Historia Antigua, Historia Medieval, Historia Universal

El fuego griego

Constantinopla, la segunda Roma, sobrevivió toda la Edad Media a los repetidos ataques cristianos y musulmanes; las murallas de la ciudad, su poder militar, su capacidad de adaptarse a los tiempos sin renunciar a las tradiciones romanas…. muchos elementos explican la longevidad del Imperio bizantino, pero ninguna responde a la pregunta de cómo pudieron prevalecer ante asedios que llevaron a miles de naves a sus puertas. Un arma secreta, incluso hoy imposible de desentrañar, salvó al menos en dos ocasiones al imperio bizantino de su destrucción. Los los bizantinos guardaron celosamente el secreto e incluso hoy se desconoce la composición exacta de la fórmula original perdida en los saqueos de Constantinopla de 1204.

El fuego griego recibió muchos nombres en la Antigüedad: “fuego romano” para los árabes, “fuego griego” para los cruzados que se dirigían a tierra santa y “fuego bizantino” para los otomanos. Entre los siglos VII y XIII, el Imperio bizantino empleó una sustancia inflamable en las batallas navales y en los asedios contra Constantinopla, que le daba una clara ventaja táctica y tecnológica contra enemigos con recursos y hombres muy superiores. Era un arma incendiaria capaz de arder sobre el agua o incluso en contacto con ella, y extremadamente difícil de apagar. Su invención se le atribuye a un ingeniero militar llamado Callínico, procedente de la actual Siria, que llegó a Constantinopla en los días previos al primer gran asedio árabe de 674. Se cree, no obstante, que el propio Callínico se basó en los trabajos del alquimista, astrónomo e inventor griego Esteban de Alejandría, que se trasladó en 616 a Constantinopla.

Ilustración que aparece en el Skylitzes Matritensis, un manuscrito de la “Sinopsis de la historia” de Juan Escilitzes, que abarca los reinados de los emperadores bizantinos desde la muerte de Nicéforo I en 811 hasta la deposición de Miguel IV en 1057. El de la izquierda es un barco bizantino y el ataque es contra Tomás el Eslavo, un comandante militar que lideró una revuelta contra el emperador Miguel II, quien reinó de 820 a 829

Este fuego era capaz de arder sobre el agua y la única forma de apagarlo era asfixiándolo. Tratar de apagarlo con agua solo avivaba aún más la llama. Fue uno de los secretos militares mejor guardado de la historia y los técnicos que lo fabricaban no tenían contacto alguno con el mundo exterior, precisamente para preservar este secreto, hasta el punto de que hoy en día solo cabe especular sobre los componentes y las proporciones, sin que existan muestras o documentos que estudiar. La mezcla incluía probablemente nafta (una fracción del petróleo también conocida como bencina), azufre y amoníaco, si bien se desconocen los porcentajes de cada sustancia. El nafta haría que el líquido no se mezclara con el agua, mientras que el azufre actuaría como combustible. Otras investigaciones han propuesto dosis de cal viva, que al entrar en contacto con el agua eleva su temperatura hasta los 150 grados, o mezclas que contengan nitrato, salitre, resina o grasa. El nitrato aportaría el oxígeno necesario para que arda el combustible, como ocurre en los fuegos artificiales y la pólvora, que contiene un 75% de nitrato de potasio y un 15% de azufre. Con un combustible que arde (nafta y azufre) y una sustancia que aporta oxígeno (el nitrato), solo faltaría una chispa que encendiese el fuego; al entrar en contacto con el agua, la cal viva eleva su temperatura por encima de 150 ºC, por lo que actuaría como mecha encendiendo el combustible.

Los bizantinos usaban dos métodos para lanzar el líquido inflamable. Uno de ellos consistía en derramar a presión la sustancia a través de un inyector con un ajuste giratorio, después de que un brasero instalado en el barco calentara previamente la mezcla. Otro forma era llenando granadas de cerámica con el material y arrojándolas sobre los barcos enemigos, siempre buscando prender sus velas. Cuando el líquido rozaba el agua o alcanzaba cierta temperatura entraba en ignición e incendiaba las embarcaciones enemigas. Entonces se producían “truenos” y una aparatosa nube de humo. Los ingenieros navales bizantinos emplearon todo su ingenio a la hora de utilizar el arma y dotaron a sus barcos de dispositivos hidráulicos que, accionados por una bomba de mano, regaban con fuego la cubierta y las velas de los barcos enemigos. Los marineros y las tropas embarcadas dispondrían de los recipientes de cerámica rellenos de fuego griego para lanzarlos a modo de granadas de mano sobre las naves enemigas. Además de los efectos destructivos, hay que tener en cuenta que la sustancia resultaba tóxica para quienes la respiraban. Se sospecha que además tenía propiedades explosivas, algo increíble para el siglo VII, unos setecientos años antes de que la pólvora fuera introducida en Europa.

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En la antigüedad, griegos y romanos usaron líquidos inflamables parecidos, pero sin el poder del arma de Callínico. Más tarde árabes y cruzados intentaron copiarlo y solo consiguieron compuestos de peor calidad, y sin los devastadores efectos del fuego griego.

Durante año las acometidas árabes perecieron ante la superioridad de la flota bizatina. Cuando la lucha entre el Imperio bizantino y el Califato Omeya devino en el asedio de la gran ciudad, bajo el mando de Constantino IV , los omeyas fueron incapaces de abrir una brecha en las Murallas Teodosianas, que bloqueaban la ciudad a lo largo del Bósforo, y fueron derrotados a nivel marítimo gracias al invento de aquel sirio loco. La armada bizantina lo utilizó decisivamente para destrozar a la marina omeya en el mar de Mármara y en la posterior batalla de Silea, en las costas de Panfilia, en el año 678. Las naves árabes que asediaban Constantinopla fueron destruidas por el fuego griego o huyeron como consecuencia de la superstición de sus tripulantes, al contemplar una llama que ardía en el agua.

En el 717, las fuerzas musulmanas aprovecharon un periodo de inestabilidad bizantina para iniciar un nuevo asedio. Después de casi un año de cerco, una escuadra árabe compuesta por 400 naves de refuerzo se sumó a las 300 naves que mantenían el asedio en Constantinopla. Una superioridad numérica que no amilanó a la flota bizantina, que, recuperando la sustancia de Calínico, contraatacó por sorpresa hacia las naves árabes. Esto puso en fuga a los árabes y muchas naves fueron destruidas por el “fuego griego”, encaminando el asedio a su último desenlace. Estos dos asedios, donde el fuego griego fue esencial, determinaron la historia universal. De haber triunfado los árabes, es posible que la Europa del siglo VII no hubiese podido resistir el empuje islámico y sería ahora el Islam la civilización hegemónica en nuestros días. Por lo tanto, no sólo se salvó el Imperio griego, sino que también pudo sobrevivir la civilización occidental.

Las historias sobre el fuego griego son tan fabulosas que en ocasiones bordean el terreno de la ficción, pero sabemos que su efecto era devastador: una vez encendida, la misteriosa solución era capaz de engullir un barco y a su tripulación en cuestión de minutos. El poder del arma venía no sólo del hecho de que ardía en contacto con el agua, sino de que incluso ardía debajo de ella. En las batallas navales era por ello un arma de gran eficacia, causando grandes destrozos materiales y personales y extendiendo además el pánico entre el enemigo: al miedo a morir ardiendo se unía el temor supersticioso que esta arma infundía en muchos soldados y marinos, ya que creían que una llama que se volvía aún más intensa en el agua tenía que ser forzosamente producto de la brujería. Fuera del ámbito de la guerra marítima su importancia y efecto fue en realidad,escaso.

Pasada la sorpresa inicial de estos dos asedios, los árabes aprendieron a combatir este fuego, que en tierra resultaba poco útil y en el mar su empleo era limitado. Árabes, venecianos, písanos, normandos y demás rivales del Imperio bizantino aprendieron a contrarrestar los efectos del fuego griego y a neutralizar su valor táctico. Dado que el agua no podía emplearse para apagar las llamas, las crónicas relatan el uso de arena, vinagre e incluso orín para acabar con el ataque. El arma se continuó utilizando hasta 1204, cuando se perdió la fórmula original durante los saqueos y destrucción que sufrió Constantinopla en la cuarta cruzada.

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