El asalto romano de Masada

lunes, 21 de mayo de 2018


70 d.C.: Jerusalén a caído a sangre y fuego a manos de las legiones de Tito, hijo del emperador Vespasiano. Sus habitantes han sido masacrados y la ciudad y el Templo de Salomón totalmente saqueados y arrasados. Tito y sus lugartenientes creían haber aplastado así, de manera definitiva, la gran rebelión judía contra Roma iniciada cuatro años antes. En el año 66 d. C., setenta años después de la muerte de Herodes, dio comienzo la primera guerra judeo-romana debido a las tensiones religiosas entre judíos y griegos.  En el 70 d.C., quedaban ya tan sólo algunos pequeños reductos rebeldes, particularmente en tres fortalezas que se alzaban a orillas del mar Muerto. Dos de ellas, Maqueronte y Herodion, no tardaron en caer. Pero la tercera presentaría una encarnizada resistencia y obligaría a los romanos a organizar una de las mayores y más arduas operaciones de asedio de la historia de Roma: Masada.

Al estallar la rebelión judía en 66 d.C., un grupo de rebeldes liderados por un tal Menahem se apoderó de la plaza fuerte y degolló a la guarnición romana compuesta por una de las diez cohortes de la Legio III Gallica que se hallaba estacionada en Masada desde el despliegue de la legión en la provincia en el año 44, cuando Judea pasó a ser gobernada de nuevo por un procurador romano tras la muerte de Herodes Agripa I.

Estos rebeldes pertenecían a un grupo de judíos extremista, los sicarios, denominados así por el puñal o sica que solían emplear. Hay que tener en cuenta que la sociedad judía de este momento estaba fragmentada en facciones dentro de otras facciones, la mayoría de ellas ultranacionalistas y contrarias a la ocupación Romana. Los sicarios eran a su vez un subgrupo dentro de los zelotas, un movimiento que propugnaba el uso de la violencia para liberarse del yugo romano y acelerar la venida del Mesías. Pero a ojos de los romanos, los sicarios no eran más que criminales que utilizaron la revuelta contra Roma como pretexto para sus excesos, según recogía Flavio Josefo, el principal cronista de la guerra. De hecho, pese a tomar Masada al principio de la guerra, los hombres de Eleazar ben Yair no combatieron contra los romanos, sino que se dedicaron a asolar la región del mar Muerto desde su base en Masada, protagonizando «hazañas» como el saqueo de la vecina población judía de Eingedi, donde mataron a setecientas personas.

vista de la ciudadela de Masada con los restos de la rampa de asedio romana

Masada se encuentra sobre un imponente promontorio rocoso que se alza 450 metros sobre el nivel del mar Muerto, a unos 5 km de la costa sudoccidental de este mar y frente a la antigua península de Lisán, próxima por tanto a la frontera con Jordania. Su forma, si bien irregular, es similar a la de una pirámide truncada, con un plano superior cuya altura es de unos 450 metros sobre el nivel del mar Muerto, con una cota de 63 metros sobre el nivel del mar Mediterráneo. Las dimensiones máximas de esta meseta son de 645 m de longitud y 315 m de anchura, conformando un espacio romboidal cuya superficie es de 9,3 hectáreas. Este emplazamiento había sido utilizado como fortaleza desde el siglo II a.C., pero será Herodes el Grande, rey proromano de Judea (hoy diríamos satélite) entre los años 37 y 4 a.C., quien la habilitó como una ciudadela regia, construyendo una muralla, una torre de defensa, almacenes, cisternas, cuarteles, arsenales y residencias para los miembros de la familia real. 

Ante la amenaza que suponía el incipiente expansionismo de la vecina reina Cleopatra VII de Egipto (amparada por Marco Antonio) y una vez controlada Judea, Herodes decidió fortificar Masada, aprovechando sus excelentes condiciones geográficas (aislada en el desierto de Judea y alejada de núcleos habitados) y sus defensas naturales, rodeada como estaba por infranqueables acantilados. 

Pero Masada no sólo era una fortaleza contra amenazas exteriores; otra de sus funciones era la de refugio frente a su propio pueblo, ya que la mayoría de los judíos detestaban a Herodes por su origen idumeo, por restablecer el dominio romano y por eliminar a los últimos asmoneos. También habría de servir como lugar de descanso personal y para albergar visitas de otros dignatarios que pudieran disfrutar con las impresionantes vistas del desierto de Judea, del oasis de Ein Guedi, del mar Muerto y de las montañas de Moab.



Desde el año 6 d.C. había estacionada allí una guarnición romana. Durante los años que duró la guerra contra Roma los sicarios modificaron las construcciones de la fortaleza adaptándolas a sus necesidades y prácticas religiosas. Construyeron talleres y pequeñas viviendas separadas por tabiques, donde los arqueólogos han hallado utensilios de uso cotidiano como recipientes de piedra para la comida, ideales para evitar cualquier impureza ritual descrita en la ley judía. También se construyeron baños para abluciones rituales (en hebreo, mikvaot) y una panadería y adaptaron a sus necesidades la sinagoga, construyendo otro banco corrido, algo que sugiere la necesidad de dar cabida a muchas más personas de las que habían acogido estas construcciones en origen, cuando sirvieron únicamente para el rey, su familia y algunos cortesanos. 

En las excavaciones de la sinagoga se descubrieron fragmentos de cerámica (ostraca) con la inscripción «diezmo de los sacerdotes», lo que significa que se preocuparon de pagar el impuesto debido al templo de Jerusalén, así como una geniza, un hoyo excavado en la tierra para albergar los textos sagrados que, por su estado de deterioro, ya no fuesen aptos para el culto. Todo ello indica que los sicarios eran fervientes cumplidores de la Ley de Moisés, aunque en una versión radical que, a su modo de ver, les autorizaba a quitar la vida tanto a cualquier enemigo de Israel como a los compatriotas que no cumplieran sus exigencias de fidelidad a la Ley.

A lo largo de la guerra, la fortaleza de Masada fue acogiendo a una multitud de judíos que huían de la destrucción que ya se extendía por todo el país. Además de los sicarios, las excavaciones han sacado a la luz restos que demuestran que en la cumbre de Masada se refugiaron samaritanos (una comunidad de ascendencia judía tachada de impura por los judíos) así como esenios, secta ascética judía que poseía una comunidad en Qumrán, no lejos de Masada. Los sicarios encontraron en la fortaleza un arsenal suficiente para equipar un ejército de diez mil hombres, e importantes reservas de metal (hierro sin trabajar, bronce y plomo) para fabricar nuevas armas y municiones. Los almacenes estaban surtidos de trigo, leguminosas, aceite, dátiles y vino, bien conservados gracias al ambiente árido del desierto circundante.​ Los fértiles huertos de la cima podían proporcionar alimentos frescos, y los canales excavados en la roca calcárea capturaban y conducían el agua de lluvia a las cisternas subterráneas. La fortaleza estaba por tanto preparada para resistir un sitio prolongado. Una fortaleza aparentemente inexpugnable, bien abastecida, en medio del desierto, habría sido la pesadilla de cualquier ejercito, pero no para ejercito romano.


Dos años después de la caída de Jerusalen, los sicarios aún continuaban en Masada, lanzando pequeños ataques a unidades romanas y aldeas de la zona. A comienzos del año 73 d.C., Lucio Flavio Silva, gobernador romano de Judea marchó hacia la fortaleza dispuesto a asediarla con un ejército compuesto por una legión romana (la Legio X Fretensis), cuatro cohortes auxiliares (una de ellas miliaria y otra equitata) y dos alas de caballería. Flavio Josefo cuenta que, cuando los romanos llegaron al pie de la montaña de Masada, arriba había 960 rebeldes liderados por Eleazar Ben-Yair, muchos de ellos no combatientes, ancianos, mujeres y niños. Los abundantes víveres de que disponían los sitiados llevaron a los romanos a desestimar la idea de rendirla por hambre y a recurrir al método de asedio regular,longinqua oppugnatio, que combinaba obras de bloqueo para impedir el aprovisionamiento y la huida,la circumvallatio, y obras expugnatorias para favorecer el ataque: en este caso, la construcción de una rampa o agger para subir una torre de asalto dotada de un ariete hasta el pie de la muralla.


campamentos y muralla romana de Masada, en la actualidad

Para albergar estas tropas dispuso la creación de ocho campamentos (dos principales y seis auxiliares) que rodearan la fortaleza, ubicados tanto en la planicie occidental como en la llanura costera oriental, que pudieran acoger un contingente de 9.000 hombres, entre legionarios y auxiliares, a los que habría que sumar seguidores y prisioneros judíos esclavizados. 

Después, en un plazo estimado de una semana, a lo sumo dos, levantaron un muro que rodeaba la montaña, de unos dos metros de alto, tres de anchura y 3.700 de longitud, con catorce torres de vigilancia. Esta estructura servía no sólo como cuartel, sino también para evitar fugas de los sitiados y defenderse frente a incursiones exteriores.

Sumando tropas y esclavos eran más de 15.000 hombres (sin contar los mil caballos de las unidades de caballería), para los que necesitaban diariamente 16 toneladas de alimentos. Todos estos suministros venían de Jericó o Jerusalén, a más de 90 kilómetros por el desierto, por lo que cada día, 400 mulos cargados de suministros iban y venían por una carretera que tuvieron que construir a tal efecto atravesando el desierto de Judea. Cada día durante los siete meses que duró el asedio.  En la depresión del mar Muerto, a 400 metros por debajo del nivel del mar, las temperaturas de hasta 50 ºC en verano y las heladas en invierno impedían practicar la agricultura. Tampoco tenían agua, que debían transportar desde Eingedi, a varios kilómetros de distancia y el contingente romano necesitaba de unos 23.000 litros de agua diarios



Desde la seguridad de su fortaleza, los sicarios se mofaban de los romanos y de su inútil (pensaban ellos) asedio. Pero los ceñudos romanos, nunca cesaban en su empeño. Situadas y acantonadas debidamente las tropas y dispuesto todo para mantener el cerco de la fortaleza, Silva ordenó erigir sobre una arista natural del flanco oeste del macizo, una rampa de 75 metros de altura, 225 de longitud y una inclinación del 33,3% . Josefo no indica que los sitiados atacaran esta obra o intentaran frenarla. En las obras, que duraron siete meses, se empleó a judíos apresados durante la guerra. Poco a poco, las mofas y chanzas de los judíos fueron tornando en silencio y preocupación, ante el lento pero constante y metódico avance romano. Una vez concluida la rampa y la plataforma que la culminaba, se hizo subir por ella una torre de asalto reforzada de hierro de unos 18 metros de alto. Según Josefo, los disparos de las ‘ballistas’ de la torre “ahuyentaron a los judíos que estaban peleando desde el muro, y les impidieron que osasen ni a asomar la cabeza”.

Asalto a la ciudadela de Masada. A la izquierda, puede apreciarse la rampa de acceso romana y en lo alto, la torre de asalto
En este momento los romanos inician el asalto a la ciudad, propiamente dicho; logrando derribar un tramo de la muralla mediante los golpes de su ariete. Los defensores judíos, no sin gran esfuerzo, lograran cerrar la brecha con maderas y piedras. Flavio Josefo cuenta que entonces se produjo un incendio seguido de un cambio de dirección del viento que, por un instante, amenazó la integridad de la torre romana, ante lo que se detendrá el ataque. No había caído Masada, pero tanto romanos como judíos sabían que sólo era cuestión de tiempo. El día antes de que los romanos penetraran en la ciudadela los hombres se reunieron (posiblemente en la sinagoga, ya que era el lugar de reunión habitual y donde se trataban los temas importantes) y Eleazar ben Yair se dirigió a ellos para proponerles su plan: lo mejor era quitarse la vida para ahorrarse el oprobio de verse humillados por los romanos. Puestos todos de acuerdo, quemaron sus posesiones y víveres, aunque respetando una parte para dejar claro a su enemigo que no morían por falta de abastecimiento. Luego, puesto que la ley judía prohíbe el suicidio, cada hombre se encargó de dar muerte a su esposa e hijos (es curioso que se condene el suicidio pero no el asesinato). A continuación, sortearon diez hombres que dieron muerte al resto y, por último, uno de ellos mató a los otros nueve antes de, éste sí, suicidarse.  Cuando al amanecer del 14 de abril del 73, siete años después del comienzo de la Gran Revuelta Judía, los romanos lograron atravesar la muralla se encontraron con una montaña de más de 950 cadáveres y sólo siete supervivientes: dos ancianas y cinco niños que se habían escondido y que contaron lo que había ocurrido en la cumbre de Masada durante el asedio.

Para conmemorar la victoria, Roma acuñó una moneda con la leyenda Iudaea capta. Tras acoger un cenobio bizantino el recuerdo de Masada se perdió durante casi mil novecientos años, hasta que su «redescubrimiento» a mediados del siglo XX la convirtió en símbolo de la tenacidad judía por conservar su independencia y libertad.

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