Francisco de Ribera y Medina, el gran almirante Toledano

martes, 23 de abril de 2019

Nacido en la sequedad de Toledo por el año 1582, Francisco de Ribera y Medina parecía destinado a cualquier cosa salvo a ser marino.Huérfano de padre desde muy pequeño, el toledano recibió una educación escasa y se pasó la adolescencia entretenido «en travesuras, galanteos y pendencias». El hidalgo acabó huyendo de la justicia tras uno de estos desencuentros y dio con sus ambiciones en Cádiz, donde sentó plaza de soldado en la armada de Luis Fajardo. Poco después de su bautizo de sangre contra un bajel turco, que le valió el cargo de alférez,tuvo un incidente con un capitán que osó desmentir sus méritos. Francisco de Ribera partió hacia Sicilia para poner mar de por medio entre la justicia y sus huesos.

Allí, el virrey de Sicilia, Duque de Osuna, le conservó en el cargo de alférez y le confió al mando de un galeón de 36 cañones. Osuna había creado una flotilla privada durante su periodo como virrey de Sicilia y la empleaba para atacar a los corsarios con sus propias armas,en sus propias bases,en su terreno. La flota de Osuna fue creciendo en número conforme arrebataban botines a los corsarios musulmanes. La lista de normas infringidas para esto por el virrey solo era comparable a la de galeras apresadas, más de una treintena, y a la de los miles de esclavos cristianos liberados. Su nueva flota, basada en Nápoles, estuvo formada por las habituales galeras, típicas del Mediterráneo, y también por galeones, que empleó con audacia pese a ser más adecuados para el Atlántico. En total, 22 galeras y 20 galeones.La combinación de ambos tipos de nave permitió el control del Adriático y trasladó el hostigamiento hasta los dominios del Imperio turco.

Destacado Francisco de Ribera en las aguas cercanas a Calabria, acudió a patrullar la zona ante el aviso de velas corsarias. El galeón y una tartana, con 100 mosqueteros y 80 marineros a bordo, cayeron en la emboscada de dos galeras tunecinas, de 40 y 36 piezas de bronce respectivamente, cuando perseguían a una nave sospechosa. Ribera resistió en su galeón más de cinco horas, sin que las galeras se atrevieran a abordarlo y llegada la noche, encendió fanal ( un farol grande empleado a bordo de los barcos como insignia de mando y en los puertos como señal nocturna), lo que significaba que no tenía ninguna prisa. Cuando los enemigos se dieron por vencidos, la flota cristiana se refugió al norte de Sicilia; hizo dos presas corsarias que pasaban por allí y tras reponerse reanudó la persecución. Buscó a sus asaltantes en la bahía que asienta la Goleta, que sigue siendo hoy la llave de la ciudad y del puerto de Túnez,y allí rindió a cuatro barcos corsarios, mató 37 turcos en ellos y rescató a 19 flamencos, antes de huir a causa del fuego desde la Goleta. En su huida perdió a uno de los cuatro barcos rendidos y, a tenor de los 42 cañonazos recibidos, casi se le hunde el suyo propio. La temeraria acción en la Goleta impresionó a Osuna y le recompensó, además, con el empleo de capitán de una flota con otros barcos altos, esto es, diseñados más para el agitado Atlántico que para el sosegado Mediterráneo. La falta de remos podía ser una desventaja, pero la mayor potencia artillera de los galeones y su altura los convertía en castillos flotantes a ojos de las galeras, de gran longitud y poca altura. De ahí que cuando el virrey se trasladó a Nápoles reservara un puesto de privilegio a Ribera entre la comitiva de sus «bravos». El virrey creía que era el momento de poner toda la carne en el asador.

En el verano de 1616, la escuadra de Ribera compuesta por cinco galeones y un patache, se encontraba realizando actividades corsarias en torno a Chipre, cuando fue sorprendida por el grueso de la armada turca en el Cabo Celidonia. Patrullaba la zona ante la posibilidad de un ataque contra Calabria o Sicilia, y de repente se vieron acorralados por el enemigo. El 14 de julio aparecieron ante el cabo 55 galeras con cerca de 275 cañones (la mayoría situados en la proa) y 12.000 efectivos a bordo. Sin perder la calma, el marino toledano se preparó para recibir al enemigo con disparos a distancia y para sacar ventaja de la mayor altura de los barcos atlánticos. Unió los seis barcos mediante cadenas para evitar que el viento aislara a alguno, mientras situó en vanguardia a su buque insignia, el Concepción, con 52 cañones. La lucha comenzó a las nueve de la mañana y se alargó hasta el ocaso. La artillería de los galeones dejó a ocho galeras turcas a punto de hundirse y otras muchas dañadas al final del primer día. El ataque se reanudó a la mañana siguiente, cuando, después de un consejo de guerra nocturno, los otomanos se lanzaron a la ofensiva con la obsesión de apresar el Concepción y el Almiranta, que eran con diferencia los buques que más daño les estaban causando. Otras 10 galeras turcas quedaron escoradas durante esta acometida.

A pesar de estos fracasos, la superioridad numérica de los turcos, que disponían además de sus mejores tropas, los jenízaros, embarcadas, renovó sus ánimos. Después de una arenga a sus tripulaciones, los otomanos realizaron el asalto más crítico el día 16. La nave capitana de Ribera escupió fuego de mosquetes y cañones para repeler el ataque turco. La intervención del galeón Santiago, defendiendo el flanco del buque insignia, infligió daños severos y dio la puntilla a los musulmanes. A las tres de la tarde, la armada otomana arrojó la toalla con 1.200 jenízaros y 2.000 marineros y remeros muertos, 10 galeras hundidas y otras 23 totalmente inutilizadas. Por su parte, los españoles contaron solo 34 muertos y regresaron con todos los barcos a puerto, aunque dos de ellos con importantes daños. A raíz de un triunfo que parecía imposible, Osuna recibió a Ribera como a un general romano acampado en el Campo de Marte. El toledano fue promovido a almirante por el Rey que también lo recompensó concediéndole el hábito de la Orden de Santiago. Los galeones del virrey confirmaron la superioridad tecnológica europea en Celidonia.

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