Historia Antigua

Valente, los godos y el desastre de Adrianápolis

El 8 de agosto de 378, un ejército romano al mando del emperador Valente se enfrentó a un contingente godo cerca de la ciudad de Adrianópolis. El resultado fue el peor desastre militar de la historia de Roma, en el que murió el propio emperador.

Tras la muerte de Juliano el Apóstata en el año 363 durante una campaña contra los persas, una nueva dinastía ascendió al trono imperial de Roma: los Valentinianos. El primero de ellos, Flavio Valentiniano, era un cristiano procedente de Panonia, en la actual Hungría, de origen humilde e inculto, pero que pertenecía a una prestigiosa casta militar. Tras su elección como emperador en 364 asoció a su hermano Flavio Julio Valente al gobierno de Oriente y ambos dedicaron todos sus esfuerzos a reorganizar la defensa en las fronteras frente a la creciente presión de los pueblos bárbaros que vivían más allá del Danubio. En el año 375, Valentiniano se encontraba en el limes danubiano luchando contra los cuados, el mismo pueblo que décadas atrás había desafiado a Trajano. Poco antes uno de los jefes cuados, Gabinio, había sido asesinado en un banquete por los romanos, por lo que sus compañeros habían enviado una embajada a la colonia militar romana de Brigetio (la actual Snözy, en Hungría), donde se encontraba entonces el emperador. Allí plantearon una serie de exigencias que resultaron intolerables para los romanos. Valentiniano, de naturaleza irascible, montó en cólera y según el historiador Zósimo, «al subirle a la boca un flujo de sangre que le oprimió los conductos de la voz, falleció». Sufrió un ictus cerebral por lo que murió el 17 de noviembre de ese año.

La muerte de Valentiniano dio un nuevo empuje a otros pueblos del Danubio. De ellos, el más importante era el de los godos, llamados gutones, géticos o getas por los romanos. Originarios del norte de Europa habían emigrado hacia el mar Negro donde colonizaron antiguos territorios escitas. A lo largo de los siglos III y IV los godos protagonizaron constantes incursiones violentas en las provincias romanas, hasta que en el año 369 el hermano de Valentiniano, Valente, llegó a un pacto de no agresión con Atanarico, rey de una rama de los godos, los llamados tervingios. Poco después la situación se volvió de nuevo inestable a causa de la presión ejercida por los hunos, un nuevo pueblo procedente de las estepas que los historiadores romanos definieron como salvaje y de gentes deformes. Los hunos sometieron amplios territorios y desencadenaron la huida de otros pueblos bárbaros (sármatas, alanos, godos greutungos) que fueron aproximándose y presionando sobre el limes romano.

En 376 un nutrido grupo de godos se congregó al otro lado del Danubio. No se trataba de una partida de saqueo, sino del desplazamiento de un pueblo entero, con sus mujeres y niños montados en carros. Los romanos los llamaban los tervingos, aunque ese grupo no constituía la totalidad del pueblo que se hacía llamar por ese nombre; liderados por los caudillos Alavivo y Fritigerno, solicitaron al emperador instalarse dentro del Imperio, preferiblemente en Tracia , como pueblos federados, esto es, comprometidos a suministrar tropas para la defensa de la frontera romana a cambio de un stipendium o salario. El historiador Amiano Marcelino habla de “multitudes innumerables de gentes”, aunque no puede determinarse la cifra exacta. Eran formaciones de guerreros que viajaban con sus familias, sus caballos, ganado y enseres y vivían de aquello que podían comprar o depredar entre las poblaciones por donde pasaban.

Tradicionalmente, los representantes de Roma se cuidaban de que en las negociaciones que entablaran quedara de manifiesto la abrumadora superioridad del Imperio, haciendo que el enemigo se desplazara hasta ellos y se inclinara ante un tribunal y ante las apretadas filas de las legiones. A finales del siglo IV, a menudo era más importante obtener la paz con rapidez que insistir en ese tipo de demostraciones. Valente necesitaba que los godos se abstuvieran de guerrear para poder hacer frente a la creciente tensión que había surgido entre el Imperio y Persia y los tervingos estaban siendo duramente presionado por los hunos. En 376 los romanos apenas eran conscientes de su presencia y por el Imperio circulaban todo tipo de fabulosas historias sobre su salvajismo y su comportamiento más animal que humano. Se decía que eran feos y contrahechos, con las cabezas afeitadas y los rostros desprovistos de barba, que eran jinetes excelentes, pero prácticamente incapaces de caminar sobre sus dos pies. No cultivaban la tierra, sino que vivían de leche y de carne cruda, que calentaban situándola bajo las sudaderas de sus caballos.

La llegada de los hunos añadió un nuevo factor a las luchas por el poder dentro y entre las tribus de la región: su presencia brindaba nuevas oportunidades, pero también suponía una amenaza. Los alanos, otro pueblo nómada originario de las estepas, fueron los primeros que sufrieron sus ataques y, con el tiempo, todos sus líderes huyeron o aceptaron la supremacía de los reyes hunos. Los godos fueron los siguientes y se repitió el mismo patrón de resistencia inicial y posterior alianza. Atanarico, caudillo tervingo luchó contra los hunos, pero fue derrotado y tuvo que batirse en retirada. Es un error imaginar una única e inmensa caravana avanzando con sus carros hacia las fronteras imperiales; en realidad eran muchas partidas diferenciadas de tervingos viajando en la misma dirección que sólo se reunificaban cuando llegaban al punto donde debían cruzar el Danubio. Eran un grupo muy variado y poco cohesionado, algunos eran fugitivos de los hunos o habían escapado de enemigos dentro de su propio pueblo y otros muy probablemente sólo estaban deseosos de disfrutar de una vida más cómoda dentro del Imperio. Para muchos guerreros, servir en el ejército romano era una perspectiva atractiva y, en particular los caudillos, podían aspirar a labrarse carreras llenas de éxitos al servicio del Imperio. No sabemos cuántos individuos componían el grupo en total. Las fuentes afirman que había doscientos mil, pero probablemente sea una cifra muy inflada. Amiano dice únicamente que había demasiadas personas para que las tropas romanas de la frontera fueran capaces de contarlas. Un cálculo moderno sugiere unos diez mil guerreros, junto con cuatro o cinco veces ese número de mujeres, niños y ancianos. Es obvio que una comunidad entera que huía de la agresión contendría una proporción mayor de no combatientes que las bandas de guerreros que iban en busca de ser aceptados en el ejército. Poco después de que los tervingos se acercaran a la frontera, los romanos notaron que había otra nutrida partida de godos que se dirigían hacia territorio del Imperio con un propósito similar. Se trataba de los greutungos, aunque también en este caso eran sólo una parte del pueblo que atendía a ese nombre.

Valente les concedió a los tervingios lo que le pedían. Amiano nos cuenta que los consejeros del emperador le habían convencido con facilidad de que los emigrantes podían serle de gran utilidad, ya que, al proporcionar al ejército un suministro seguro de reclutas, la leva obligatoria que se exigía de otras provincias podía ser conmutada por un pago en oro. De ese modo, el Imperio tendría tanto soldados como dinero. El hecho de que una tribu procedente del exterior del Imperio se estableciera en las provincias no era ninguna novedad. Diocleciano y Constantino, como muchos otros emperadores, habían elegido aceptar ese tipo de asentamientos. Pueblos que hasta entonces habían sido hostiles hacia el Imperio eran trasladados a unas tierras más productivas y de ese modo no sólo dejaban de ser una amenaza, sino que con el tiempo se convertían en contribuyentes fiscales y soldados para el ejército imperial. Sin embargo se rechazó una petición similar de los greutungos y desconocemos cuál fue el motivo de que los dos grupos fueran tratados de forma diferente. Ignoramos cuáles fueron los detalles del tratado, así como las condiciones precisas en las que debía tener lugar el asentamiento de los emigrantes. Al parecer, una de las condiciones era que los godos se convirtieran al cristianismo. Estos no dudaron en hacerlo y adoptaron la forma arriana que prefería el propio Valente. Otra era que debían entrar en territorio romano desarmados.

El traslado de los godos a sus nuevas tierras estuvo rodeado de toda clase de penalidades. El proceso de llevar a todos los godos al otro lado del Danubio llevó un tiempo considerable por la escasez de embarcaciones. Aunque el escuadrón naval que patrullaba el río les ayudó, sus embarcaciones no eran especialmente numerosas y desde luego no estaban diseñadas para transportar grandes cantidades de personas o pesados carromatos. Durante varios días los godos trataron de pasar el río Danubio, apiñados en naves, barcas y troncos de árboles, pero muchos se ahogaron. Además, las autoridades romanas no cumplieron con el compromiso de garantizar su abastecimiento e incluso se aprovecharon de la situación desesperada de los godos. Posiblemente hubo negligencia por parte de los funcionarios romanos y sin duda hubo descuido, incompetencia y corrupción en casi todos los aspectos del asunto.

El Stella Noviomagi , réplica en condiciones de navegar de un barco hallado en Trier, Alemania, similar a las embarcaciones romanas de la flota del Danubio

Amiano culpó a los dos oficiales del ejército que estaban al mando en el lugar de los hechos: Lupicino, el comes a cargo de los comitatenses en Tracia, y el dux Máximo, que controlaba a los limitanei. El problema más básico fue el de la alimentación. Es muy posible que los tervingos hubieran utilizado gran parte de sus propios víveres mientras aguardaban la respuesta de Valente a sus demandas y, después el resto durante el largo proceso de cruzar el río. Zósimo lo recogío de esta manera: “Cuando los bárbaros que habían sido conducidos a esas regiones lo estaban pasando mal por la falta de alimento, estos abominables generales planearon comerciar del siguiente modo: reunieron todos los perros que su ambición pudo hallar por cualquier parte y se los entregaron a cambio de obtener un esclavo por cada perro, dándose incluso el caso de que, entre éstos, figuraban hijos de los nobles bárbaros“. Se suponía que los romanos se ocuparían de proporcionarles alimento, pero las cantidades que los godos recibieron apenas fueron suficientes. Aunque es verdad que los funcionarios del Danubio no habían tenido más que unos pocos meses para hacer los preparativos, los funcionarios que se encontraban al mando de la zona no dudaron en sacar provecho de la situación. Amiano nos cuenta que una vez que Lupicino se hubo hecho con buena parte de la riqueza de los bárbaros a cambio de comida vendida a través del mercado negro, inició un comercio aún más siniestro: los godos estaban suficientemente desesperados como para vender a sus hijos por míseras cantidades de carne de perro. La tarifa vigente era un niño por un perro. Al parecer, los hombres de Lupicino si que estaban lo bastante organizados como para haber capturado perros vagabundos en un radio muy amplio.


Barco romano de Patrulla fluvial

Así, los mismos oficiales romanos que debían escoltarlos por las fronteras hasta su destino final se dedicaron a elegir mujeres hermosas, capturar a muchachos y procurarse siervos y al actuar así no se molestaron en comprobar que los godos entregaban todas sus armas, una de las condiciones que el emperador Valente les había puesto para admitirlos en el Imperio. Fuero asentados cerca de Marcianópolis (la actual Devnja, en Bulgaria), donde parece que Lupicino tenía su cuartel general. No podían entrar en la ciudad o en su mercado y se les obligó a acampar en el exterior, a cierta distancia de ella. Con todos estos antecedentes, no es de extrañar que el descontento se extendiese rápidamente entre los godos. A esta difícil situación se sumó la entrada del contingente de godos greutungos que habían sido excluidos del pacto con Valente; en un momento dado, dándose cuenta de que anchos tramos del Danubio habían quedado sin vigilancia debido a la concentración de barcas patrulleras romanas que se habían desplazado para asistir a los tervingos, los greutungos decidieron penetrar en el Imperio de todos modos y lograron traspasar el limes aprovechando que las tropas romanas estaban concentradas en el traslado. Para supervisar la marcha, la mayor parte de las tropas romanas fueron retiradas de la frontera, con lo que las defensas quedaron seriamente mermadas. Las autoridades romanas empezaban a perder el control de la situación a toda velocidad y en este punto o bien las tropas eran insuficientes o fueron desplegadas de forma inadecuada.

Ante una situación cada vez más tensa, Lupicino invitó a un banquete a Alavivo y Fritigerno, con la intención de utilizarlos como rehenes. Aunque ese tipo de reuniones eran parte integrante de la diplomacia de fronteras romana parece poco probable que estuviera obedeciendo órdenes explícitas del emperador. Fue entonces cuando los godos que estaban fuera de la ciudad se rebelaron, matando a un buen número de romanos. Fritigerno se ofreció a apaciguar a sus compatriotas, y así logró salvar la vida; Alavivo, en cambio, fue asesinado. A partir de este momento, las huestes godas se lanzaron a saquear Tracia y asesinar a los habitantes de sus aldeas. Ahora eran libres para saquear el campo romano, incendiar sus pueblos y villas o reunir animales para obtener carne y tanto grano como pudieran encontrar. Lupicino reunió a todas las tropas que pudo y decidió marchar contra el campamento de los tervingos, situado a unos quince kilómetros de la ciudad. Pero los godos estaban esperándoles y aplastaron su columna; Lupicino escapó a la matanza solo porque fue uno de los primeros que puso su montura al galope para ponerse a salvo. Acababa de iniciarse una guerra y los enfrentamientos empezaron a propagarse con rapidez.

Las mayores reservas de alimento se encontraban siempre en las ciudades amuralladas, a las que los godos no podían acceder ya que no tenían capacidad para permanecer en un lugar durante el tiempo suficiente como para tomar una ciudad bien defendida y fortificada. Tantas bocas hambrientas consumían víveres con gran rapidez y las provisiones que pudiera haber en el área en la que se encontraran no duraban demasiado tiempo, lo que les obligaba a seguir moviéndose. Las cifras de godos habían ido aumentando considerablemente a medida que los greutungos y otros grupos se habían ido uniendo a la banda de Fritigerno. Otros guerreros llegaban solos: algunos eran godos que acababan de ser vendidos como esclavos a cambio de provisiones y otros eran hombres que habían sido apresados años antes por traficantes de esclavos o en campañas imperiales. A medida que se fue difundiendo la noticia del rico botín que podía obtenerse en Tracia, otras bandas de guerreros cruzaron el Danubio para unirse a ellos. Los godos crecieron rápidamente en número y poderío, especialmente porque los recién llegados eran sobre todo guerreros llenos de entusiasmo, no emigrantes que viajaban con sus familias y parece evidente que fueran cuales fuesen las tropas que los romanos seguían teniendo estacionadas en la frontera, fueron claramente incapaces de evitarlo.

No obstante, las autoridades imperiales reaccionaron con celeridad para intentar controlar la situación. Valente desplazó tropas del frente persa y de Panonia a Tracia, obtuvo refuerzos de su sobrino Graciano, el nuevo emperador de Occidente, y pudo así emprender una campaña para someter a los belicosos godos. Sin embargo, su ejército sufrió una humillante derrota en Ad Salices, cerca de Marcianópolis, frente a contingentes de diversos pueblos bárbaros que se lanzaron a la lucha. Buena parte de las veces los romanos operaban en pequeños destacamentos que hostigaban a sus dispersos rivales pero en esta ocasión se concentraron para atacar a un número sustancial de godos que habían situado sus carros formando un gran círculo cerca de la ciudad de Ad Salices. Mientras los romanos formaban, los bárbaros también tuvieron tiempo para convocar a muchas de las bandas de saqueadores que estaban desperdigadas por el territorio. Cuando los romanos finalmente atacaron, se produjo una dura lucha alrededor de la línea de carromatos. Una carga goda abrió una brecha en el ala izquierda de los romanos y la situación sólo se estabilizó gracias a la intervención de las unidades de reserva. La batalla finalizó en tablas, con elevadas pérdidas humanas, pero fueron los romanos quienes se retiraron unos días más tarde. Después de esa experiencia, regresaron a su estrategia de hostigamiento.

Valente hubo de enviar nuevos refuerzos y él mismo partió de Constantinopla para asumir en persona el mando de las operaciones. Llegado a Nicea, a Valente le informaron de que los godos que se encontraban en los alrededores de Adrianópolis (actual Edirne, en la Turquía europea) y en las cercanas Beroea y Nicópolis habían huido ante el empuje del ejército imperial. El emperador se dirigió entonces hacia Adrianópolis, dispuesto a buscar una batalla decisiva contra las huestes godas. A la larga, los romanos no podían perder esa guerra, pero eso no significaba que les resultara fácil ganarla. Impaciente por lograr una victoria que creía fácil, no quiso esperar la llegada de los refuerzos enviados por Graciano ni de las legiones de Marcianópolis y Durustorum (la actual Silistra, en Rumanía), y rechazó la oferta de paz que el caudillo godo Fritigerno le transmitió a través de un sacerdote cristiano. Se dispuso así a enfrentarse a la gran confederación de godos, hunos, sármatas, alanos y desertores romanos que se les unieron, todos bajo la dirección de Fritigerno, Alateo y Safrax. Su fuerza era probablemente superior a los 20 000 combatientes, sin embargo, debió dejar una guarnición importante en Adrianapolis. Los romanos estimaban que todos ellos no sumaban más de 10.000 combatientes; lo que desconocían era que gran parte de la caballería bárbara estaba pastando fuera de la vista de sus exploradores, un error de cálculo que acabaría resultando fatal para el emperador y sus hombres. La mayoría de los autores actuales estima que Fritigerno contaría con un mínimo de 10.000 combatientes y un máximo de 20.000 hombres.

A pesar de que el papel decisivo en las batallas seguía en manos de la infantería, la importancia de la caballería aumentaba rápidamente en el ejército imperial;no obstante, el equipo y la disciplina de los infantes decaía en calidad y cantidad. Las armas y protecciones de cada soldado eran muy distintas del equipamiento clásico de las legiones romanas; la conocida lorica segmentata había sido reemplazada por nuevamente por cota de malla, la clásica espada corta romana, el gladius, había sido desplazado por una mucho más larga, la spatha (siendo sustituida la estocada por el tajo) y la jabalina de los legionarios, el pilum, había prácticamente desaparecido. En la práctica, la diferencia entre las tropas de uno y otro bando era escasa; los romanos contaban con su prestigiosa infantería mientras que los bárbaros confiaban en su caballería, experta en el manejo de la maza, el arco y las flechas con puntas de hierro o de hueso afilado y la honda. Los romanos contaban también con tropas auxiliares de caballería de origen bárbaro, mientras que los godos y sus aliados disponían de las espadas y lanzas robadas a los romanos vencidos.

La táctica utilizada por los godos pasaba por evitar el enfrentamiento todo lo posible mientras no llegaran otros contingentes, pues confiaban en que los romanos se irían debilitando por el hambre, la sed y el calor, aumentado por los fuegos provocados por ellos. Pero el 9 de agosto de 378, Valente se dirigió con sus tropas al campamento godo que alcanzó cerca de las 14:00 horas, con sus tropas agotadas tras recorrer unos 13 km bajo el ardiente sol veraniego.Los jinetes romanos se ubicaron en los flancos, mientras la infantería pesada y los auxiliares se desplegaron en el centro de la línea. Fritigerno intentó ganar tiempo parlamentando mientras enviaba mensajeros a su caballería, que en ese entonces estaba lejos pastando, para lo cual un sacerdote fue enviado ante el Emperador pero fue devuelto a los germanos que ya conscientes que tendrían que luchar, dejaron a sus familias tras las líneas defensivas de carromatos y salieron al campo abierto. Entre tanto, Fritigerno intentó nuevamente dialogar con el Emperador. El combate empezó cuando las dos unidades de caballería romana situadas en el flanco derecho atacaron sin esperar órdenes, mientras unidades de escaramuzadores romanos tanteaban las posiciones godas para impedir ataques sorpresivos o descubrir posibles emboscadas y detectar sus puntos débiles. Una de estas unidades, al mando de Casio y Bacurio empezó el combate con el enemigo en el ala derecha de la línea romana, pronto toda la caballería romana de dicho flanco se vio involucrada y acabó rechazada. En el flanco izquierdo, las unidades acababan de llegar a su puesto y no habían formado aún adecuadamente cuando se unieron al ataque. Las unidades de caballería que deberían haber protegido el flanco de la infantería no estaban en posición, por lo que el flanco quedó muy expuesto. No estaban en absoluto preparados para hacer frente al repentino ataque de los greutungos, junto a los que luchaban la caballería goda y una banda de alanos. La infantería bárbara atacó de frente a la romana y tras una lluvia de flechas y jabalinas, la moral de los romanos se derrumbó; aunque los legionarios del ala izquierda consiguieron abrir una brecha entre sus enemigos en su línea, como la caballería no había logrado desplegarse, no pudieron aprovechar ese éxito local. Descompuesta la formación y para empeorar las cosas para los romanos, la caballería bárbara a cargo de Aleteo y Sáfrax llegó en esos momentos poniendo en fuga a sus contrincantes, aniquilando las líneas romanas que cedieron ante el empuje de los bárbaros. El ataque romano perdió ímpetu, pero antes de que terminara la batalla hubo un prolongado periodo de salvaje combate. Algunas unidades rompieron filas y huyeron, siendo cazados por los jinetes enemigos; otras, como los veteranos lanciarii y matiarii, permanecieron firmes hasta el final.

El sol estaba ya más alto […] haciendo que los romanos […] se sintieran exhaustos por el hambre, la sed y el duro peso de las armas. Finalmente, nuestras líneas cedieron ante el empuje de los bárbaros […]. Algunos cayeron sin saber quién les golpeaba, otros se vieron sepultados por los perseguidores, y algunos perecieron por una herida causada por los suyos […], el emperador, cuando se encontraba entre los soldados rasos, cayó herido de muerte por una flecha, después de lo cual lanzó un último suspiro y murió, si bien su cuerpo no fue hallado en parte alguna.

Relato de AMIANO del desastre de Adrianópolis

El campo de batalla quedó sembrado de cadáveres mientras los supervivientes emprendían la huida. Aproximadamente dos tercios de los soldados fueron abatidos, junto con no menos de treinta y cinco tribunos algunos de los cuales pertenecían al Estado Mayor imperial y otros dos oficiales de alto rango. Valente también pasó a engrosar la lista de los fallecidos y al igual que Decio más de un siglo antes, su cadáver nunca fue encontrado y no sabemos exactamente cómo murió. Según una versión, fue alcanzado por una flecha enemiga en plena batalla y luego los godos habrían desvalijado su cadáver, que habría quedado sin identificar. Según otra versión, menos honorable, Valente murió durante la huida, junto a algunas unidades de veteranos, al refugiarse en una cabaña de madera; como los enemigos no pudieron asaltarla, la incendiaron y su cuerpo calcinado nunca se recuperó. Además del emperador murieron los generales Sebastiano y Trajano, 35 tribunos, entre 12.000 y 15.000 soldados, según las fuentes y algunos cargos palatinos. Los escasos supervivientes pidieron asilo en Adrianópolis, donde estaba el tesoro imperial, pero sus habitantes se lo negaron por miedo a que entrara el enemigo. En efecto, los godos asediaron la ciudad durante varios días, pero luego se dispersaron por las provincias e intentaron tomar Constantinopla.

El historiador Zósimo cuenta cómo recibió Graciano, el emperador de Occidente, la noticia del desastre de Adrianópolis: «Víctor, el comandante de la caballería romana, consiguió escapar al peligro con un pequeño número de jinetes y se lanzó en dirección a Macedonia y Tesalia, desde donde remontó hasta Mesia y Panonia para anunciar a Graciano, que permanecía en estos parajes, lo ocurrido, así como la destrucción del ejército y del emperador. Éste no sintió gran tristeza por la muerte de su tío, pues uno y otro se miraban con cierto recelo». En cambio, Graciano comprendió enseguida la gravedad de la situación: «Ocupada Tracia por los bárbaros en ella asentados, sacudidas Mesia y Panonia por los bárbaros de esa zona, atacando los pueblos transrenanos las ciudades sin obstáculo alguno, reconoció que por sí mismo no alcanzaría a manejar la situación, por lo que eligió corregente a Teodosio que, oriundo de Galicia, en Iberia, de la ciudad de Coca, no era ajeno a la guerra ni carecía de experiencia en el mando militar». Designado por Graciano en 379 emperador de Oriente, Teodosio conseguiría recuperar el control de la frontera danubiana, venciendo a los godos y asentándolos mediante pactos dentro de las fronteras del Imperio.

Adrianápolis será el último combate en el que los romanos emplearan sus clásicas legiones, pues a partir de entonces los ejércitos comenzaron a poner más énfasis en la caballería y en las pequeñas divisiones armadas, como los comitatenses. Tras la masacre romana, fue imposible recuperar el número de soldados y oficiales perdidos en la batalla y hubo que reestructurar el ejército, abandonando el clásico sistema de legiones. A partir de entonces (fue Teodosio quien exportó el nuevo modelo a Occidente), el ejército romano se dividió en pequeñas unidades de limitanei (guardias fronterizos, muchas veces bárbaros federados) dirigidas por un duque (dux) que gobernaba una zona fronteriza desde una fortaleza particular, más un ejército móvil (comitatenses) que se desplazaba de un lugar a otro según apareciesen los problemas. Este nuevo sistema de defensa sería el embrión del futuro sistema feudal vigente durante la Edad Media europea. La batalla de Adrianópolis también demostró la eficacia de la caballería en combate, por lo que su número aumentó en los nuevos ejércitos en detrimento de la infantería. Las nuevas unidades de caballería romanas solían estar formadas asimismo por mercenarios bárbaros, fundamentalmente hunos, sármatas o persas, que combatían con espada larga y lanza y fueron a su vez los precursores de los caballeros medievales.

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