Zenobia, reina de Palmira

martes, 23 de octubre de 2018

Tras la muerte de Septimio Odenato (asesinado por su sobrino Maconio en el 267) rey de Palmira y de su posterior Imperio, viuda y con un bebé, la nueva regente no tenía ninguna otra ambición más que sobrevivir al luto, y sin embargo terminó por convertir a la ciudad de Palmira en un breve Imperio que eclipsaría a Roma hasta la fecha de su captura por las huestes del emperador Aureliano en el 272.Con Zenobia de Palmira, aquella tierra pasó a representar la expresión estética del poder y de un nuevo amanecer político. Tal como dictaba la costumbre de aquel tiempo -la cual hoy día no suena ni tan ajena ni tan lejana por esos lugares- la figura de la mujer permanecía al margen de las decisiones familiares y del Estado. Sin embargo, quizás por esa naturaleza brava innata a una madre, Zenobia habló fuerte y claro para hacer prevalecer su voluntad y así empezar a construir un Imperio para su hijo Vabalato. Zenobia, como otras grandes mujeres antes y después de ella, demostró que el poder no es un asunto de género si no de visión. Y ella la tenia.

La ciudad de Palmira, en el centro de la actual Siria, se alzaba en una encrucijada entre Occidente y Oriente, entre el mundo mediterráneo regido por Roma y los grandes imperios asiáticos. Incorporada a Roma a mediados del siglo I d.C., Palmira se convirtió en una floreciente ciudad enriquecida enormemente gracias al comercio que discurría por el Próximo Oriente. La «perla del desierto», como se la conocía, era punto neurálgico y parada obligada en la ruta de las caravanas que atravesaba los yermos de aquellos parajes.

Lucio Septimio Odenato recibió la ciudadanía romana durante el reinado de la dinastía Severa, convirtiéndose en una de las familias principales de Palmira a partir de la década de 190. El año en que Odenato se hizo regente de Palmira es desconocido, pero en una inscripción marcada con la fecha del año 258 ya es descrito como «ilustre cónsul nuestro señor». Con Odenato, se iniciará un nuevo modelo de gobierno monárquico en en Palmira. Este territorio que tecnicamente pertenecía a los dominios del Imperio romano tenía dos alternativas posibles: bien la comunión con Roma o bien una violenta absorción por parte del Imperio sasánida. Cuando el emperador Valeriano fue derrotado y capturado por los Persas en el 260 durante una campaña de Roma en Oriente Medio, las provincias orientales del imperio quedaron vulnerables y expuestas a los persas. La idea de una supremacía persa en la región no era algo deseable para Palmira y su regente. Inicialmente Odenato intentó sobornar al monarca persa Sapor I pero cuando sus presentes fueron rechazados​ decidió apoyar la causa de Roma. La neutralidad que había creado la prosperidad de Palmira fue abandonada en pro de una política militar activa. Atacó las fuerzas persas que retornaban tras el saqueo de Antioquia y les infligió una gran derrota antes de que pudieran atravesar el río Éufrates.

Tras ser proclamados dos emperadores en el Oriente en el 261, Odenato tomó parte por Galieno, el hijo y sucesor de Valeriano. Atacó y mató al usurpador Quieto en Emesa y fue recompensado por su lealtad con una posición excepcional (262). Ya había asumido el título de rey anteriormente, sin embargo ahora se le nombró totius Orientis imperator, no simplemente un regente, ni un Augusto, sino líder independiente de todo el Oriente romano. En una serie de campañas rápidas y exitosas, Odenato atravesó el río Éufrates y capturó Edesa, recuperando Nísibis y Carras. Incluso tomó la ofensiva contra Persia y atacó por dos veces la capital, Ctesifonte. También trajo a Armenia de vuelta al Imperio romano. Esas victorias restauraron el dominio romano en el Este. Septimio Odenato se había casado dos veces y del primer matrimonio tuvo al que pudo haber sido su heredero Septimio Herodiano -también conocido como Herodes de Palmira, o Hairan I-. Odenato celebró sus victorias en el Este, compartiendo el título oriental de «Rey de Reyes» con su hijo mayor Hairan, hijo de su primer matrimonio.En el 267 estaba a punto de atacar a los godos en Capadocia junto con su hijo y co-rey cuando sus ambiciones se vieron frustradas por una intriga palaciega: ambos fueron asesinados por el sobrino del rey, Maconio, quedando como único sucesor al trono un bebé de un año llamado Vabalato.

El reino de Palmira a la muerte de Odenato

Zenobia, madre de Vabalato, era la segunda esposa de Odenato. Ella sucedió a su esposo y gobernó Palmira como regente del menor. Nada más enterrar a Septimio,tomó el poder en nombre de su joven hijo y heredero Vabalato y mandó ejecutar al autor del asesinato de su esposo. Deseaba legar a su hijo una Palmira independiente del Imperio romano, una ciudad que hiciera sombra a sus magnánimos templos, plazas y monumentos, de una nueva fuerza que inspirase temor y respeto a las legiones de Roma. Estaba dotada de una astucia política y de una capacidad de persuasión excepcionales. En el 267 toma la regencia de Palmira y tres años después, fue proclamada reina. Inicialmente, no discutió la incómoda subordinación al Imperio romano, por lo que Vabalato y su madre fueron nombrados Augustos. Zenobia inició importantes proyectos de fortificación -según las fuentes la muralla que protegía Palmira tenía un radio de 21 kilómetros de circunferencia- y de embellecimiento de la ciudad que contaba entonces con una población que superaba los 150.000 habitantes. Templos, teatros, monumentos, jardines y edificios públicos, se convirtieron en el símbolo de la nueva Palmira imperial. 

Pero Zenobia se apresuró a terminar con la ficción de la aparente sumisión de Palmira y sus dominios al emperador de Roma, Galieno. Poco a poco, en una inteligente política (al parecer aconsejada por el filósofo y sofista griego Longino), Zenobia fue dejando claro que su reino era totalmente independiente de Roma. Aprovechando las disputas en el interior del imperio romano por el liderazgo del mismo y el vacío de poder en el Imperio sasánida, el reino de Palmira se sublevó. 

Zenobia sería recordada por la historiografía por su gran capacidad de organización y estrategia militar. En 269, al frente de su ejército (un gran ejército formado por arqueros y catafractos) conquistará Egipto, con la ayuda de su aliado egipcio, Timágenes. El prefecto romano de Egipto y sus tropas trataron de expulsarles pero fueron derrotados y el propio prefecto será decapitado. Zenobia se proclamó reina de Egipto y acuñó monedas con su nombre. En ese momento su reino se extendía desde el Nilo hasta el Éufrates. Continuo su expansión conquistando Anatolia hasta Ancira y Calcedonia, y más tarde Siria, Palestina y el Líbano. Zenobia llegó a ser conocida como la «reina guerrera del Este» al dirigir personalmente a su ejército, demostrando ser una buena jinete y al mismo tiempo ser capaz de caminar junto a sus soldados.

Zenobia supo aprovechar el momento de debilidad que atravesaba el Imperio romano, sometido a fuertes tensiones territoriales, desde la lejana Hispania hasta el Éufrates. La orgullosa reina se permitió despreciar a Galieno y a sus generales, cuyos ejércitos rechazó con contundencia. Y el siguiente emperador romano, Claudio II Gótico, empeñado en una guerra sin cuartel contra los godos y los alamanes que presionaban las fronteras septentrionales del Imperio, no tuvo más remedio que reconocer la soberanía de Zenobia de Palmira. Sin embargo, ésta pronto debería hacer frente a un adversario más temible que los anteriores: Lucio Domicio Aureliano, un curtido general al que sus legiones del alto Danubio proclamaron emperador en el año 270. Este duro militar no sólo culminó la guerra gótica de su antecesor con una victoria contra los alamanes y repelió la invasión bárbara del norte de Italia, sino que restauró el dominio de Roma sobre las díscolas provincias de la Galia, Britania e Hispania, que aún se hallaban bajo el mando del usurpador Tétrico. También recuperó el orgullo y la disciplina de las legiones romanas, imponiendo un severo código de conducta. Tras esto, el emperador y sus legiones del Ilírico marcharon sin dilación a restaurar el poder de Roma en Oriente. 

El propio Aureliano se encargó en persona del sometimiento de la altiva reina de Palmira. Zenobia fue poco a poco despojada de sus posesiones territoriales y de sus aliados a medida que avanzaban las legiones romanas. El último recurso de la reina fue encerrarse tras los muros de su espléndida capital y confiar en que sus arqueros y su caballería de catafractos pudieran repeler a las legiones. No fue una campaña fácil para Aureliano, que tuvo que atravesar el desierto sirio hostigado por la táctica de guerrilla de los árabes de Zenobia. El romano no subestimaba a su enemigo, pese al desprecio de sus compatriotas por un ejército mandado por una mujer. Cuando al fin llegó ante los muros de Palmira, y tras ver rechazados sus ofrecimientos de una salida negociada, montó las máquinas de asediar y se dispuso para el largo sitio. Zenobia esperaba que los romanos desesperasen pronto por el hambre y las durezas del clima desértico, pero Aureliano organizó adecuadamente el abastecimiento de sus tropas, a la vez que privaba a Palmira de cualquier suministro o ayuda exterior. La muerte de rey persa Sapor, conmovió todo el Oriente y le permitió concentrarse plenamente en el sitio.

Desesperada, la reina de Palmira intentó huir con sus veloces dromedarios hacia Persia, pero fue capturada cuando ya había alcanzado el Éufrates. La ciudad tardó poco en rendirse a los romanos, poniendo todos sus tesoros a sus pies.Las crónicas relatan la escena de la rendición de la reina. Zenobia se postró ante su conquistador, y cuando éste le reprochó haberse sublevado contra Roma, ella repuso hábilmente que los emperadores anteriores habían sido indignos de su obediencia y, a la vez, culpó de su política antirromana a su consejero Longino, que fue ejecutado inmediatamente. Finalmente, parece que Zenobia fue llevada por Aureliano a Roma para celebrar allí un fastuoso triunfo, en el que la reina desfiló prisionera junto con el usurpador occidental Tétrico. Así restauraba Roma su soberanía perdida.

El destino posterior de Zenobia está menos claro. Hay quien dice que murió poco después de su llegada a Roma, bien por enfermedad o por decapitación. Otros refieren que Aureliano, impresionado por su belleza, la perdonó y le concedió un dorado exilio en una villa en Tívoli, donde vivió en el lujo el resto de sus días como una filósofa de la alta sociedad romana. Alguna inscripción siglos más tarde apunta a que su descendencia siguió contándose entre las familias nobles romanas.

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