Historia Medieval

Las Navas de Tolosa

Aquel 16 de julio de 1212 hacía un calor infernal al pie de Sierra Morena cuando la España cristiana propinó un duro golpe a los musulmanes en la Batalla de las Navas de Tolosa, decisiva en la Historia de España y Europa. Castellanos, aragoneses y navarros dejaron atrás sus peleas territoriales y sus disputas de linaje para unirse frente a las tropas que capitaneaba Muhammad An-Nasir, más conocido por los cristianos como Miramamolín, el califa del imperio almohade que había reunido un poderoso ejército,algunas fuentes hablan de hasta 200.000 hombres, con la intención de barrer de la península a los reinos cristianos y completar así la obra que su padre inició años atrás en la batalla de Alarcos. Alfonso VIII de Castilla,cuñado del célebre Ricardo Corazón de León, aún tenia bien presente esa derrota sufrida veinte años atrás (1195) y ante la caída del castillo de Salvatierra, que suponía la amenaza musulmana directa sobre Toledo, solicitó la ayuda del Papa Inocencio III, que llamó a la cruzada contra los musulmanes, y logró que Pedro II de Aragón y Sancho VII el Fuerte de Navarra le secundaran en su ofensiva. Faltó el rey de León Alfonso IX, pero sí acudieron sus caballeros.

Los almohades fueron la gran amenaza de la España medieval;el poderoso imperio que había desplazado a los también fanáticos almorávides en el Magreb, desembarcó en España en 1160, destruyó los nuevos reinos de Taifas nacidos a la sobra de la descomposición del Califato de Córdoba, y unificó bajo su férrea doctrina y aplicación fanática de la sharia, incluida la violenta persecución de judíos y mozárabes, todo Al-Andalus.Desde su llegada al poder los almohades destacaron en Al-Ándalus por su intolerancia hacia los no musulmanes, más acusada que en el caso de los almorávides. Los mozárabes ya no existían apenas desde el período almorávide y ahora desaparecen. Y los muchos judíos que se habían resistido a huir a la España cristiana lo hacían entonces, cuando se les obligó a convertirse. Frente a estos, en el reino castellano, siguieron años de lucha en la frontera, consolidando estas zonas con las recién creadas órdenes militares de Calatrava y de Santiago y repoblándolas con campesinos libres a los que se otorgaba fueros. Un nuevo califa almohade, Abu Yusf Almansur,desafiará a Alfonso VIII en Alarcos. El rey, envalentonado y temerario, no quiso esperar el refuerzo del rey de León, y cargó sin dejar reserva alguna en retaguardia. Frenado su ataque, su ejército fue rodeado y destrozado por la caballería ligera de los agarenos. El rey logró salvarse a uña de caballo con tan solo una veintena de caballeros. La frontera del Guadiana se derrumbó, cayó Calatrava, y al año siguiente los almohades atacaron en todos los frentes, tomando Trujillo y Plasencia, arrasando las vegas toledanas en complicidad con los reyes cristianos de León y de Navarra, Pero Alfonso VIII consiguió aguantar y firmar treguas y desde entonces su objetivo será vengar aquella derrota y recuperar las tierras arrebatadas por sus primos (pues todos los reyes peninsulares lo eran). Consiguió que Vizcaya y Guipúzcoa se unieran a Castilla.

En el año 1212, con una bula papal de Cruzada, Alfonso se puso en marcha, junto con Pedro II de Aragón; a principios de junio de 1212 huestes, mesnadas y milicias cristianas se fueron agrupando en torno a Toledo, ciudad elegida por Alfonso VIII como base central del ejército cruzado. Las tropas castellanas estaban compuestas por varias milicias urbanas de concejos castellanos o milicias concejiles, junto con las mesnadas de los señores y la mesnada real, que constituía la guardia personal del rey y los caballeros que formaban parte de su séquito habitual.Junto a estas tropas, los freires de las órdenes militares de Santiago, Calatrava, Temple y Hospital de San Juan, caballeros fuertemente pertrechados y especializados en la guerra, que formaban parte de las fuerzas permanentes al servicio del ejército cristiano. No sería un gran número de caballeros, pero cada freire contaba con un escudero a caballo y uno o dos peones. Un contingente de cien freires podían suponer un cuerpo de medio millar de efectivos en el combate. Además, su disciplina y jerarquización los convertía en una fuerza de élite, que habitualmente se integraba en las grandes batallas en la mesnada real o militia regis,Pedro II de Aragón se unió al ejército encabezando un contingente de caballeros con sus correspondientes servidores. Entre las tropas del Pedro II se encontraban los obispos de Barcelona, Berenguer de Palou y Tarazona, García Frontín I así como Sancho I de Cerdaña. Pero el ejército aragonés no solo contaba con caballeros aragoneses, sino que también acudieron de sus dominios occitanos.

El rey leonés no acudió, aunque permitió hacerlo a sus caballeros y Alfonso II de Portugal apenas pudo mandar tropas, pues él mismo estaba siendo atacado. La llegada de los cruzados ultrapirenaicos dirigidos por el Arzobispo de Narbona se recibió de forma contradictoria en las filas hispanas. Por un lado eran veteranos en el arte de la guerra, su experiencia y destreza con las armas serían decisivas en los previsibles combates, pero también, eran hombres poco acostumbrados a la convivencia entre etnias y religiones, tal y como se daba en la vieja capital visigoda. En el intento de evitar fricciones se les asentó en las afueras de la ciudad; esa táctica, sin embargo, no pudo evitar que los belicosos ultramontanos, procedentes en su mayor parte de Alemania, Francia e Italia, asaltaran la judería toledana; caballeros castellanos y aragoneses se armaron ante sus puertas y lo impidieron (causando un profundo malestar en el rey Alfonso VIII quien optó por la paciente diplomacia pensando en lo que se avecinaba) como luego impedirían masacrar a los prisioneros tras la toma de Calatrava la Vieja y Malagón. Según los estudios más realistas, el número de caballeros cristianos sería de alrededor de 4000, a los que acompañarían 8000 peones, lo que suma un total de 12 000 efectivos. Los musulmanes contarían con aproximadamente el doble de combatientes. De todos modos, era un número extraordinario para una época en que los ejércitos cristianos no llegaban casi nunca a sobrepasar los 3000 soldados: un millar de caballeros y dos mil peones ya era un importante contingente, pues lo normal es que las batallas medievales se dirimieran con unos centenares de caballeros por bando.

El 20 de junio todo estaba dispuesto para la marcha; la vanguardia del ejército cruzado fue encomendada a los caballeros ultrapirenaicos, dirigidos por don Diego López de Haro, señor de Vizcaya. En su avance hacia Sierra Morena tomaron algunas fortalezas musulmanas como Malagón, donde los cruzados pasaron a cuchillo a todos sus defensores; manera de actuar que provocaba innumerables comentarios entre los caballeros hispanos.Para aquellos alemanes, franceses o italianos que sólo podían valorar los efectos de las Cruzadas en Tierra Santa lo de la península Ibérica era sin duda muy distinto y no es de extrañar que los extranjeros apenas entendieran que en ciudades como Zaragoza o Toledo convivieran en armonía judíos, musulmanes y cristianos. Este hecho diferenciaba a las ciudades españolas de otras europeas. Aquel ejército cruzado que se dirigía a las Navas de Tolosa estaba unido en cuanto al propósito religioso pero sus integrantes aliados mantenían posturas e ideologías distintas en la concepción de la guerra contra el islam. A finales de junio se atacaba el castillo de Calatrava. La forma en la que Alfonso VIII negoció la rendición de la fortaleza no debió gustar a los cruzados extranjeros que descontentos y quejosos de la comida, el calor y el escaso botín (sobre todo), desertaron abandonando a su suerte el resto de tropas peninsulares. El regreso de los cruzados ultrapirenaicos fue lamentable: muchos de ellos asolaron las juderías con las que se encontraban en su vuelta a casa, otros viajaron a Santiago de Compostela para justificar la estéril expedición. La retirada extranjera provocó la desesperación entre los hombres de Alfonso VIII y Pedro II; la derrota de Alarcos planeaba sobre aquel escenario incierto pero continuó con su avance hacia el sur, al encuentro de las huestes almohades, que les doblaban en número. La llegada del rey navarro Sancho VII con doscientos caballeros supuso un refuerzo en la moral de la tropa cristiana.

Quizás la deserción de los francos fue clave, pues hizo salir al nuevo califa, Abu Abd Allah, el Miramamolin de los cristianos, de sus posiciones. Suponía que el ejército cristiano, muy mermado de efectivos y bloqueado, habría de dar la confusamente la vuelta y sería aplastado. En la primera quincena del mes de julio los cristianos se acercaron a las estribaciones de Sierra Morena. Los almohades con su líder Muhammad al-Nasir, el Miramamolín, habían preparado un poderoso ejército que esperaba pacientemente en un terreno elegido por ellos para el combate. Es difícil precisar el número de soldados musulmanes que lucharon en las Navas de Tolosa. El recuento más exageradamente optimista nos hablaría de unos 600.000, cifra que disminuye ostensiblemente a medida que pasan los siglos y las investigaciones históricas se vuelven más rigurosas. Lo cierto y verdad es que el gran número de tropas convocadas por el califa almohade Muhammad an-Nasir hacía que el ejército cristiano pareciera pequeño a su lado. Hoy en día podemos afirmar que la hueste sarracena no superaba los 25.000 efectivos; en todo caso, doblaba en número a la hueste cristiana. Su composición no era menos heterogénea que la de sus oponentes; además del ejército regular, que estaba profesionalizado, se componía de levas temporales (reclutamientos forzosos) y de voluntarios yihadistas. El ejército regular estaba formado, a su vez, por diferentes etnias y tribus: bereberes almorávides, otras tribus bereberes, árabes (caballería ligera, especialistas en la táctica del tornafuye), andalusíes, kurdos (los agzaz, la caballería ligera de arqueros), esclavos negros de la guardia personal del emir e incluso mercenarios cristianos, como fue el caso de Pedro Fernández el Castellano, que combatió en el bando almohade en la batalla de Alarcos (1195).

Durante días los cruzados buscaron afanosamente un paso franco entre las montañas. El conocimiento del terrenos de un humilde pastor facilitó el pasillo deseado por las tropas cristianas. Mientras tanto, Al-Nasir permanecía a la defensiva confiando en que el enemigo no franqueara las defensas almohades establecidas en los angostos y escarpados pasos de la serranía andaluza. Tras perder la iniciativa, Al-Nasir ordenó ofrecer combate cuanto antes para aprovecharse del cansancio producido entre los cristianos a consecuencia de su trasiego por la sierra, pero los cruzados levantaron su campamento en un lugar llamado «Mesa del Rey» sin aceptar las reiteradas provocaciones de algunas columnas almohades. Durante algún tiempo los exploradores de uno y otro bando estuvieron midiendo las dimensiones de sus respectivos ejércitos; los preparativos aumentaban febrilmente.El 15 de julio de 1212 todo estaba dispuesto y en la madrugada del 16 de julio de 1212 se dio la orden de combate en el campamento cristiano. Las primeras luces del alba mostrarían un escenario decorado por los vistosos colores que engalanaban a los dos ejércitos, frente a frente, cristianos y musulmanes.

La formación cristiana presentaba una línea defendida por tres cuerpos de ejército: el tramo central lo ocupaba el rey Alfonso VIII con el grueso de las tropas castellanas, el flanco izquierdo estaba defendido por los aragoneses del rey Pedro II, mientras que en el flanco derecho se situaban los caballeros navarros del rey Sancho VII. Ambos extremos estaban reforzados por las milicias concejiles castellanas, creándose una segunda línea de reserva con los guerreros de las órdenes militares, principalmente los templarios dirigidos por el gran maestre Gómez Ramírez. La fortaleza del ejército cristiano radicaba en su poderoso ataque de la caballería pesada y en apoyo de ésta miles de infantes, con una excelente panoplia de armamento: lanzas de acometida, espadas, hachas, mazas y arcos integraban el arsenal de las tropas cristianas que participaron en Navas de Tolosa.

Asimismo, estos guerreros tenían mejores defensas corporales que sus oponentes. En definitiva, el ejército cruzado presentaba un mejor aspecto defensivo que el ejército almohade, que se dispuso a combatir confiando únicamente en su enorme superioridad numérica. Al-Nasir distribuyó a sus hombres en tres líneas de combate. La primera, compuesta por infantería ligera era sin duda la más débil al estar integrada por soldados poco profesionales aunque muy fanatizados. La procedencia de estos hombres era diversa y casi siempre se alistaban al calor de la llamada a la Guerra Santa, la Yihad; se puede decir que eran utilizados en todas las contiendas almohades como carne de cañón; su función era soportar lo peor de la embestida cristiana. Los jinetes se cebarían con ellos desorganizando el ataque y quedando a merced de la segunda línea sarracena compuesta por el grueso del ejército musulmán. Estos soldados eran de mejor nivel y procedían de todos los puntos del Imperio almohade. Tras la ofensiva de esta segunda línea llegaría, según la previsión de Al-Nasir, el golpe de gracia de los auténticos guerreros almohades quienes componían la tercera línea y eran la élite de aquella inmensa tropa tan heterogénea. Una reserva final custodiaba la tienda real de Al-Nasir: era la guardia negra almohade, guerreros fanáticos que no dudaban en ofrecer su vida por el islam.Tras comprobar la disposición táctica de su ejército, Al-Nasir se sentó en la entrada de su tienda y quedó enfrascado con la lectura del Corán. Pronto debería interrumpir su lectura ante el peligro que se cernía sobre su propia persona.

Alfonso VIII dio la orden de ataque general. La caballería cristiana se lanzo formando una línea compacta que destrozó la vanguardia mahometana en el primer choque. Tal y como había previsto Al-Nasir, los jinetes cristianos fueron agotando su carga en la persecución de las tropas ligeras musulmanas y fue entonces cuando el grueso del ejército almohade lanzó una terrible contraofensiva con la caballería y el cuerpo principal de arqueros y honderos.La situación de los cruzados comenzó entonces a ser comprometida con decenas de caballeros estaban siendo desmontados y masacrados por los guerreros almohades. Durante interminables minutos el resultado no pareció decantarse por ninguno de los contendientes y cientos de cadáveres se iban acumulando sobre el campo de batalla. Al-Nasir se dispuso a dar la orden de ataque definitivo sobre los cristianos. Sus fieles guerreros almohades se estaban prepararon para la acometida cuando el rey Alfonso VIII encabezó un ataque desesperado con todas las reservas disponibles del ejército cristiano, la carga de los «Tres Reyes»:Alfonso VIII, Pedro II y Sancho VII atacaron como uno solo al enemigo almohade. El impacto de la frenética cabalgada debió ser brutal, pues pronto las líneas almohades cedieron sumidas en el desconcierto provocado por la embestida. Los jinetes cristianos llegaron al campamento central almohade, defendido por la guardia negra, donde se produjeron los combates más sangrientos. Los navarros de Sancho VII rompieron las cadenas que defendían la tienda real. Este gesto supondría la última actuación destacada de Navarra en la Reconquista hispana, un broche de oro que quedaría inmortalizado al incorporar dichas cadenas al escudo del reino junto a la esmeralda del turbante del califa.Los sarracenos hicieron pagar muy caro el avance cristiano pero finalmente, los últimos supervivientes almohades cerraron filas en torno a la tienda real de Al-Nasir, un fortín rodeado por empalizadas y cadenas,que logró huir a Jaén. Miramamolín moriría un año después de la derrota. La victoria cristiana fue total; en el alcance posterior sobre musulmanes huidos se produjo la misma mortandad que en la batalla. Los cruzados tomaron algunas ciudades como Baeza y Ubeda, pero por fortuna para los almohades, el cansancio y, sobre todo, enfermedades como la disentería o la peste causaron estragos entre las tropas cruzadas, obligando a éstas al abandono de aquella empresa. Las consecuencias de la victoria quedaban patentes desde ese momento: Castilla consolidaba de forma definitiva su frontera sur y el imperio almohade dejaba de ser una amenaza militar; además, el botín capturado por los cristianos alcanzaba medidas desorbitantes. Al-Nasir se retiró a Marrakesh abdicando en su hijo y falleciendo en 1213 con poco más de treinta años.

Del enorme botín que hicieron los cristianos, se conserva el pendón de Las Navas en el Monasterio de Las Huelgas en Burgos, considerado el mejor tapiz almohade en España. En la iglesia de San Miguel Arcángel de Vilches se conserva la Cruz de Arzobispo de don Rodrigo, una bandera, una lanza de los soldados que custodiaban a Miramamolín y la casulla con la que el arzobispo ofició misa el mismo día de la batalla de las Navas de Tolosa. En el pueblo jienense de Vilches, en su iglesia de San Miguel, se conservan otros, como un trozo de la tienda de Miramamolín. En Santa Elena muchos vecinos guardan puntas de flechas encontradas en lo que fueron campos de batalla. Durante siglos, los campesinos han ido recogiendo numerosas puntas de flecha y otros artilugios, como pequeños triángulos que los árabes colocaban para que se hirieran las pezuñas los caballos.

Tras la victoria en las Navas,el empuje cristiano fue ya imparable.Las fuerzas del islam fueron frenadas en sus planes de llegar al otro lado de los Pirineos definitivamente. Aunque es prácticamente desconocida y no se la cita como una de las grandes batallas de la historia del mundo, fue sin duda una de las batallas más sangrientas y más trascendentes de la Edad Media

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