobre las suntuosas alfombras que colgaban de las enormes paredes de ladrillo vidriado y destruyeron completamente la Apadana. Tan sólo quedó en pie una columna.

La destrucción de Persépolis marca el fin del símbolo del poder aqueménida. El primer Imperio persa desapareció completamente con la muerte de Darío III, último emperador de su dinastía. La helenización comenzó con los seléucidas. Persépolis continuó siendo utilizada por las dinastías persas sucesivas. La ciudad baja fue abandonada progresivamente en beneficio de su vecina Istair en la época parta. Hay una inscripción en pahlavi querelata como un hijo de Ormuz I dio un banquete y procedió a ofrecer un servicio de culto, en consecuencia, la ciudad pudo seguir como lugar de culto durante varios siglos después del incendio de 330 a. C. Persépolis sirvió igualmente de referencia arquitectónica para ciertos elementos de las construcciones sasánidas como el palacio de Firuzabad.

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