Historia Medieval, Historia Universal

El acero de Damasco

En tiempos de los cruzados, las espadas de Damasco se convirtieron en armas legendarias. Abundaban leyendas de todo tipo sobre ellas, desde que se templaban introduciendo la hoja al rojo vivo dentro de los cuerpos de esclavos y prisioneros hasta las que llegaban a afirmar que tan insignes armas tenían poderes especiales de curación e incluso que fueron usadas por el mismísimo Alejandro Magno en sus conquistas militares. El sabio Averroes sostenía que los herreros de Córdoba extraían ese metal de “una piedra caída del cielo cerca de la ciudad“. En un encuentro entre el rey Ricardo Corazón de León y el sultán Saladino en Palestina, durante la Tercera Cruzada, para demostrar la fuerza de su mandoble, el rey de Inglaterra cortó una barra de hierro de un solo tajo; en respuesta Saladino tomó un cojín de seda y lo partió en dos con su cimitarra, abriéndose como si fuera de mantequilla. Los cruzados sospecharon que se trataba de un truco pero Saladino lanzó entonces un velo al aire y con su arma lo cortó en dos antes de caer al suelo.

La espada de Saladino era curva, ligera y de un azul opaco propio de los aceros de Damasco, tan renombrados y tan temidos pero, leyendas a parte, lo cierto y verdad es que durante siglos estas armas causaron el terror entre los caballeros y la frustración de los herreros cristianos de toda la Europa occidental que aunque trataron en vano de reproducirlas, no tenían ni idea de cómo obtener un acero de tal pureza.  La potencia legendaria de las hojas sarracenas ha estado siempre rodeada por un cierto misterio sobre el origen del acero de alta calidad con el que fueron hechas y es que las hojas de estas espadas eran excepcionalmente fuertes si se las doblaba y lo suficientemente duras como para conservar el filo, con lo que podían absorber los golpes en el combate sin romperse. Su filo permanecía inalterable y extraordinariamente cortante por continuado y severo uso que se hiciese de él. Eran realmente extraordinarias para su época. La hoja se caracterizaba por unos patrones distintivos de bandas y motas que recuerdan al agua que fluye o en un patrón de “escalera” o “lágrima”.

El acero de Damasco ha mantenido oculto su secreto hasta el siglo XX. Hoy sabemos más datos sobre su origen y su elaboración que despeja en parte su misterio. La descripción más antigua de las espadas de Damasco data del año 540 de nuestra era. El nombre de acero de Damasco no proviene del lugar de origen, sino del lugar donde los cruzados descubrieron por vez primera dichas espadas. Sus virtudes mecánicas, así como sus preciosas marcas onduladas en la superficie, se debían al material con que estaban hechas: el acero wootz que fuera promotor del acero de crisol mediante la combinación de arrabio o menas de hierro y carbón vegetal con cristal y calentado todo ello en un horno (que se ubicaban de tal forma que los vientos procedentes del oeste: los Monzones provocaban la succión necesaria para poder soplar y calentar el horno). El diseño de los hornos es muy inusual pero altamente efectivo. Generaban y mantenían sus altas temperaturas por dependencia de un suministro constante y controlable de oxígeno. Al situarse en la cara occidental de las cumbres de colinas para estar expuestos a los fuertes vientos monzones, estaban construidos de forma que el viento excesivo no pudiera entrar directamente sino que, al pasar sobre el horno, creara una zona de baja presión que inducía una corriente de aire hacia la cámara a través de un respiradero en la pared frontal. El resultado es una mezcla de impurezas mezcladas con un cristal y algunos “botones” de acero. Los botones o perlas (con un contenido típico de carbono del 1,5%) son separados de la escoria y forjados en lingotes.

Esta técnica desarrollada entorno entre el 300 y el 100 a.C. conseguía un acero con muy alto contenido de carbono, en una pureza y resistencia desconocida en la época. Desde la India se fue propagando lentamente a lo largo del mundo hasta llegar a Turkmenistán y a Uzbekistán a lo largo del 900 y al Oriente Medio sobre el año 1000.

Una de las características principales del acero wootz es la alta cantidad de carburos que hacen de éste un acero de gran dureza, es decir que tiene una gran tenacidad, es decir, una gran resistencia a la deformación y a la rotura. La técnica empleada para su elaboración es hoy en día un debate entre metalúrgicos especialistas en la elaboración del acero. Será Jean Robert Breant, un metalúrgico de la imprenta de París, quien descubrirá a finales del siglo XIX la esencia del misterio: los aceros de Damasco tenían un contenido altísimo de carbono, entre el 1,5% y el 2%. Un acero deja de ser de interés industrial cuando la cantidad de carbono supera el 1.5% porque se vuelve quebradizo, pero los análisis químicos practicados sobre el material conocido como acero de Damasco mostraron tener una cantidad de carbono que variaba entre 1.5 y 2%, cantidad que le daba a la espada tanto la belleza como su “fuerza” y ligereza.

La mezcla conseguida en el wootz , que contenía hierro, carbono y pequeñas cantidades de silicio y azufre, se martilleaba, calentaba y templaba varias veces, hasta obtener esas hojas excepcionales. Este acero en forma de pasta era enviado a Persia desde la India y allí donde se forjaban las mejores espadas, escudos y armaduras. Una vez allí, los herreros calentaban el wootz hasta los 650 u 850ºC a ojo (se guiaban por el color púrpura que tomaba el hierro candente) y procedían a darle forma a martillazos. Una vez conseguida la forma, se metía súbitamente en agua y la espada tomaba de golpe la dureza y resistencia características.

Lo que los herreros desconocían era que, al partir de un hierro muy rico en carbono, una temperatura relativamente baja de forja era propicia para que la estructura interna del hierro admitiese el máximo carbono posible y adquiriera sus características propias. Ello hacía que, al ocupar al máximo los espacios intersticiales de los cristales, las impurezas de otros metales como el wolframio que pudiera haber en el hierro, se disponían en capas alrededor de los cristales, las cuales eran mezcladas en el momento que se forjaban, dando como resultado el veteado característico. Los cristianos estaban acostumbrados a trabajar con aceros con bajo contenido en carbono, lo que significaba que necesitaban temperaturas de trabajo que alcanzaban los 1.200 ºC. En estas circunstancias el wootz original, al ser de alto contenido en carbono, reaccionaba diferente de lo que lo haría un acero con menos carbono, convirtiéndose, a pesar del templado en un acero muy frágil que se rompía a la primera oportunidad. Ello hacía infructuosos todos los intentos de repetir aquellas espadas magníficas.

Córdoba, en la época musulmana introdujo en España el formidable acero damasquino, junto con el arte de su forja. Esto supuso el comienzo de una noble tradición en la fabricación de armas de acero que dieron prestigio al califato. El primer Abderrahman llevó a esas tierras todo aquello que le consolaba de la pérdida inexorable de su familia y sus hermosos palacios de Siria, pero también los sables de sus valerosos guerreros, el acero mejor templado del mundo. Aunque Damasco siguió disfrutando de fama por sus espadas hasta bien entrado el siglo XVIII, el proceso que ayudó a crear sus mejores armas desapareció, según parece, en el XV. ¿Por qué?. La producción de estas espadas disminuyó gradualmente, cesando alrededor de 1750 y el proceso se perdió para los forjadores de metales. Debido a las distancias del comercio de este acero, una interrupción suficientemente prolongada de las rutas comerciales podría haber terminado la producción de acero de Damasco y finalmente, haber llevado a la pérdida de la técnica. La técnica del ciclo térmico controlado después de la forja inicial, a una temperatura específica, también podría haberse perdido, evitando así que produjera el patrón de damasco final en el acero.

La técnica perdida hace siglos, ha vuelto a ser descubierta por varias universidades de Estados Unidos y por la Universidad Complutense de Madrid. Los profesores Antonio José Criado Portal y Juan Antonio Martínez García,​ en una investigación de varios años (apoyados por la Tesis Doctoral de Laura García Sánchez), dieron con el secreto de las famosas espadas de acero de Damasco, llegando a fabricar varios ejemplares. En la actualidad existe una patente para la forja de este tipo de acero de ultra alto contenido en carbono (acero de Damasco) propiedad de la Universidad Complutense, que puede ser consultada en la página Web de dicha universidad.

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